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Marunla: La Enfermedad Esparcida y la Sabiduría que Llega Tarde. Una Reflexión Sobre el Odù de los Ciclos de la Vida, la Obediencia y el Àṣẹ del Menor

Marunla, es el odu dónde los animales empiezan a conocer enfermedades y condiciones las cuales ellos desconocían. Empezaron a adquirir padecimientos, trastornos y epidemias. Lo cual fueron obligados a encontrar por sí mismo solución a las mismas. Descubrieron la solución y el remedio en muchas enfermedades y padecimientos en las aguas del rio, aguas del mar, hierbas de los árboles, frutas, tierras, en fin, descubrieron la cura a muchas dolencias y enfermedades en los elementos de la naturaleza. Las vivencias los obligan a encontrar la cura en su entorno botánico. Descubren que el fuego quema, las aguas ahogan, los tornados arrasan, los aires y el mismo clima avisa los cambios climáticos, algo que en Òsá los había agarrado de sorpresa. En Màrúnlá ya estaban a la defensiva y se cuidaban unos con los otros. Adoptan el optimismo y la esperanza que siempre habrá un nuevo horizonte y mientras haya vida hay esperanzas. 

I. El Nombre y su Diagnóstico: Lo que Se Expande Porque No Se Hizo el Ebó

La etimología de Marunla construye, desde su composición misma, una imagen que este Odù no intenta suavizar ni disfrazar. El vocablo proviene de Arun: enfermedad, y La: esparcida —La Enfermedad Esparcida. Esta denominación no es metafórica: describe con precisión clínica lo que ocurrió cuando Marunla, en el cielo, no hizo todos los Ebós pertinentes —especialmente el que le había indicado Shangó— y bajó a la tierra cargando enfermedades venéreas, lepra, alcoholismo, impotencia, cefaleas, mastoiditis y otras más. La enfermedad no vino de afuera como una adversidad imprevisible; vino de adentro, como la consecuencia acumulada de los mandatos que no fueron cumplidos.

Este signo masculino nació de Unle Osa 8-9 y su contraparte es Mérìndínlógún. Su padrino fue Eyeunle y su madrina fue Osa. Es un Odù de sacerdocio y de agua, cuya manifestación mayor ocurre en las horas de las 10:00 de la noche a la 1:00 de la madrugada: el tiempo más silencioso, donde el cuerpo descansa y el mundo espiritual trabaja con mayor intensidad, donde los muertos hablan a los que saben escuchar y donde el descuido de quien no hizo Ebó se vuelve más visible.

El aspecto tradicional de Marunla establece desde su formulación más esencial la urgencia que caracteriza a este signo: el Orisha dice que esta persona debe hacer Ebó. El asunto aquí es sobre estar dañado —pero hay una oportunidad de revertir el impacto negativo del problema. Si este Odù viene en ibi, se debe considerar llevar a la persona al pie de Olokún y Babalú Ayé. Esta prescripción doble —la divinidad de las profundidades inescrutables del océano y el Orisha de las enfermedades— no es coincidencia: en Marunla, la curación requiere las fuerzas que gobiernan lo más oculto y lo más expuesto del cuerpo humano al mismo tiempo.

El signo también establece que la persona nació para ser Obà Oriaté y tirar caracol, porque Marunla fue traicionado por los Babalawos tanto en el cielo como en la tierra. Marunla le salvó la vida a Orunmila, y los Babalawos quisieron matarlo con Orun. Esta traición específica —la de quien fue salvado por alguien y después intentó destruirlo— es la herida de origen de este Odù y la advertencia más directa que entrega al consultado: no confíes en quien no ha demostrado su reciprocidad.

