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Odi: La Completitud del Mundo y la Guerra de la Mujer que Venció a la Muerte. Una Reflexión Sobre el Odù del Sello Sagrado

Odi, es el sello de toda realización, la pubertad, el comienzo de una nueva fase. El animal llega a la etapa de total madurez, debe respetar sus costumbres para ser bueno en lo que se enmarque, ya en esta fase de su vida, la rabia es negativa. Puede infestarse emocionalmente, este Odù enseña que la presa hay que compartirla con los de la manada. Eso enseña que el animal puede tomar responsabilidad, pero llega a líder si usa la dulzura que habla este Odù y las responsabilidades dentro de la manada. El odu enseña a los animales que, no se pueden salir de sus costumbres de cacería “religiosamente”, ya que pueden morir.

I. El Nombre y la Fundación: El Mundo que se Termina de Crear

La palabra Odi proviene del vocablo yoruba Odidi, que significa Completo o Total. Esta denominación no es una descripción de perfección estática sino el reconocimiento de un proceso que llegó a su culminación: en Odi fue donde el mundo, todavía incompleto, fue terminado de crear por Yemaya y Obàtala, quienes agregaron los mares, los continentes y los peces. Odi representa la estampilla, el sello que estas dos divinidades imprimieron sobre la obra de la creación al concluirla. Al terminar esa labor monumental, Yemaya le dijo a Obàtala: Ashe To, Ashe Bo, Ashe Odi, Ashe To Iban Eshu —todo quedó completado y perfeccionado con la gracia del àṣẹ que nos fue dado y con la alianza y cooperación de Eshu-Elegua.

Este Odù es femenino, de tierra que se expandió al agua, y sus horas se extienden de las 3:00 de la madrugada hasta las 12:00 del mediodía: el tiempo que va desde la oscuridad más profunda hasta el punto más alto del sol. Esta franja temporal —que comienza en el territorio de los muertos y termina en la plenitud de la luz— describe de manera precisa la naturaleza de un signo que nació de la guerra y terminó fundando la paz, que conoció el abandono de su madre y terminó gobernando reinos, que fue traicionada por todos y venció con la ayuda de sus ancestros y de los que nadie más protegía.

 

El aspecto tradicional de Odi formula su enseñanza central con una economía de lenguaje que no admite ambigüedad: demasiada bondad es pagada con maldad. El Orisha aconsejó al Cometa que hiciera Ebó el día en que este quería ponerle fin a la maldad; el Ebó fue hecho, y nadie más dañó al Cometa. Este signo advierte que hay una tendencia en el consultado a culpar al adivino por los problemas discutidos. La persona que porta Odi tiene que aprender, antes que nada, a distinguir entre el mensajero y el mensaje, y a no convertir en adversario a quien le dice lo que necesita escuchar.

II. Las Aguas, la Tierra y el Gran Pacto de Olofi

En Odi ocurrió uno de los momentos más decisivos de toda la cosmovisión yoruba-lucumí: el enfrentamiento entre el agua y la tierra por el gobierno del mundo. Olofi había citado a ambas para determinar cuál sería la reina; Yemaya le había dicho al agua que esta iba a ser la reina entre las reinas. Pero los Orishas fueron ante Olofi y le preguntaron: ¿cómo va el agua a reinar si vamos a caminar y vivir encima de ella? Olofi, analizando con cautela lo que se le había planteado, concluyó que sería mejor que los humanos vivieran en la tierra, que esta sería la más fértil para ellos.

Cuando Olofi dictaminó que la tierra sería la emperatriz entre los humanos, el agua-mar se molestó tanto que quiso destruir todo lo que Olofi, Obàtala, Yemaya y Aggayú habían creado. Fue entonces cuando Olofi pronunció el gran pacto: la humanidad viviría sobre la tierra, pero mientras el mundo fuera mundo, los humanos podrían estar sin tierra y sin comida, pero jamás podrían estar sin agua. Olofi dictaminó que habría más agua que tierra —un setenta y cinco por ciento de agua en el mundo y solo un veinticinco por ciento de tierra— y que el cuerpo humano tendría un setenta por ciento de agua y solo un treinta por ciento de carne, porque el cuerpo del ser humano se mueve a base del líquido que tiene adentro.

