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Eyila Shebora: El Fuego que Creó el Mundo y la Guerra que No Termina. Una Reflexión Sobre el Odù del Doce, la Transformación Primitiva y la Fuerza que Destruye y Construy 

Eyila, es la complacencia. El colmo. La victoria o la derrota. Batallar para vencer, el animal logra la plenitud de su vida dentro del hábitat natural, se hace fuerte, vigila a los predadores a los que muchas veces la manada logra vencer y comienza a prepararse para la migración, aquí el animal respeta a la madre tierra, por darle la facultad de llegar a cierta edad, y haberse convertido en un animal venerado y respetado, ya en esta fase el animal no es fiera sino pausado y observa todo a su alrededor, trata a todos con respeto, siempre que no lo busques. En este odu, el animal lucha y pelea por su territorio. Es un odu de guerras.

I. El Nombre y su Doble Naturaleza: Entre el Fuego y el Agua

El vocablo Eyila Shebora condensa, ya desde su denominación, la tensión que define toda la existencia de este Odù. Eyila es el número doce; Shebora proviene de Ebóra —aquella mujer sobrenatural que fue un Ìrúnmalè de los Yikosi, los que están a la mano izquierda de Olofi, los negativos— y significa Embrujado. Que el número doce lleve como apellido la condición de lo embrujado no es accidental: establece que Eyila Shebora llega al mundo marcado por una herencia que no pidió, portando desde el origen una carga que no eligió y que deberá aprender a transformar o a ser consumido por ella. 

Eyila nació tirando candela por la boca desde pequeña, adquiriendo el àṣẹ de Shangó. Obàtala le dijo a Olofi que Eyila Shebora pertenecía a su mano izquierda para que cuando bajara a la tierra pudiera descender mediante Olorun, el sol. Por eso el sol cuando hace su aparición en la tierra lo hace por el lado izquierdo del planeta la mayoría de las veces. Eyila nace de Ogunda y su contraparte es Metanla; nació con la maldición de Ogunda por todas las desobediencias que este había cometido en su pasado. Los Odulogún le enviaron a Ogun como consecuencia de esa herencia.

A pesar de ser un Odù de Fuego, la tradición lo caracteriza más como Odù de Agua —aparente contradicción que esconde una verdad más profunda: Eyila Shebora es el signo de los opuestos que se sostienen mutuamente, donde el fuego necesita del agua para no destruirlo todo, y el agua necesita del fuego para no apagarse definitivamente. Sus horas son de las 4:12 de la tarde hasta las 4:12 de la madrugada: el tiempo que comienza cuando la luz del día empieza a ceder y termina cuando la madrugada aún no ha cedido a la aurora.

El aspecto tradicional de este Odù lo formula con la imagen más guerrera y más confiada de todo el sistema: fuerte y firme como una barra de hierro. Awaluwulu, hijo de quien ve doscientos enemigos y los conquista, fue a enfrentarlos en batalla. El Orisha le aconsejó hacer Ebó; el Ebó fue hecho, y esta persona derrotó a sus enemigos. Vino el fin del odio, la bendición del dinero, la bendición de los hijos y la larga vida. Entonces cantó: Sàngó tó bá burú ma yà pòn l'éyìn re, íwogìdìgìdì gban bí osé —"Shangó, cuando las cosas están mal, cárgame en tu espalda; tú el fuerte, cárgame en tu espalda." Esta súplica al que es más fuerte —reconocer que hay una fuerza que puede cargar lo que el ser humano ya no puede sostener— es la enseñanza final y más importante de un signo que, en su orgullo y su violencia, con frecuencia rechaza precisamente esa posibilidad.

II. La Evolución del Ser Humano: De lo Primitivo a lo Articulado

Si en Ojuani se hablaba de la formación de la vida en el mar —de los organismos unicelulares a los pluricelulares, de los anfibios a los mamíferos—, Eyila Shebora es la continuación de esa narrativa en el siguiente estadio fundamental: aquí comienza la evolución del ser humano primitivo hacia lo que hoy es. Su biología se transformó. Nació la adaptación de las cuerdas vocales, de la lengua, del paladar, de la faringe, de la laringe, para lograr la comunicación que el hombre necesitaba con urgencia, comenzando con la mímica, los gemidos y los sonidos guturales hasta alcanzar el lenguaje articulado que existe hoy.

