
Oshe: El Más Pequeño que es el Más Grande. Una Reflexión Sobre el Odù del Àṣẹ Natural y la Palabra que Funda el Mundo
Oshe, es la constitución de la familia y el clan. El animal lucha por aparearse y unirse, para tener descendencia. Es la cercanía al sacerdocio, el conocimiento, en este Odù nos brinda seguidores y descendencia, pero a su vez nos avecina de una eminente guerra con el más viejo de la manada (familia), debemos de usar lo aprendido en Ìrosùn, este Odù fue el que incitó a los más jóvenes para que se prepararan por si algún día fueran a tener seguidores, la capacidad fue lo que le dio posición a, aquel que tenía deseo y no lo mostraba a sus semejantes. Los animales más jóvenes eran, los que conseguían comida para los viejos de la manada ya que estos últimos no tenían casi fuerza por la edad. Representa a que el ciclo de la vida obliga que, los jóvenes suplanten a los viejos en la religión, y que los jóvenes puedan salvar a los mayores.
I. El Nombre y la Paradoja Inaugural: El Último que es Primero
El vocablo Oshe contiene, ya en su semántica, la complejidad que define a este Odù en su totalidad. Dentro del dialecto yoruba, dependiendo del acento y la fonética con que se exprese, la misma palabra puede significar jabón, gracias, cliente, àṣẹ, día, semana, Dios. Esta multiplicidad no es accidental: es la primera señal de que Oshe es un signo que opera en varios registros simultáneamente, que porta más de una verdad a la vez y que no puede ser comprendido desde una sola perspectiva sin empobrecerse.
En el oráculo del Mérìndínlógún, el vocablo Oshe proviene directamente de la palabra Àṣẹ, y este Odulogún nació con el àṣẹ natural de Olodumare, mediante Eyeunle. Esta filiación directa con la potencia primordial del universo —transmitida a través del Odù que representa la Cabeza— establece que Oshe no es simplemente un signo más dentro del sistema adivinatorio: es el signo que porta en su naturaleza más íntima la misma fuerza que hace posible que las cosas sean lo que son y hagan lo que hacen.
Siendo el más pequeño de todos los signos del caracol, a Oshe se le da simultáneamente el título del más grande, porque aquí nace el lanzar el caracol a la estera, y fue cuando el caracol habló por primera vez. Esta paradoja —el menor que funda el mayor de todos los actos del sistema— encierra una de las enseñanzas más profundas de toda la tradición del Diloggún: la grandeza no se mide por la posición en la jerarquía sino por la naturaleza de lo que se origina. Oshe quedó en último lugar en la jerarquía de los menores por su orgullo y prepotencia, de tanto que quiso ser el primero. Y sin embargo, es el fundamento mismo del acto de adivinar. El refrán que este Odù porta lo dice con una precisión que no admite interpretación alternativa: perdiendo se gana.
Este signo se caracteriza en las horas del día de 4:00 de la madrugada a 5:00 de la tarde: el tiempo que comienza antes que la mayoría despierta y termina cuando la tarde aún guarda luz. Oshe trabaja desde antes del amanecer, como quien sabe que la diferencia entre el fruto y el fracaso está en ese tiempo que los demás todavía duermen.
II. El Origen y la Sangre: Nacer Marcado por la Vida
Oshe nació de dos Egún: Ashie, su madre, y Atie, su padre, aunque fue Eyeunle quien lo engendró. Sus padrinos fueron Obara y Metanla, quienes lo apoyaron en la mayor parte de su vida. Pero el nacimiento de Oshe estuvo marcado desde su inicio por una circunstancia que lo acompañará para siempre: su madre menstruó durante los nueve meses de gestación, y este nació prematuro, cubierto de sangre. Por eso Oshe siempre huele a sangre, porque nació lleno de ella.
Esta imagen del nacimiento sangriento no debe leerse como una señal de maldición: es la descripción de un ser que llega al mundo en estado de máxima exposición, sin la protección que el tiempo completo de gestación hubiera proporcionado, portando en su cuerpo mismo la evidencia de un origen que no puede ocultarse. Oshe simboliza la sangre que corre por las venas, nunca se detiene; es la circulación del cuerpo y representa las aguas del río, tanto limpio como sucio. Aquí nacen las glándulas, los intestinos, las tripas y la boca del estómago; nace el vaso del estómago de los humanos. Aquí nace la ovulación en las mujeres y los espermatozoides del hombre, y con ello la reproducción en los humanos y los animales.