II. Los Ciclos de la Vida: Las Estaciones que No Se Pueden Detener

Marunla refleja y establece los ciclos de la vida como la niñez, la adolescencia, la adultez y la vejez, y establece que todo en la vida cambia conforme pasa el tiempo. Esta afirmación sobre la inevitabilidad del cambio no es una observación filosófica abstracta: es una descripción de la estructura temporal dentro de la cual este Odù coloca al consultado para que pueda orientarse. Las estaciones de la vida en Marunla no son tragedias sucesivas sino etapas de un proceso que tiene su lógica propia, y quien comprende esa lógica puede prepararse para cada transición en vez de ser sorprendido por ella.

Marunla era un señor muy viejo que vivió ciento cincuenta años en el cielo y luego bajó a la tierra donde tuvo una durabilidad de vida de otros ciento cincuenta años más. Esta longevidad extraordinaria no fue accidental: Marunla manejaba muy bien el arte de las manos —pintaba, dibujaba, construía objetos artesanales y tenía un don para curar a las personas con las manos. Aquí nace la quiromancia y sus secretos: los puntos cardinales en la palma de la mano para descifrar la vida del ser humano —el monte de Júpiter que representa la ambición, el valle de Marte que es la agresividad, el monte de Venus el magnetismo, el monte de Saturno los sentimientos íntimos, el monte del Sol la inteligencia, el monte de Mercurio la elocuencia, el monte de Marte la valentía y el monte de la Luna la imaginación.

Esta cartografía de la mano como mapa del destino establece que en Marunla el cuerpo porta su propio sistema de lectura: la información sobre lo que el ser humano es, puede ser y ha sido está inscrita en las líneas de sus palmas. El hijo de Marunla que aprende a leer esas líneas —en sí mismo y en los demás— accede a una comprensión de los ciclos que supera la observación superficial. La quiromancia no es superstición en el contexto de este Odù: es el reconocimiento de que la historia del ser humano está grabada en su propio cuerpo, que el tiempo deja sus marcas no solo en la memoria sino en la carne.

    

III. El Sol, la Luna y la Oscuridad: Los Tres que Necesitaban Ebó

En el cielo, Marunla se llamó Aku Yakata e hizo adivinación para el sol, la oscuridad y la luna. A cada uno les puso nombre y les prescribió el Ebó que debían hacer antes de hacer su aparición en el planeta tierra. Al sol lo llamó Olorun y le dijo que hiciera Ebó con una tela color café y un gallo color rojo. A la luna la llamó Oshupua y le prescribió un gallo rojo, un pedazo de tela roja y una gallina blanca. A la oscuridad le puso por nombre Okuku y le indicó un gallo y una gallina negros más una tela negra.

El propósito de estos sacrificios era que los tres se ganaran el respeto de toda la humanidad y que nunca pudieran ser mirados de frente cara a cara. El sol y la luna hicieron sus Ebós. La oscuridad dijo que para qué iba a hacer Ebó si ya era temida y respetada. Pero la luna le echó mucha miel a su Ebó —y por eso las personas sienten felicidad cuando la ven. El sol nadie puede mirarlo directamente porque encandila la vista. Y la noche, en vez de respeto, hizo que los humanos le tuvieran miedo; por eso en la noche llegan la tristeza, las penas, las amarguras y muchas personas no descansan bien, porque a casi nadie le gusta que llegue la noche.

Esta narrativa sobre los tres fenómenos celestes más fundamentales de la experiencia humana establece varios principios simultáneos. Primero: el respeto genuino no se hereda ni se impone —se produce a través de la preparación ritual que ajusta la naturaleza de quien la realiza a las condiciones que hacen posible el encuentro con los demás sin destruirlos. Segundo: la forma en que se hace el Ebó importa tanto como el hecho de hacerlo. La luna que le echó miel en exceso a su ofrenda produjo una forma específica de vínculo con los humanos —la alegría, la atracción— que no estaba explícitamente prescrita pero que surgió de la calidad del gesto. Tercero: la oscuridad que se creyó demasiado establecida para necesitar el ritual terminó produciendo exactamente lo contrario de lo que buscaba. No es que la oscuridad no sea poderosa: es que el poder sin el ritual produce miedo en lugar de respeto.