Esta narrativa sobre el origen del lenguaje humano en Eyila Shebora es de una coherencia profunda con el carácter de este signo: un Odù de fuego y de palabra, de candela que sale por la boca, que nació hablando antes de tener el control de lo que decía. La lengua que primero fue solo grito y gemido —expresión pura de dolor y de necesidad— fue refinándose hasta convertirse en el instrumento más poderoso y más peligroso que el ser humano posee. En Eyila Shebora nace que la religión se promulgue de forma oral, porque aquí se quemaron los libros y las escrituras, y se dio lugar a la persecución religiosa. La palabra que sobrevive al fuego es la palabra oral: la que vive en la memoria del que la escucha y no puede ser quemada por los que la persiguen.

En este signo fue donde el vientre se rogó con la calabaza por la similitud del interior de la calabaza con las tripas del vientre del ser humano. Esta correspondencia entre la naturaleza vegetal y la anatomía interior establece que en Eyila Shebora el cuerpo humano se reconoce como parte del mundo natural —no como una entidad separada de él— y que los ritmos del cuerpo y los ritmos de la naturaleza son expresiones del mismo principio. La calabaza que es interior del vientre, el volcán que es interior de la tierra, el fuego que es interior de Eyila: todo lo que Eyila representa está en ebullición constante, porque su naturaleza más íntima es la de lo que no puede estar quieto.

III. La Guerra del Hierro y el Fuego: El Pacto que Define el Poder

En Eyila Shebora fueron a la guerra el Hierro —Irín— y el Fuego —Iná—, es decir, Ogun y Shangó, por la disputa de quién sería el guardián del castillo de Olofi. Ogun iba ganando la guerra cuando Shangó había hecho Ebó al pie de Elegua, y venció a Ogun. De aquí nace que el fuego derrita al hierro. Esta narrativa establece uno de los principios más fundamentales de la cosmovisión que Eyila Shebora porta: el que hace Ebó no necesita ser el más fuerte para vencer; necesita estar en la corriente correcta.

Ogun tenía la fuerza del hierro —la dureza, la solidez, la permanencia. Shangó tenía el fuego —la intensidad, la rapidez, la capacidad de transformar todo lo que toca. En condiciones ordinarias, el hierro resistiría. Pero el fuego que ha sido alimentado por el ritual tiene una temperatura que el hierro no puede sostener. Esta imagen de la derrota de lo sólido ante lo intenso cuando la intensidad está consagrada es la descripción de la forma en que opera el poder en Eyila Shebora: no por acumulación sino por concentración, no por solidez sino por temperatura.

En este signo también fueron a la guerra los genes femeninos con los masculinos —y de esa guerra nacieron los enanos y las personas anormales. Esta narrativa biológica sobre la guerra entre los principios de lo femenino y lo masculino como origen de lo que el mundo llama anormalidad establece que lo que no encaja en la definición ordinaria es, en la cosmovisión de Eyila Shebora, el resultado de una batalla que ninguno de los dos bandos ganó completamente. El enano, la persona cuyo cuerpo no siguió el modelo esperado, es el portador visible de una guerra interior que el proceso de su creación no pudo resolver. Este signo —que es también el Odù del enanismo, de las personas bajitas que no llegaron a crecer— no condena lo diferente: lo explica como consecuencia de una tensión que el mundo porta desde su origen.

IV. La Violencia, el Fuego y el Cuerpo que Siempre Tiene Algo

Eyila Shebora es la guerra constante. El hijo de Eyila cuando no la tiene, la busca. Es un Odù de envidia, de obra espiritual intensa, de investigación rigurosa porque aquí puede haber algún espíritu de perturbación desde el nacimiento de la persona por alguna maldición que viene de antes. El hijo de Eyila siempre va a tener algo —ya sea que le duela algo o que padezca algo en la salud que siempre lo acompañará. Hay que atender mucho los problemas genitales. Eyila es todo lo que está en ebullición: así como el volcán siempre está en actividad, así siempre está el hijo de Eyila; siempre busca algún motivo por el cual explotar.