Que este Odù que porta tanto la vida como la sangre sea también el signo de la reproducción y la procreación establece una coherencia interna perfecta: Oshe es el ciclo mismo de la vida en su dimensión más corporal y más irrefutablemente real. No es el signo de las ideas abstractas sino el de la sangre que fluye, de las células que se dividen, de los cuerpos que se producen unos a otros en el acto más antiguo que existe.
Al nacer con mal olor por la sangre de su madre, Oshe comenzó a experimentar con plantas y esencias y creó los perfumes y los buenos olores. Esta transformación —de lo maloliente en fragante, de la impureza del origen en la belleza cultivada— es uno de los patrones más significativos de este Odù: lo que comienza como desventaja se convierte, a través del trabajo y la creatividad, en atributo. Oshe fue el mejor sembrador de flores, le gustaban mucho las plantas. Su único amigo fue Ozain, quien le enseñó el secreto de los Ewes. La conexión entre la sangre del nacimiento y el conocimiento de las hierbas no es casual: ambas son formas de la misma inteligencia de la vida que este signo porta desde su origen.
III. El Àṣẹ del Río y el Secreto de la Longevidad
Oshe fue el Odulogún que más tiempo de vida vivió entre los dieciséis. La razón de esa longevidad es reveladora: todos los signos iban al río a bañarse con las aguas de Oshe para rejuvenecer y lucir hermosos. Pero cuando Oshe se dio cuenta de esto, se molestó y les echó Afoshe Ofo con lodo y tierra de río rezado por su padre Eyeunle. Cuando los demás Odulogún volvieron al río a bañarse, se envejecieron y murieron a temprana edad.
Era el más pequeño pero el más hermoso, porque siempre tuvo el secreto del àṣẹ del río. Esta posesión del secreto de la renovación —y la decisión de retirársela a los demás cuando comprendió que estaban apropiándose de ella sin reconocimiento ni reciprocidad— enseña algo fundamental sobre la naturaleza del àṣẹ en este Odù: no es un bien colectivo que pueda utilizarse indefinidamente sin consecuencias. Tiene un dueño, un origen, y su uso sin autorización tiene un costo.
Esta narrativa conecta directamente con una de las advertencias más serias que este signo dirige al consultado: es un signo que establece que usted no puede vivir de nadie ni permitir que nadie venga a vivir de usted. En Oshe nace el Curujey, la yerba parasitaria con la que uno se despoja de todos los parásitos, tanto estomacales como humanos. Y dice Oshe: son peores los parásitos humanos que los estomacales.
Oshe trabajó mucho tiempo gratis y al final se quedó sin comer, sin tener para vivir, porque las personas resultaron ser muy malagradecidas. Por eso se molestó y comenzó a cobrar bien por sus trabajos, ya que Oshe tiene àṣẹ natural, y de esa realidad proviene precisamente el nombre del signo. En este Odù nacen los derechos monetarios del santo, el cobrar por las consultas y el hacer Yoko Osha a una persona. La justa compensación por el trabajo espiritual no es avaricia: es el reconocimiento de que el àṣẹ tiene valor, y que entregarlo sin recibir nada a cambio no es generosidad sino desgaste de lo sagrado.
IV. La Comunicación, el Doble Sentido y la Lengua Como Arma
En este Odulogún nace el decir las cosas en doble sentido, el arbur, el doble sentido. Los hijos de Oshe tienen que saber cómo y con quién expresarse, ya que suelen ser mal entendidos. Esta vulnerabilidad comunicativa es estructural en este signo: un Odù que porta múltiples significados en su propio nombre, que nació del àṣẹ entendido como fuerza de la palabra, porta también la tendencia a expresarse de maneras que no siempre son recibidas con la claridad con que fueron emitidas.
La lengua es en Oshe simultáneamente el mayor don y el peor castigo. Hay que tener mucho cuidado con cómo se habla en este signo, ya que la comunicación es muy importante, especialmente entre parejas y matrimonios. Se tiene que cuidar la lengua ya que esta es el peor castigo de una persona. Oshe enseñó a sus alumnos, y estos divulgaron muchos secretos; Olofi, al ver esto, los condenó a ser sordomudos. Aquí también nace la tartamudez. El conocimiento que se distribuye sin discernimiento —el secreto que se comparte con quien no tiene la madurez para guardarlo— produce una consecuencia directa sobre el órgano que lo transmitió: la lengua que no guardó lo que debía guardar pierde, tarde o temprano, su capacidad de articular.