IV. El Coral, el Plomo y el Àṣẹ de Quien Nadie Esperaba

El coral —que en el cielo se llamaba Omolo Akeriwaye— fue a casa de Marunla a consultarse porque quería tener una posición en el mundo cuando bajara a la tierra. Marunla, a través de sus tres sirvientes Ale Fun Ye, Ake Yile y Bike Ala, le dijo al coral que hiciera Ebó con rata de monte, tela blanca, gallo, paloma y guinea. El coral se limpió y enterró todo esto en la punta de una montaña adorando a Obàtala. Cuando bajó a la tierra, todos los humanos lo adoraron y se enamoraron de él. Hasta hoy el coral representa un símbolo de alcurnia real y señorío entre los seres humanos.

El plomo —que en el cielo se llamaba Yorisi— fue a casa de Marunla porque se sentía triste: todos lo catalogaban como inútil, como un metal feo que cuando llegara a la tierra no tendría mucho tiempo de vida. Marunla le prescribió Ebó con un pato blanco, paloma blanca y guinea blanca al pie de Ogun. Este último fue a la guerra por el plomo y venció a todo el mundo, pero le dijo: yo te corono rey, pero tendrás que quedar esclavizado a mí. El plomo aceptó y se hizo rey en la tierra —indispensable para la fabricación del petróleo, el ácido sulfúrico, la gasolina, la atenuación de la radiación atómica y las ondas de sonido.

Ogun le cantó un suyere al plomo que es el que se utiliza para hacer este Ebó, uno de los más indicados para el hijo de Marunla: Ungun alakaso kiki kangue lawe laye, madagba mada erigbo kawe —"La tiñosa no muere en su infancia; yo viviré hasta una edad avanzada, porque ni el plomo se pudre ni el bronce se oxida." El hijo de Marunla tiene que usar un pequeño plomo en su collar.

Estos dos patakíes —el coral que todos desearon y el plomo que nadie quería— establecen juntos uno de los principios más poderosos de Marunla: el Ebó correcto transforma la posición del ser en el mundo, independientemente de lo que el mundo creía que ese ser podía ser. El coral no era naturalmente más valioso que otros materiales; el plomo no tenía una utilidad que los demás pudieran ver antes del ritual. Lo que los hizo lo que son fue la disposición a cumplir con lo que el sistema sagrado prescribió, incluso cuando los resultados no eran evidentes al momento de hacer la ofrenda. La esclavitud del plomo a Ogun —ese vínculo que parece una derrota— fue en realidad la condición que lo hizo irremplazable.

V. El León, el Búfalo y la Vaca: La Obediencia que Determina el Reino

En Marunla, el león, el búfalo y la vaca nacieron del mismo padre —Marunla mismo— y a los tres se les aconsejó que hicieran Ebó para alcanzar la corona cuando bajaran a la tierra. El león hizo Ebó y Marunla le dijo que alcanzaría el puesto de rey. El búfalo también cumplió y adquirió tarros poderosos para defenderse, alcanzando un rango alto. La vaca se dio flojera porque pensaba que ya iba a ser reina por ser fuerte y grande. Elegua le había dicho a la vaca que cuando fuera al río no se comiera ningún pedazo de carne que encontrara en él. La vaca ignoró el consejo, se llevó del río un pedazo de carne que al comerlo la convirtió en carne ella misma —y fue devorada por el león.

Esta narrativa sobre los tres animales que compartieron el mismo origen pero no el mismo destino establece que en Marunla la jerarquía no es hereditaria sino meritocrática en el sentido más específico: el mérito que este signo reconoce no es el de la fuerza física ni el de la inteligencia sino el de la obediencia al mandato ritual. El rey de la selva no es el más fuerte —porque el búfalo y la vaca también eran fuertes— sino el que obedeció cuando debía obedecer. Marunla habla mucho la obediencia en el ser humano, porque de no ser así puede costar la vida.