Este pacto no es solo una etiología mítica de la distribución de los elementos en el planeta: es la descripción de una condición que el ser humano porta en su propio cuerpo como evidencia irrefutable. La mayoría de lo que somos es agua, no tierra. La dureza que a veces exhibimos es la excepción; la fluidez es la norma. En Odi nace el famoso refrán: hay más agua que tierra, y este refrán es simultáneamente una descripción geográfica, una afirmación anatómica y una instrucción de vida: no te construyas como si fueras piedra cuando tu naturaleza más profunda es el fluir.

Cuando el agua-mar escuchó los privilegios que Olofi le había concedido, se calmó y permitió que la tierra fuera la reina. Esta resolución del conflicto a través del reconocimiento y la compensación —no de la victoria aplastante de uno sobre el otro— establece el modelo de resolución de conflictos que Odi propone: las guerras que no terminan en destrucción mutua son las que concluyen con un pacto en el que ambas partes reconocen la necesidad que tienen la una de la otra.

III. El Origen de la Procreación: Cuando el Semen y la Menstruación Aprendieron a Crear Vida

En Odi ocurrió uno de los episodios más extraordinarios de toda la mitología del Diloggún: la creación del mecanismo de la reproducción humana. Al principio de la creación, el hombre no sabía qué hacer con su pene y la mujer no sabía qué hacer con su vagina, ni entendía lo que ocurría cuando le llegaba la menstruación. Los animales y las plantas no se procreaban porque no sabían cómo dar vida. Con el tiempo, la menstruación y el semen fueron a la casa de Odi a buscar solución.

Olofi, cuando creó al semen y a la menstruación, no les reveló el secreto de la procreación porque quería que ellos usaran su creatividad. Les dijo que inmolaran un aunko; al semen se le prescribió hacer Ebó con ekuko funfun, yeso blanco, eyele funfun y asho funfun; a la menstruación se le prescribió hacer Ebó con akuko pupua, asho pupua e igi pupua. Fueron con estos enseres al pie de Obàtala Olokuboro, y este les preparó el Ebó. Al terminar, Obàtala le dijo a funfun que se quedara con el hombre, y a pupua que se uniera con la mujer, y que de esa unión se procrearía y multiplicaría la humanidad.

Pero Obàtala le dijo a la menstruación: tú no podrás vivir todo el tiempo con la mujer porque si no la desangrarás, así que solo la visitarás una vez al mes durante cinco días, y estos serán los días fértiles que tendrán para engendrar. Esta instrucción establece el ritmo de la fertilidad femenina como una decisión deliberada del orden sagrado, no como un accidente biológico. En Odi se da a conocer la ovulación como un proceso regulado, con sus tiempos y sus límites, que respeta la integridad del cuerpo que lo alberga.

Este episodio mítico establece que en Odi nace el conocimiento de la reproducción, pero lo hace de una manera significativa: no como un dato que Olofi entregó desde arriba, sino como un secreto que los propios protagonistas descubrieron a través del proceso ritual. El conocimiento más fundamental sobre la vida no se transmite: se alcanza a través de la pregunta correcta, la disposición a actuar y el cumplimiento del Ebó prescrito.

IV. La Guerrera que Derrotó a los Monstruos de Múltiples Cabezas

Odi fue guerrera y luchadora en el cielo. Guerreó con todas las divinidades que tenían más de una cabeza, porque decía que no podía existir humano ni divinidad con más de una, ya que Obàtala Ayala había creado a los humanos con una sola. Derrotó a Lode Meyi, la divinidad de dos cabezas que atacaba a todos los espíritus en el cielo; derrotó a Okuo Meta, el Ìrúnmalè de tres cabezas; y por último derrotó a Alara, la divinidad de nueve cabezas.

Pero Ayala le señaló que debía atacar en las columnas vertebrales, porque esos espíritus, aun sin cabeza, seguían peleando gracias a la fortaleza de su columna. Odi levantó el mar hasta el cielo y les llenó el cuerpo de agua, disolviendo así los huesos de las columnas vertebrales de aquellos monstruos. Acto seguido, los Irunmolè le llevaron a Odi un Adimú de mazorcas de maíz, ñame y quimbombó, porque la tranquilidad había llegado a Orun Rere, el Cielo Bueno.

Esta narrativa de la guerra de Odi no es solo una historia de valor militar: es una enseñanza sobre la naturaleza de las victorias que realmente importan. Los enemigos que tenían múltiples cabezas representan la multiplicidad de frentes desde los que puede atacar la adversidad, la confusión de quien enfrenta varios problemas simultáneos sin saber por dónde empezar. La instrucción de Ayala —atacar en la columna vertebral— establece que la victoria sobre la adversidad compleja no se logra enfrentando cada manifestación por separado sino identificando y golpeando el sostén que las mantiene a todas en pie.