Los hijos de Eyila suelen agarrar algún objeto contundente en la mano cuando se van a pelear; algunos no les gusta pelearse con sus propias manos. Aquí nacen el bate, el Okumambo, el golpe acompañado con un objeto —el palo, la cabilla. Es un Odù donde Iku ronda a la persona precisamente porque el portador del signo siempre está propenso a armarse para confrontar. Por eso el consejo de la tradición es insistente y preciso: el hijo de Eyila tiene que escuchar consejos para llegar a viejo, porque al ser un signo de violencia refleja vida corta si no se trabaja sobre esa tendencia con consciencia plena.

El cuerpo de Eyila porta enfermedades que corresponden a su naturaleza de fuego y combustión: cáncer rabdomiosarcoma, hemangioma sarcoma, linfangiosarcoma, leucemia, linfoma, mieloma múltiple. La grasa corporal nace en este signo —que los seres humanos engorden por la comida y la grasa que esta genera— y la grasa es rival del cuerpo humano. Eyila maldijo a Shebora por serle infiel y el miembro de este se redujo; de ahí viene que los hombres que levantan pesas y están físicamente fuertes tengan frecuentemente un pene pequeño. Esta narrativa de la compensación corporal —lo que se desarrolla en un lugar se reduce en otro— establece que el cuerpo en Eyila Shebora funciona como un sistema de equilibrio donde ningún exceso queda sin consecuencia. Aquí nacen los gimnasios, los fisiculturistas, el levantar pesas, los músculos y las extremidades corporales; y aquí también nace la enseñanza de que la fuerza exterior sin la fortaleza interior es siempre una apariencia que el tiempo desmonta.

Se aconseja al hijo de Eyila que siempre ande lo mejor vestido posible, que cuide de quemaduras, cortocircuitos, explosiones de la olla de presión, descuidos al prender velas. Que vaya al médico para evitar las formaciones cancerígenas y los tumores. Que sea ahorrativo y no malgaste dinero. Que reciba a Azojano. Estas prescripciones construyen alrededor del portador de este signo un perímetro de cuidado que es proporcional a la intensidad de las fuerzas que lo habitan: alguien que porta el àṣẹ del fuego no puede descuidar ni el fuego literal ni el fuego figurado de las situaciones que lo rodean.

V. La Dictadura, el Poder y la Tendencia al Absolutismo

En Eyila Shebora nacen las dictaduras, la autarquía, la autocracia, el cesarismo, el terror, las prisiones políticas y los abusos de poder. Para algunos yorubas, este Odù representa la sangre que se tiene que derramar en las guerras para las conquistas coloniales y terrenales. Esta colección de formas del poder ilimitado no es una glorificación de la tiranía: es la descripción de lo que ocurre cuando la energía de Eyila —esa intensidad, esa temperatura, esa capacidad de derretir el hierro— se pone al servicio de la dominación sin la orientación del ritual y el consejo.

Eyila organizó un atentado contra Obàtala, y este mismo lo mató; volvió a nacer la paz, la tranquilidad y el control en la tierra. Los hijos de Eyila deben tener a Obàtala como su ángel de la guarda. Esta afirmación es estructuralmente coherente: la fuerza que puede atentar contra el orden más alto necesita, más que ninguna otra, ser custodiada por ese mismo orden. Obàtala no es el enemigo de Eyila: es su limitación necesaria, el principio que impide que el fuego consuma lo que debería iluminar. 

En Eyila quiso matar a Orunmila, y este último tuvo que ir a casa de Obàtala para salvarse, y Obàtala lo salvó. El conocimiento —Orunmila— que huye ante la fuerza —Eyila— y encuentra refugio en la sabiduría ordenadora —Obàtala— describe el mecanismo que la tradición propone como solución al exceso de intensidad que este signo porta: no la confrontación directa entre el conocimiento y la fuerza, sino la intervención de un principio superior que los reencauza a ambos.