El dinosaurio refuerza esta enseñanza con una dimensión histórica de enorme alcance: Marunla hizo adivinación para Kimiun, el dinosaurio que reinaba en esos tiempos. Se le prescribió Ebó con un chivo a Elegua y un carnero a Shangó para que cuando bajara a la tierra no fuera extinguido. El dinosaurio no quiso creer lo que Marunla le dijo y no hizo el Ebó. Cuando bajó a la tierra, comenzaron los terremotos y los fenómenos de la naturaleza, y poco a poco los dinosaurios se fueron extinguiendo. Aquí habla la extinción de los dinosaurios y el que hayan desaparecido por culpa de su desobediencia.

Esta reinterpretación de la extinción prehistórica dentro del sistema de la tradición oral yoruba no pretende competir con las explicaciones científicas del fenómeno: las complementa con una comprensión de por qué las cosas que son grandes y poderosas pueden desaparecer. El dinosaurio era el ser más grande de su tiempo —como el elefante en Mèrìnlá, como el poder en Eyila, como la inteligencia en Mèrìnlá. La grandeza sin el pacto ritual con las fuerzas que sostienen la existencia produce, tarde o temprano, la extinción. Lo que no hizo Ebó cuando correspondía hacerlo no tiene garantía de permanecer en el mundo.

VI. Las Hormigas, la Unidad y el Poder de Trabajar en Equipo

En Marunla, las hormigas fueron a casa de este Odù para consultarse porque hacían las cosas y estas se les caían de la mano —no tenían fuerzas. Marunla les dijo que hicieran Ebó con el hierro. Las hormigas fueron a casa de Ogun para que les prestara el hierro, y este les dijo que primero tenían que ir al monte a recolectar ciento un hojas de álamo para hacer la casa de Ogun en el monte. Las hormigas eran desunidas y se dieron cuenta de que solo unidas podrían llevar a cabo esa tarea difícil. Se unieron, realizaron la labor que Ogun les había mandado exitosamente. Al otro día Ogun las citó en su casa y las limpió con una combinación de hierro con álamo y un secreto que había preparado con eyebale de ayakua. Las hormigas adquirieron la fuerza y desde ese día empezaron a trabajar en equipo, diciendo Ashe to, Ashe bo, Iban Eshu. 

Este patakí sobre las hormigas es uno de los más completos del sistema del Diloggún en cuanto a la descripción de cómo el trabajo colectivo transforma lo que el esfuerzo individual no puede lograr. La hormiga sola no tiene la fuerza para mover lo que necesita mover —esa es su naturaleza, no su defecto. Pero ciento de hormigas unidas pueden mover objetos que ningún ser de su tamaño debería poder desplazar. La fuerza de la hormiga no está en su cuerpo individual sino en la coordinación de sus cuerpos colectivos. 

El refrán que nace de esta enseñanza lo formula con una precisión matemática que no deja espacio para el solipsismo: "Cuatro ojos ven más que dos, y seis más que cuatro." Por eso en este signo se le aconseja a la persona que no sea solitaria, que siempre tenga un confidente, un amigo, un padrino o alguien que la ayude a caminar en la vida cotidiana, ya que los hijos de Marunla tienen una tendencia fácil a desviarse de su camino originario. El que camina solo en Marunla no solo camina más lento: camina con mayor probabilidad de perderse, porque este signo porta estructuralmente la tendencia a la desviación que solo el acompañamiento puede corregir.