Sin embargo, la misma Odi que venció a los monstruos del cielo bajó a la tierra sin hacer Ebó porque, en su arrogancia, creyó que nadie en el cielo la había podido derrotar y que en la tierra tampoco nadie lo haría. Esta soberbia tuvo consecuencias precisas: un perro —uno de sus propios animales que se había transformado— la mordió y la enfermó de rabia, cambiando su carácter por completo. Fue necesario que sus padres patrocinadores Ogun y Shangó le hicieran Ebó con un carnero para que recuperara la salud.

La lección de Odi sobre la arrogancia es de las más completas del sistema del Diloggún: no basta haber vencido en el pasado para prescindir de la preparación ritual ante cada nuevo tránsito. La victoria anterior no es garantía de la siguiente; cada descenso, cada cambio de plano, cada nuevo comienzo requiere su propio Ebó, independientemente de lo que haya ocurrido antes.

V. El Agua del Cuerpo y la Trilogía del Mundo

Odi es uno de los Odulogún más importantes del oráculo del Erindilogún porque aquí nace la trilogía que conforma el mundo: Cielo, Mar y Tierra. Es la representación de todo nacimiento, de la maternidad y la humanidad, y representa las aguas que el ser humano tiene en su cuerpo, estableciendo que el cuerpo humano es más agua que carne.

Esta afirmación anatómica —que el cuerpo se mueve a base del líquido que contiene— tiene implicaciones directas sobre cómo el portador de este signo debe cuidar su salud. En Odi nace el dolor de los huesos. En Odi se secaron los ewes por primera vez. En Odi Obàtala Oyare creó los órganos vitales del hombre y la mujer, los órganos reproductivos y la vagina de la mujer. Aquí se crearon las criaturas del mar, los fenómenos marítimos, los peces, las plantas y piedras marítimas, y los volcanes marítimos: la lava debajo del mar que nunca se apaga.

La imagen del volcán submarino —el fuego que arde en las profundidades del agua sin extinguirse— es quizás la más reveladora de toda la estructura de Odi: un signo que es simultáneamente agua y fuego, que contiene en sus profundidades una energía que ninguna superficie puede apagar. El hijo o hija de Odi porta esa misma estructura interior: debajo de la fluidez que el agua sugiere, existe una intensidad que no se extingue y que, cuando las circunstancias lo demandan, emerge con una fuerza que nadie esperaba.

VI. Las Traiciones, los Celos y la Tendencia al Engaño

Odi es un signo que habla de mentiras, engaños, celos, decepciones y tristezas. La madre de Odi la negó y esta tuvo que vagar en el mundo sin rumbo, sin guía y sin madre. Esta herida de origen —el abandono materno— marca profundamente el carácter de este signo y explica muchas de las tendencias que porta: la desconfianza, la dificultad para vincularse de manera estable, la alternancia entre la apertura generosa y el repliegue defensivo.

Odi estuvo casada con Ogun, pero le fue infiel con Iku. Por eso en Odi siempre viene el araye de Ogunda. El Orisha le prohíbe la infidelidad en este signo, y el refrán que nace de esta prohibición lo dice con toda la contundencia que la situación merece: mucha bondad es pagada con maldad; en este signo hay que tener cuidado de no dejarse agarrar de bobo. La persona de Odi que da sin discernir, que confía sin verificar, que perdona sin que haya habido un cambio real en quien la dañó, activa el mecanismo más destructivo de su propio signo.

En Odi fue donde Yemaya lloró tanto por sus hijos que se crearon los mares. Esta imagen —el sufrimiento de la madre como origen de las aguas del mundo— establece que el dolor de Odi no es pequeño ni privado: tiene dimensiones cosmológicas. Las madres sufren por los hijos en este signo con una intensidad que literalmente da forma al mundo. Esta capacidad de sentir con tanta profundidad es, al mismo tiempo, la mayor fortaleza y la mayor vulnerabilidad del portador de este signo.