Eyila quiso imponer un gobierno de autarquía y absolutismo. Cuando las mujeres y los hombres vieron esto, levantaron una guerra en su contra. Pero Eyila había pactado con Egún, le ofreció un pargo y una jicotea, ganó la guerra y todos lo dejaron tranquilo. Esta victoria no es, sin embargo, la culminación que Eyila esperaba: ganar la guerra no resolvió el problema del gobierno que quería imponer. El signo enseña que la victoria militar y la legitimidad del poder no son lo mismo, y que quien confunde la primera con la segunda termina gobernando un territorio de enemigos callados que esperan su momento.

VI. El Diluvio, el Mar y la Tierra que Fue Creada Aquí

En Eyila Shebora fue donde se creó la tierra, pero también se le atribuye el diluvio universal, que Olofi mandó a la tierra para limpiarla de todas las impurezas de los seres humanos. Esta coexistencia de la creación y la destrucción en el mismo signo no es contradicción: es la descripción de un principio que Eyila porta en su naturaleza más íntima. Lo que crea también puede destruir, y lo que destruye prepara el terreno para una nueva creación.

Eyila quiso secar el mar para matar a Yemaya, pero nunca pudo porque Obàtala ayudó a Yemaya. Luego el mar agarró fuerza y se fue contra Eyila, formándose los arrecifes. Aquí nace el àṣẹ del agua de mar y que esta vaya a la cazuela de Ozain de Olokún. Nacen las herramientas de Yemaya y de Olokún. Nacen los tsunamis y se dieron lugar las olas del mar, ya que la batalla entre Eyila y Yemaya produjo un movimiento oceánico de consecuencias que el mundo aún porta. 

Aquí nace que se corten los árboles para ser leña y fogata, pero los únicos que hicieron Ebó al pie de Elegua fueron la Palma —Ile Opé— y la Ceiba —Aragba—. Por eso estos dos últimos no se cortan: son sagrados. Aquí nace el hacha como instrumento laboral para cortar los árboles. Esta narrativa sobre qué sobrevive al fuego de Eyila y qué no establece un principio ritual de enorme importancia: el que hizo Ebó cuando correspondía hacerlo permanece intacto ante la fuerza que arrasa con todo lo demás. La Palma y la Ceiba no son más fuertes que los otros árboles en términos físicos; son inviolables porque cumplieron con el pacto ritual que los protege.

En Eyila Shebora también se establece que los Orishas perdieron sus fundamentos por los tsunamis que el mar había arrasado, y tuvieron que rehacer sus fundamentos desde la naturaleza. Esto establece y marca la llegada a Cuba de los esclavos africanos sin piedras, sin soperas, sin fundamentos: los mayores tuvieron que autoconsagrarse ellos mismos los Orishas otra vez, ya que en aquellos tiempos era imposible que como esclavos hubieran podido traer nada en sus manos. Esta narrativa histórica —el pueblo que pierde sus objetos sagrados y debe reconstituir lo sagrado desde cero, desde la naturaleza misma— es quizás la enseñanza más profunda que Eyila Shebora porta para la diáspora africana: lo sagrado no vive en los objetos. Vive en el conocimiento, en la memoria, en el vínculo que el ser humano mantiene con las fuerzas que lo sostienen.

VII. La Tigre, el Gato de Monte y el Poder de Quien Hace Ebó

En Eyila Shebora nace el parentesco del gato de monte —Ologbon— y el tigre —Ekun. Cuando el tigre quiso conspirar contra el gato de monte, ambos fueron ante Elegua para determinar cuál de los dos se quedaría con el reinado. Elegua les dijo que se dieran una guinea de sus cabezas a la Ceiba. Solo el tigre hizo caso; y a la hora en que le empezaron a crecer las pezuñas, el tigre se hizo más poderoso y alcanzó el gobierno de los felinos.