VII. El Cangrejo Sin Cabeza y el Costo de Divulgar lo que No Debe Divulgarse 

En Marunla, el cangrejo fue a casa de Obàtala y le dijo que la humanidad andaba sin cabeza. Obàtala le dijo que fuera al pie de Olofi para que este le diera permiso de empezar a repartir cabezas. Así lo hizo el cangrejo —pero esa noche le dio sueño porque estaba agotado de todo el día haber caminado y pregonado por doquier que Obàtala iba a empezar a repartir Leris. Al otro día, cuando el cangrejo se despertó y fue a casa de Obàtala para que le diera su cabeza, todas ya habían sido repartidas. El cangrejo se quedó sin cabeza. Del trauma y el insulto que recibió le dio un Stroke y empezó a caminar de lado. Con el tiempo trató de hacer Ebó para recuperarse, pero ya quedó baldado así.

Esta narrativa sobre el cangrejo que pregonó la noticia de las cabezas por todo el cielo pero olvidó asegurarse su propia establece uno de los patrones más recurrentes y más costosos en Marunla: el que trabaja para los demás y se descuida a sí mismo. El cangrejo no fue irresponsable por malicia sino por agotamiento y por haber puesto su energía entera en el servicio al mensaje que llevaba. Pero ese servicio, no equilibrado con el cuidado propio en el momento adecuado, le costó lo más fundamental.

Por eso en Marunla uno no puede contar sus cosas personales porque se desbaratan, y tampoco se puede comer cangrejo porque simboliza atraso. El cangrejo que camina de lado —que nunca va directo hacia donde quiere ir sino en diagonal, de manera oblicua, como quien no puede reconocer el camino más directo porque le falta la cabeza que le daría orientación— es la imagen de lo que le ocurre al portador de Marunla que no cuida su propia Ori con la misma dedicación con que cuida a los demás. 

VIII. El Àṣẹ del Menor: La Inversión que Este Signo Proclama

Todos los signos del Diloggún hablan del respeto hacia los mayores, pero Marunla introduce una inversión que pocos Odù se atreven a proclamar con tanta claridad: el menor también tiene àṣẹ, y el àṣẹ del menor puede salvar al mayor. Un consejo de un hijo puede salvar a sus padres; un consejo de un ahijado puede salvar a un padrino; un Oriaté joven puede salvar a un santero mayor y viejo en la religión. En Marunla no se pueden menospreciar a los menores.

Esta inversión de la jerarquía habitual no es una negación del respeto que se le debe a los mayores —que en Marunla, como en todos los signos, es obligatorio. Es el reconocimiento de que el àṣẹ no es proporcional a la edad ni a la posición jerárquica. El menor que ha cumplido con su Ebó, que ha desarrollado su don, que tiene la orientación de sus Egún y de sus Orishas, puede ver lo que el mayor —con toda su experiencia— ya no puede ver precisamente porque la experiencia a veces produce puntos ciegos que la frescura de quien empieza no tiene todavía.

Marunla mismo vivió esta experiencia: al bajar a la tierra se dio cuenta de que sus hermanos Eyeunle —el día— y Eyioko —la noche— lo habían superado y ya habían sido coronados. Al principio se sintió de menos. Pero con el tiempo alcanzó su poderío y su reino porque era un excelente sacerdote y un buen caracolero. No fue el primero en llegar, no fue el más conocido en sus inicios, pero fue el que más profundamente cumplió con lo que le correspondía hacer. La coronación tardía de Marunla establece que en este signo el tiempo correcto no es el que uno desea sino el que las fuerzas sagradas determinan, y quien puede esperar ese tiempo sin perder la orientación de su propósito recibe finalmente lo que siempre le correspondió.

IX. La Educación de los Hijos y la Responsabilidad que No Puede Postergarse 

Marunla demuestra la preocupación de los padres por el bienestar, el futuro y el porvenir de los hijos, pero lo hace desde un ángulo que la mayoría de los padres prefiere no ver: los padres que piensan que cuando el niño es pequeño no necesita orientación ni educación ni formación de valores, que se preocupan por los hijos solo cuando en la adolescencia empiezan a dar problemas, han perdido el momento en que la intervención era posible.