El primer hijo de Odi fue el carnero, quien la traicionó. Luego se casó con Woe Lona, jefe militar, y tuvo con él dos hijos: la calumnia y el chisme. Los juegos, los bailes, las apuestas, las fiestas y los festejos nacen en Odi, y sus tres esposos en el cielo fueron Ire O: el Juego, Oñi: el Placer, y Ojuo: el Baile. Estos maridos llevaron a Odi a la perdición, y por eso el hijo o hija de Odi debe cohibirse un poco de estas andanzas. No se trata de la negación del placer sino de la comprensión de que quien porta este signo es estructuralmente vulnerable a que el placer desordenado se convierta en el camino hacia la pérdida.

VII. Los Muertos, la Obra Espiritual y las Victorias que Solo Vienen de los Ancestros

En este signo Iku pactó con el tigre para matar a Odi, pero no tuvo éxito porque Odi había pactado con Egún y venció esa guerra. Por eso los hijos de Odi tienen que trabajar la obra espiritual y atender sus muertos de Congo. Odi venció sus guerras más fuertes y temidas con la ayuda de los egun's; por eso el hijo de Odi es espiritista o debe desarrollar sus muertos.

Esta instrucción no es opcional en el marco de este signo: es estructuralmente necesaria. Las guerras que Odi enfrenta —y este es un signo que conoce la guerra desde múltiples frentes simultáneamente— no pueden ser ganadas únicamente con los recursos del plano visible. La persona que porta Odi y no trabaja su mundo espiritual deja sin activar la fuente más poderosa de su protección y orientación. Los ancestros de Odi no están como testigos pasivos: son combatientes activos en las batallas que este signo libra.

Odi le robó el bastón a Iku, y junto con el bastón de Egún, el Pagugu, alcanzó el poderío del mundo. Esta imagen —el arrebato del instrumento de la muerte como acto de soberanía— establece que el portador de Odi tiene la capacidad de revertir lo que parece inevitable, de tomar de las mismas fuerzas que amenazan su existencia los instrumentos de su salvación. Pero esa capacidad no opera sin la alianza previa con los ancestros: es a través de esa alianza que el arrebato es posible.

Odi describió y dio forma al culto de Egún, mientras que Osa fue donde se practicó y llevó a cabo. Estos dos signos, hermanas y comadres, se adaptaron costumbres la una a la otra. Esta colaboración entre Odi y Osa en la fundación y práctica del culto a los ancestros establece que el trabajo con los muertos en la tradición yoruba-lucumí no es una especialización solitaria: es una red de relaciones entre los Odù que se sostienen mutuamente, exactamente como los vivos y los muertos se sostienen entre sí.

VIII. El Gobierno, la Corrupción y el Orden que se Debe Restaurar

Dentro del reinado de Odi hubo varias guerras. Cuando Odi convivió con Orishaoko y lo nombró Rey de la Agricultura, tuvo que poner orden en su gobierno porque este era corrupto. Shangu se retiró de la tierra de Odi, y sus hijos le suplicaron que regresara a través de adimuses con racimo de plátano, y este regresó. En el reino de Odi gobernaron los parásitos, los microbios y el miedo; el comején alcanzó la corona; reinó el lodo en el pantano y la perversidad, y Obàtala mandó a Aina a la tierra para purificarla.

Esta sucesión de gobernantes indeseables dentro del reino de Odi no es una narración de fracaso: es la descripción de lo que ocurre en cualquier sistema —político, familiar, religioso— cuando la rectitud de quien debería gobernar es reemplazada temporalmente por la corrupción de quien aprovecha el desorden. El parásito, el microbio y el miedo no llegan cuando el orden es sólido: llegan cuando las grietas del liderazgo dejan espacio vacío que lo destructivo puede ocupar.

Odi mandó a Orishaoko a tierra Benín, y el pueblo lo sacó a palazos. Después vino la guerra, y el pueblo la perdió porque no tenía la ayuda de Orishaoko. Esta narrativa sobre la expulsión de la fuerza que trae la fertilidad y sus consecuencias establece un principio de enorme peso: la comunidad que rechaza lo que la hace fértil termina librando guerras que no puede ganar. El hijo de Odi que rompe con sus fuentes de sustento —sus mayores, sus Orishas, sus ancestros, su comunidad religiosa— se queda sin la ayuda que necesita precisamente cuando más la necesita.