Este patakí es una de las expresiones más precisas del principio rector de Eyila Shebora: la obediencia al mandato ritual determina quién gobierna, no la genealogía ni la alianza política. El gato de monte perdió no porque sea menos digno sino porque no hizo lo que se le indicó. El tigre ganó no porque sea intrínsecamente superior sino porque tuvo la disposición de cumplir. En un signo donde la tendencia al autoritarismo y a la imposición del poder sin legitimidad ritual es tan marcada, este patakí funciona como un espejo: el portador de Eyila puede ser tan poderoso como el tigre o tan prescindible como el gato de monte en el momento decisivo, dependiendo únicamente de si hizo o no hizo el Ebó.

La hiena también tiene su narrativa en este signo. Quería ser reina como el león, el tigre y el leopardo. Elegua le dijo que hiciera Ebó dándole de comer a la tierra. Akata no hizo el Ebó porque se creía grande y poderosa. A partir de ese día todos le agarraron odio: donde llegaba a los ríos, los cocodrilos la expulsaban; si iba a los mares, los tiburones la sacaban. Con el tiempo la hiena empezó a abarcar mal olor y todos la repudiaron. Es muy importante que el hijo de Eyila sea humilde para no terminar como la hiena, repudiado por las personas. Vivir arriba del Ebó es la clave en Eyila —y no como fórmula repetida sino como comprensión profunda de que la soberbia de quien se cree demasiado poderoso para cumplir con lo que se le prescribe produce exactamente la exclusión que más teme.

VIII. Los Ancianos de la Noche, la Menstruación y el Costo de la Curiosidad

En Eyila Shebora había un hombre llamado Sherele que tenía una esposa llamada Loraye. Todos los días iba al bosque a cazar animales y a ofrecerle la sangre a los Ancianos de la Noche, con quienes había pactado. Pero Loraye lo perseguía en secreto y veía cómo se llevaban a cabo los ritos. Un día los Ancianos le preguntaron a Sherele quién lo había acompañado; él dijo que nadie. Los Ancianos insistieron y finalmente hicieron una ventolera que levantó todas las hojas del suelo, descubriendo a Loraye.

Los Ancianos le dijeron a Sherele que debían matar a su esposa como castigo. El hombre rogó por ella, y los Ancianos cedieron: Loraye tendría que recoger toda la sangre que había presenciado en los sacrificios y bebérsela como castigo. La mujer aceptó la sanción. Al cabo del tiempo, Loraye empezó a sangrar con diversas infecciones. Los Ancianos le dijeron: tu sangrado no parará más; este será tu castigo por curiosa. Fue aquí donde por segunda vez se reafirmó la menstruación de la mujer.

Esta narrativa sobre la menstruación como consecuencia de haber visto lo que no debía verse establece una relación entre la curiosidad irresponsable y el precio que el cuerpo paga por ella. No se trata de una condena a la mujer: es una advertencia sobre el territorio que pertenece a lo secreto. En Eyila Shebora nacen las sociedades secretas entre las mujeres y se manifestaron los Ancianos de la Noche, instaurándose su culto ligado al culto de Egungún. Lo secreto no es accesible a cualquiera porque su àṣẹ específico exige una preparación que la curiosidad sola no proporciona.

Se le dice al okuni que tiene este signo que su mujer no sea curiosa, porque ella tiene el carácter más fuerte que él, y que no se deje dominar. Esta instrucción revela la dinámica específica de poder que Eyila Shebora produce en los vínculos de pareja: el portador masculino del signo está en riesgo de ser dominado no por la fuerza externa sino por la curiosidad y el carácter de quien está más cerca de él. La guerra de Eyila más peligrosa no es la que se libra en el campo de batalla sino la que ocurre dentro del espacio más íntimo.

IX. El Ebó, la Humildad y el Camino de los Orishas

En Eyila Shebora nacen los caminos de los Orishas —es donde nace que todos los Orishas, absolutamente todos incluyendo Shangó, tienen caminos, ya que aquí fue donde todos caminaron por todas las tierras. Es donde nace que Elegua es el que más caminos tenga; después de este le sigue Obàtala. Este nacimiento de los caminos como resultado del movimiento que todos los Orishas hicieron a través de Eyila establece que la diversidad dentro de cada Orisha —sus múltiples manifestaciones, sus diferentes expresiones según el territorio y el contexto— no es una contradicción sino el registro de un viaje que ningún ser sagrado realizó en línea recta.