En este signo nacen también las gesticulaciones en el ser humano, el hacer señas sin hablar; nace la cartomancia. Cuando la palabra ya no es confiable —cuando ha sido usada para herir, para divulgar, para engañar— el cuerpo desarrolla formas alternativas de comunicación que la eluden. La gesticulación y la adivinación visual son, en este contexto, sistemas de comunicación que emergen cuando el lenguaje ordinario ha sido comprometido.
Aquí nacen los fósiles, la antropología y el forense: las ciencias que leen el pasado en los restos materiales que deja, que descifran lo que ocurrió sin haber estado presentes, que extraen significado de lo que ya no habla. Oshe fue el único que acompañó a Oduduwa al entierro de los seres humanos. La presencia del signo de la comunicación y del àṣẹ en el acto fundacional del entierro establece que incluso los muertos tienen algo que decir, y que alguien debe estar presente para escucharlo.

V. Los Cinco Enemigos y la Batalla Interior
En su vida, Oshe alcanzó a tener cinco fuertes enemigos con los cuales siempre mantuvo una constante lucha: la Esclavitud (Eru), el Abuso (Nue), la Inocencia (Aimokan), la Inconsciencia (Daku) y el Nerviosismo (Aifokanbale). Estas características las adaptan por lo general los hijos de este signo. Esta enumeración de enemigos no describe adversarios externos: describe estados interiores que, cuando se instalan en la persona, la hacen vulnerable a todo lo demás.
La esclavitud que Oshe combatió no fue únicamente la esclavitud física: los Odulogún le dejaron de dirigir la palabra y lo esclavizaron. Oshe vivió encadenado y fue Oshun quien lo liberó de su esclavitud. En este signo hay tres formas de estar preso: en la cárcel, en la salud y en el santo. Esta triplicidad del encierro señala que la prisión real no siempre tiene barrotes físicos: el cuerpo enfermo es una cárcel, y la vida religiosa mal vivida —sin comprensión, sin crecimiento, sin el trabajo que corresponde— es también una forma de encierro.
El abuso es el segundo enemigo, y Oshe lo conoció en todas sus formas. Su madre lo botó al río, que lo arrastró al mar, y Yemaya lo adoptó y terminó de criarlo. Esta historia de abandono temprano y adopción divina establece que las heridas de origen —las que se reciben antes de tener capacidad de defensa o comprensión— no desaparecen con el tiempo: se procesan, o no se procesan, y en función de ese proceso determinan si el portador del signo vivirá el ire o el Osogbo.
La inocencia como enemigo es quizás la más sorprendente de las cinco: Oshe reconoce que la ingenuidad ante la realidad de las personas —la incapacidad de ver la maldad donde existe, la tendencia a confiar más de lo que la evidencia justifica— es una vulnerabilidad que puede ser tan destructiva como la mala intención activa. Oshe sabía, gracias a sus muertos que le comunicaban todo a través de sueños, que su esposa Iloda tramaba en su contra. Le puso una trampa, detectó la brujería y actuó en consecuencia. La inocencia que no aprende a ver no es virtud: es riesgo.
VI. Los Celos, el Capricho y la Pérdida de lo Construido
Es un signo que hay que controlar mucho los celos, ya que aquí las personas son extremadamente celosas. En este Odù el capricho es la perdición. Oshe siempre fue muy caprichoso y quería que su padrino Metanla hiciera siempre lo que él quería; como Metanla no lo hizo, Oshe lo maldijo, y a este último se le pudrió la carne. Los hijos de Oshe pierden en la vida por sus caprichos, ya que son muy aferrados a lo que se les antoja hacer.
Estas dos tendencias —los celos y el capricho— no son defectos menores de carácter: son los mecanismos principales a través de los cuales el hijo de Oshe destruye lo que ha construido. Los celos revelan una incapacidad de confiar en el vínculo sin control permanente; el capricho revela la incapacidad de subordinar el deseo inmediato a la comprensión de las consecuencias a largo plazo. Ambos emergen de la misma raíz: una sensación de insuficiencia interior que se traduce en la necesidad de controlar el entorno.
Los hijos de Oshe tienen que mantenerse siempre haciendo algo; por lo general nunca paran. Oshe representa la circulación de la sangre, que nunca se detiene, y el hijo de Oshe no debe aburrirse ni estar sin hacer nada, porque empieza a pensar cosas negativas y la mayor parte del tiempo puede estar pensando en su pasado. Esta prescripción de la actividad continua no es una exigencia de productividad exterior: es una descripción de la arquitectura interior de este signo. La persona que porta a Oshe necesita la corriente constante del hacer para no ser arrastrada por la corriente igualmente constante del recordar y el rumiar.