Luego de que los Congos intentaron destituir a Odi de su reino, esta les pidió ayuda a los Orishas, a las mujeres y a los Adodis, y ganó la guerra. Por eso el hijo de Odi tiene que saber trabajar el Malongo; si no, este puede ser su destrucción. El hijo o hija de Odi no debe vivir con paleros ni con personas que se dediquen única y exclusivamente al Palo. Aquí nace la guerra entre santeros y paleros, y hay que saber navegar ese territorio con inteligencia y sin ingenuidad. Oshun Yemi, la secretaria de Odi, la salvó cuando los Congos envenenaron los ñames y boniatos de Odi, porque Oshun los descubrió. La fidelidad de un vínculo inesperado —la secretaria que salva a la reina— establece que en Odi la ayuda verdadera puede venir de donde menos se espera, y que despreciar a los que ocupan posiciones aparentemente menores puede ser la mayor equivocación que el portador de este signo cometa.

IX. El Perdón, la Diplomacia y la Segunda Oportunidad

En Odi nace la diplomacia y la democracia entre los diferentes grupos políticos. Nace la economía como sistema de relación entre comunidades. Nace la pena de muerte: el carnicero fue condenado por robo y Shangó lo sentenció. Pero también nace en Odi la ley del karma —traída a tierra yoruba por mediante Shangó desde tierra de los Hindús— que establece que lo que se hace regresa a quien lo hizo, con la misma forma y la misma intensidad.

En este signo se tiene que aprender a perdonar. Esta instrucción, que podría parecer sencilla en su formulación, es de las más exigentes en el contexto de un signo que ha sufrido traiciones de su propia madre, de su primer hijo, de sus esposos, de los Congos, del tigre que convenció al pato para traicionarla, de sus propios hijos que se convirtieron en sus enemigos. Aprender a perdonar en Odi no es olvidar ni tolerar: es la capacidad de soltar el peso de la acumulación de daños para que ese peso no termine siendo más destructivo que los daños mismos.

Odi hizo Ebó y curó al ciego, al inválido y a los que tienen tumores, haciéndoles sarayeyeo con ewe de flor de agua y mar pacífico en el estómago. Esta capacidad curativa de Odi —que ella misma fue guerrera herida y enferma— establece que la experiencia del sufrimiento no solo daña: también capacita. Quien ha estado en el abismo conoce el camino de regreso, y eso lo convierte en guía para quienes están descendiendo hacia él.

En Odi nace la luz en forma de fitila, y Obàtala encendió por primera vez una lámpara. En Odi se descubrió la llama de la vela y la transportación de Egún. Que la luz y el movimiento de los ancestros nazcan en el mismo signo que funda el mundo con el sello de la completitud establece que Odi es, en su profundidad más íntima, el Odù que ilumina desde la oscuridad y que mueve lo que parecía inmóvil. La lampara de Odi no aleja la noche: la habita y la hace visible para quienes necesitan orientarse dentro de ella.

X. La Completitud Como Destino y el Sello Final

Odi fue la esposa de Abita para poder aliarse a él y pelear contra Iku; de esa unión nació Ogu, la brujería o hechicería, que al final se convirtió en enemigo de su propia madre. Esta paradoja —la alianza que produce el arma que después se vuelve contra quien la creó— es la más oscura de todas las enseñanzas de Odi, y también la más honesta: cuando se establecen pactos motivados por la necesidad del momento sin considerar todas sus consecuencias, lo que nace de esos pactos puede convertirse en la amenaza más inmediata.

Nace la raza negra y mestiza en Odi; nacen los mulatos. En Odi la humanidad se procreó, se desarrolló, llegó a vieja y murió. Aquí nace que Iku sea andrógena. Toda la trayectoria de la vida humana —su origen, su desarrollo, su vejez y su muerte— ocurre dentro de este signo. Odi es, en el sentido más literal de su nombre, el signo de la completitud: el que contiene el ciclo completo, el que sella el proceso de la creación con el proceso de la existencia.

El refrán final de Odi: demasiada bondad es pagada con maldad, no es un llamado al cinismo ni al repliegue de la generosidad. Es una instrucción de discernimiento: la bondad que no ve, que no distingue, que no evalúa el campo en el que se deposita, termina alimentando lo que debería combatir. En Odi hay que tener cuidado de no dejarse agarrar de bobo. Y en Odi hay que aprender a perdonar. Estas dos instrucciones, que parecen contradictorias, son en realidad complementarias: se perdona sin ser ingenuo; se cuida sin volverse cruel. Esa tensión, sostenida con consciencia y con el apoyo constante de los ancestros y del ritual, es el camino que Odi traza para quien la porta, desde el sello que ella misma estampó sobre el mundo cuando este, por fin, quedó completo.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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