Aquí también nace que, aunque se venga en Ire, se tiene que hacer Ebó para que esa positividad no se retire. Esta instrucción es específica y estructuralmente coherente con la naturaleza de un signo donde la prosperidad puede desaparecer tan rápidamente como el fuego se extingue si no se alimenta. La bondad que llega en Eyila no es garantía permanente: es una condición que debe ser sostenida activamente a través del cumplimiento ritual. El portador de este signo que piensa que la buena fortuna que experimenta en un momento dado es definitiva está cometiendo el mismo error que el chivo que hizo favores y le cortaron la cabeza. En Eyila no se hacen favores para no inmiscuirse en problemas fuertes.

El Olosha que tenga este Odù tiene que estudiar y superarse, atender a sus espíritus, porque nació para trabajar la Osha y el campo espiritual. No hace Ifá —porque aquí expulsaron a Shangó de la tierra Ife y los Babalawos lo traicionaron; el pueblo de Shangó estaba adquiriendo más auge que el de ellos. En Eyila nacen los enemigos fuertes. El hijo de Eyila tiene una guerra siempre presente porque la mitad del pueblo lo quiere, pero la otra mitad no. Esta condición de ser simultáneamente amado y odiado —sin términos medios, sin indiferencia— es la descripción de lo que produce vivir con la intensidad de Eyila: nadie que esté cerca de esta energía puede permanecer neutral ante ella.

X. Shangó en la Espalda: La Enseñanza Final de Eyila Shebora

La imagen con la que el aspecto tradicional de Eyila Shebora cierra su enseñanza es la más honesta que este signo puede ofrecer al portador de su energía: Shangó, cuando las cosas están mal, cárgame en tu espalda; tú el fuerte, cárgame en tu espalda si las cosas se ponen difíciles, dame fuerza, tú el fuerte, cárgame en tu espalda. Este canto de Agwaluwara —el espíritu que fue a la guerra con cien soldados y ganó porque primero hizo Ebó al pie de Shangó— no es la súplica de un débil. Es el reconocimiento de un guerrero de que hay fuerzas que lo superan y que su mayor fortaleza no está en pretender que no necesita apoyo sino en saber exactamente dónde encontrarlo.

Eyila Shebora es el signo que nació embrujado, que tiró candela desde la infancia, que fue maldecido por la herencia de su padre, que buscó el poder absoluto y fue derrotado por Obàtala, que quiso secar el mar y el mar se volvió contra él, que declaró la guerra a Elegua y tuvo que liberarlo para que el mundo volviera a funcionar. Cada uno de estos episodios es una lección sobre el límite de la fuerza sin orientación, sobre el costo del poder sin humildad, sobre la destrucción que produce la intensidad sin el cauce ritual que la encauza.

Y sin embargo, este mismo signo fue el que ayudó a Oshun a sobrevivir cuando los hombres quisieron secar los ríos —dándole nueve palomas a Aggayú para que quitara las piedras y el agua volviera a fluir. Este mismo signo fue el que estableció que el día y el sol se pusieran de acuerdo para que los humanos gozaran de una vida placentera. Y cantó: Olojo moru bo enu, Orun moru bo enu, akua okua orun, enu oran Olojo —"Día, ofreció un Ebó debido a las bocas; sol, yo ofrecí un Ebó debido a las bocas. Ningún brazo puede abrazar al sol; ninguna boca puede dominar al día." 

El fuego que no puede ser abrazado, el día que ninguna boca puede dominar: esa es la imagen final de Eyila Shebora. Una fuerza demasiado grande para ser contenida en ningún abrazo, demasiado extensa para ser gobernada por ninguna voluntad particular. La humildad que este signo exige no es la renuncia a esa grandeza: es el reconocimiento de que esa grandeza solo puede ser sostenida por quien tiene la sabiduría de pedir que lo carguen cuando las cosas se ponen difíciles, y la gracia de saber a quién pedírselo.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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