Aquí nace lo dulce y lo agrio. Esta dualidad gustativa como imagen de la experiencia de la vida en este signo establece que el hijo de Oshe vive en una alternancia permanente entre el goce y el tormento, entre la bendición y la pérdida, que no puede resolverse definitivamente hacia ninguno de los dos extremos sino que debe ser habitada con la consciencia de que ambos son constitutivos de lo que este Odù es.
VII. La Familia: Bendición y Mayor Osogbo
En este signo el peor Osogbo de la persona es la familia, ya que siempre envidiaban a Oshe. Dice este Odù: "No hay peor astilla que la de su mismo palo", y muchas veces hace más un extraño por la persona que su misma familia, inclusive su misma madre. Oshe tiene que respetar pero a la vez vivir lejos de la madre.
Esta tensión entre el amor familiar y la necesidad de distancia no es una contradicción: es la descripción precisa de una realidad que el portador de este signo debe aprender a navegar. La familia que envidia, que no puede celebrar el éxito del otro sin sentir que ese éxito los disminuye a ellos, produce un campo de fuerzas que drena el àṣẹ de quien más lo necesita para crecer. Oshe tiene que evitar ser esclavizado por la familia y en especial por los hijos.
Sin embargo, el mismo signo que advierte sobre la familia como fuente de daño establece también que es un signo de reproductividad familiar y procreación. Aquí se llega a tener fortuna y riquezas, pero también hay que crear un hogar afable para no ser luz de la calle y oscuridad de la casa. La familia no es solo el origen del peligro: es también el destino de la prosperidad bien vivida. La diferencia entre la familia que destruye y la familia que sostiene está en el tipo de vínculo que se cultiva desde dentro, en la calidad de la atención que se da a quienes dependen del portador del signo.
Este signo establece que la familia queda presa en el santo: si una mujer se hace Yoko Osha y tiene hijos, Oshe Meyi dice que sus hijos también tienen que asentar Osha en su cabeza para que no se descarrilen. La responsabilidad espiritual no termina en uno mismo: se extiende hacia quienes se ha traído al mundo, porque el destino de un padre o una madre que vive el santo crea un campo de fuerzas que afecta inevitablemente a sus descendientes.
VIII. Oshe y el Sistema Adivinatorio: El Debate Sobre el Cierre
La mayor polémica que rodea a Oshe dentro de la Regla de Ocha tiene que ver con la teoría —extendida en ciertos círculos pero carente de fundamento en el Odulogún mismo— de que quien porta Oshe Meyi en su Itá está cerrado al santo y no puede parir ni ordenar a ningún neófito. Esta teoría surgió aproximadamente a principios del siglo XX, cuando los babalawos de la época escribieron el Dice Ifá e implantaron esta hipótesis; a raíz de esto, los Olorishas comenzaron a adoptarla.
La tradición misma desmiente esta interpretación por razones de coherencia interna: es precisamente en Oshe donde nace el sistema adivinatorio del caracol. Es como prohibirle a un Babalawo que adivine mediante el Opkuele, o decirle a un espiritista que no puede tirar cartas, o a un Malonguero que no puede adivinar mediante los chamalongos. El hijo de Oshe Meyi es caracolero nato; esta persona nació para tirar caracol y para ser Oriaté. Oshe salvó a Shangó, y por esa razón Olofi consagró a Oshe como Oriaté, por eso fue maestro de ceremonias.
En Nigeria las personas que tienen este Odù no escuchan nada de que estén cerradas. En Cuba nunca se cerraba a nadie con este signo. Es un signo que dice que hay que darle de comer todos los años dos gallinas al río, venerar mucho a Oshun, Obàtala, Azojano y Elegua; es un signo de prosperidad. La represión que actualmente se ejerce contra quienes portan Oshe Meyi en su ángel de la guarda —prácticamente echándoles del cuarto de santo— constituye una falta de respeto con el Orisha Alagbatori del individuo, porque al final del día, con el Odù que tenga la persona, es un sacerdote.
Oshe Meyi es espiritista de nacimiento; nació para trabajar la obra espiritual y tiene que aprender a trabajar el Palo. Es muy importante que esta persona estudie mucho el caracol y se prepare para la Obasía. El aspecto tradicional de este Odù lo confirma: el árbol en la granja que puede nadar como una canoa adivinó para Òsé el día en que ella quería saber todos los destinos. El Orisha le aconsejó a Òsé que hiciera Ebó. El Ebó fue hecho y Òsé aprendió todos los destinos de Olodumare. Desde ese día en adelante Oshun se convirtió en la Mensajera de Olodumare. El que aprende todos los destinos no puede ser un signo que cierra: es, por definición, el signo que más abre.