La personalidad está dada por el temperamento, el carácter y las habilidades y destrezas —aspectos únicos e irrepetibles en cada ser humano. Ese temperamento puede ser modificado por la intervención y la educación de los padres. Pero cuando los padres se ocuparon de su trabajo, de sus acciones, de su vida, y el niño fue creciendo sin la intervención paterna, lo que emerge en la adolescencia no es una sorpresa: es la consecuencia lógica de la ausencia. Los regaños a los trece o catorce años no valen porque la formación que no ocurrió entre el cero y los diez no puede ser compensada retroactivamente por la autoridad que no fue ejercida cuando la ventana estaba abierta.

Este diagnóstico de Marunla sobre la paternidad y la educación no es una condena de los padres: es una descripción precisa del mecanismo por el que la negligencia de los momentos formativos produce los problemas de los momentos críticos. Y ofrece la salida que el sistema sagrado siempre ofrece: si este signo le sale a una persona en una consulta, se le debe decir que en menos de tres meses se corone Kawe Yoko Osha Leri en su Eleda para que no se pierda en la vida. La coronación urgente en Marunla no es un formalismo: es la intervención que reemplaza en el plano sagrado la formación que no ocurrió en el plano material.

X. Olokún, la Enfermedad Fulminante y el Pacto con las Profundidades

En este signo se tiene que recibir a la Orisha Olokún corriendo, ya que Marunla anuncia una enfermedad que puede ser fulminante en la persona. Olokún es una de las Orishas más importantes en este Odulogún. Si la persona tiene Olokún, es muy importante que se le den cuatro gallos —uno de cada color diferente: uno rojo, uno negro, uno blanco y uno gris de pintas negras y blancas que muchos llaman gallo jíbaro. Estos gallos se le dan a Olokún en el mar; se sacan los iñales, la persona se limpia con estos, los arroja hacia el mar, lo que resta se entierra en la arena, y se le prende Itana Meyi a Olokún pidiendo por la salud.

Esta prescripción de cuatro gallos de cuatro colores diferentes para Olokún en el mar establece que la curación de las enfermedades que Marunla porta requiere la intervención de la totalidad de los elementos: los cuatro colores que representan las cuatro direcciones, los cuatro planos, las cuatro manifestaciones de la realidad que necesitan ser abordadas simultáneamente para que la sanación sea completa. La enfermedad en Marunla no es un problema puntual que se resuelve con una sola intervención: es la expresión de un desequilibrio sistémico que requiere una respuesta igualmente sistémica.

Marunla es el signo que establece que el planeta tierra solo es una vía pasajera y una casa donde estamos de vacaciones: la verdadera casa es Ara Orun, el Cielo. Esta declaración sobre la temporalidad de la existencia terrenal no es un llamado al desapego pasivo: es la afirmación de que el ser humano en Marunla necesita mantener el vínculo con la fuente de la que vino para poder orientarse correctamente en el tránsito que está haciendo. El viajero que sabe que está de visita cuida la casa que lo aloja con diferente actitud que el que cree que es su propietario permanente. El hijo de Marunla que comprende esto no se aferra desesperadamente a lo que el tiempo le quitará inevitablemente, sino que pone su energía en lo que puede llevarse cuando el tránsito termine: el àṣẹ cultivado, el carácter formado, el legado dejado en los que caminaron a su lado.

El refrán final de Marunla lo dice con la serenidad que solo quien ha visto los ciclos completos puede pronunciar: "Haz bien sin mirar a quién, y nunca te olvides de la mano que te da de comer." Estas dos instrucciones —la generosidad sin condición y la gratitud sin olvido— son los dos pilares que sostienen la vida del portador de este signo en los momentos en que la enfermedad esparcida, la traición de los que debería haber protegido y la tentación de la desobediencia intentan derrumbarlo. El que hace bien sin mirar a quién no espera reconocimiento; el que no olvida la mano que lo alimentó sabe con exactitud qué vínculos no puede romper. Esas dos sabidurías juntas son la medicina más poderosa que Marunla puede ofrecerle a quien lo porta.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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