IX. Los Hijos de Iku, las Plagas y las Consecuencias de la Soberbia
Oshe tuvo tres hijos con Iku y con Ofo y Eke, la Falsedad. Esos hijos fueron: Ogage Aye, la vileza en los seres humanos que causan los problemas; Eni Tika, las plagas; e Ibanuje, la infelicidad. Estos tres representan en el mundo las lágrimas, la sangre y las tristezas. Este linaje de descendientes oscuros no es una maldición arbitraria: es la consecuencia directa de la vida que Oshe eligió vivir cuando se vinculó con la muerte y la falsedad como compañeras. Las uniones que se hacen por capricho o por la satisfacción del deseo inmediato producen descendencias que luego no se puede controlar.
Hubo una época en que Oshe echó sus maldiciones sobre los niños, porque estos constantemente se burlaban de él. Es por eso que hay niños que nacen con malformaciones o desarrollan enfermedades incurables durante la niñez. Esta narrativa mítica no es una justificación de la crueldad sino una advertencia: el que tiene àṣẹ natural porta una responsabilidad proporcional a ese poder. Las palabras de Oshe no son simplemente expresiones de descontento: tienen la capacidad de materializarse. Por eso en este signo no se debe insultar, humillar ni hacer pasar vergüenza a las demás personas.
En este Odù cuando viene en su posición negativa las personas sufren en su valoración propia, ya que se creen superiores a los demás, les gusta que las personas las aplaudan y se vanaglorian mucho. Los hijos de Oshe en Osogbo suelen ser bipolares, no piensan con la cabeza, viven en su pasado, son rencorosos, y ese rencor los mata. Les gusta criticar mucho al prójimo sin ver su propio estilo de vida. En Oshe hay que auto juzgarse antes de juzgar a los demás. Siempre creen tener la razón en todo y son difíciles en reconocer sus errores.
El refrán que condensa esta enseñanza es de una economía expresiva perfecta: "La violencia en el carácter suele ser con frecuencia la debilidad en los sentimientos."
X. Perdiendo se Gana: La Sabiduría Final de Oshe
Oshe fue a la guerra y se hizo el que le ganaron. Cuando los oponentes bajaron la guardia, Oshe tomó acción y ganó. Por eso dice Oshe: perdiendo se gana. Esta táctica —la de quien sabe que la apariencia de la derrota puede ser el instrumento de la victoria definitiva— no es deshonestidad estratégica sino comprensión profunda de que los procesos que llevan al triunfo real no siempre tienen la forma que el triunfo superficial quisiera adoptar.
Dice Oshe que la inteligencia, la astucia y la maña pueden más que la fuerza: la fuerza se enfrentó con estas tres y perdió porque se cansó; prevaleció la inteligencia sobre todas las cosas. Esta afirmación cierra el círculo que este Odù abre desde su nombre: el àṣẹ no es fuerza bruta, no es imposición, no es el que más grita ni el que más golpea. Es la corriente invisible que sostiene a todo lo que existe, la que nunca se detiene porque sigue la naturaleza del río y de la sangre, que fluyen porque fluir es su naturaleza más íntima.
Al hijo de Oshe, cuando intentan hacerle un mal, le terminan haciendo un bien. Dice Oshe que todo en esta vida llega en su momento y a su tiempo; en este signo no se puede desesperar porque mientras más se desespere, más tardan las cosas en llegar. Solo uno sabe el trabajo que le ha costado llegar donde ha llegado: la aguja que lleva el hilo, y el dedal sabe lo que cose.
Oshe vivió el final de su vida como un anciano enfermo y solo, por su desobediencia y porque muy pocas veces escuchó consejos. Pero fue también Oshe el sucesor de Olofi en la tierra, el que fundó el acto de adivinar, el que aprendió todos los destinos de Olodumare, el que creó los perfumes de la nada maloliente, el que vivió más que todos. Esa paradoja final es la que este signo le ofrece al consultado como su enseñanza más honda: la grandeza y la pérdida pueden coexistir en la misma vida, y lo que se pierde por soberbia puede ser recuperado por humildad, porque en Oshe, perdiendo, siempre hay una posibilidad de ganar.
Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú









Share:
Odi
Opira