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Ojuani: El que Está al Mando y la Sabiduría de la Transformación. Una Reflexión Sobre el Odù de la Ingratitud, los Huesos y el Movimiento Eterno 

Ojuani, es la cabeza inversa. El sacrificio como una forma de progreso, el animal debe dejar a merced de los predadores a los más débiles para la propia supervivencia de la manada. No debe de hacer lo que una vez sus ancestros mal hicieron, que lucharon con los depredadores, pelearon, discutieron, brujerías, no se repiten los errores. En este Odù el animal debe de salvarse y no hacerse el seudo líder, porque el peligro inminente está cerca. Se debe de alabar mucho a los ancestros y mantener sus costumbres para así evitar desequilibrios. En este odu los animales mayores, entregaron a las presas y depredadores, a los animales menores, cuando los menores se dieron cuenta que los mayores lo hundían, se separaron ya que, se dieron cuenta de la trampa de los viejos. Ojuani representa al animal que se queda quieto y tranquilo para hacerse el bobo, y atacar a su depredador cuando se sienta acorralado. En Ojuani, el animal pinta ser bobo y manso, y es todo lo contrario, una fiera agazapada que cuando se siente en peligro, es capaz de matar.

I. El Nombre y su Declaración: Al Mando Desde la Precariedad

El vocablo Ojuani proviene de las palabras yoruba Owa, que significa comando o mando, y Ni, que significa en o de: En Comando, Al Mando. Esta denominación no describe la posición de un ser que gobierna desde la comodidad del poder establecido sino la de alguien que ha debido tomar el mando precisamente en las condiciones más adversas, que ha ejercido autoridad sin que nadie se la reconociera, que ha mandado sin que nadie obedeciera voluntariamente. El nombre de Ojuani es, desde su raíz, la descripción de una paradoja que atraviesa todo este signo: la autoridad que existe sin ser vista, el poder que opera sin ser celebrado.

Este es un signo de guerras, de batallas, de prisión, de derrumbe, de desbarate, de mal agradecimiento —y la tradición no suaviza ninguno de estos calificativos. Sogbe o Shogbe, el apodo que le pusieron a Ojuani cuando fue bautizado, se traduce en Cuba como malagradecido: y ese apodo no describe únicamente el carácter de Ojuani sino la experiencia que este signo le produce a quien lo porta, rodeado de personas que reciben lo que él ofrece sin devolver reconocimiento alguno. Ojuani simboliza la privación de libertad, las ruinas, la descomposición y la putrefacción de los huesos. Aquí nacen los huesos en los seres humanos y los animales —y esa fundación anatómica no es casual: los huesos son lo que sostiene todo lo demás, lo que permanece cuando todo lo visible se descompone, la estructura que nadie ve mientras está viva pero que define la forma de todo lo que existe. 

El aspecto tradicional de este Odù lo formula con una imagen que condensa la condición existencial del portador de este signo: uno que despierta en la duda, uno que camina y camina en la ciudad y usa el agua de la duda para lavar su rostro. El Orisha aconsejó a Ojuani y a la Serpiente que hicieran Ebó; el Ebó fue hecho, y ambos recibieron bendiciones. La duda que acompaña cada amanecer no es parálisis: es la condición desde la cual el portador de Ojuani se pone en movimiento, lava el residuo de la noche anterior y comienza a caminar de nuevo. La bendición de Ojuani no llega antes del movimiento: llega a través de él.

Su manifestación en el día ocurre de las 8:45 de la noche hasta las 7:45 de la noche del día siguiente —casi la totalidad del ciclo— porque Ojuani es el signo del movimiento continuo, del que no se detiene. Es signo de sacerdocio y de agua. Nace de Oshe y su contraparte es Iroso. Su madrina Metanla le dio el àṣẹ de ser el mayor de todos los Odù menores: Ojuani, Osa, Obara, Odi y Oshe.

II. El Miedo que Se Transforma en Fortaleza: El Descenso a la Tierra

Cuando Ojuani iba a bajar a la tierra, vio que sus hermanos y familiares habían descendido antes. Quiso tomar sus precauciones porque bajó con temor por lo que le habían contado de lo que ocurría en ese plano. Fue a casa del Obà Oshupua Alaye Omo, quien le prescribió un Ebó de gran escala: dos chivos —uno para Elegua y otro para Azojano—, dos ratas de monte —una para Elegua y otra para Ogun—, dos gallos —uno para Elegua y otro para Shangó—, y dos pescados —uno para Elegua y otro para Oshun. La duplicidad de cada ofrenda establece que el descenso de Ojuani requería el doble de protección que el de cualquier otro Odù, porque el doble de adversidad lo esperaba.

Obàtala le advirtió que cuando bajara a la tierra se tropezaría con varias pruebas y que Elegua lo pondría a prueba; que alcanzaría riquezas y felicidad, pero que a pesar de todo esto siempre tendría la muerte persiguiéndolo con un garrote en la mano. Esta imagen —la prosperidad y la muerte caminando juntas como compañeros inseparables— es la descripción más exacta de la condición del hijo de Ojuani: no es que este signo elija entre la vida y la muerte como experiencias separadas, sino que las vive simultáneamente, como los dos bordes de la misma existencia que nunca puede permitirse olvidar.

Cuando sus enemigos intentaron obstruirle el paso hacia la tierra, Ojuani le dio un Chivo a Azojano, y este sacó los huesos del animal y se los regaló para que le dieran fuerzas. Con esas fuerzas pudo bajar a la tierra y con los huesos sobrantes derrotó a sus enemigos, causándoles dolor en los huesos y debilitándolos hasta que lo dejaron tranquilo. Esta narrativa sobre el uso ritual de los huesos como instrumento de fortaleza y de combate es coherente con la posición que Ojuani ocupa como el Odù donde nacen los huesos: quien conoce la naturaleza de los huesos porque fue construido desde ellos tiene el poder de usarlos para sostener o para debilitar, para construir o para desmoronar.

III. Los Huesos, las Enfermedades y la Arquitectura Invisible del Cuerpo

En Ojuani nace el baño de los huesos: se agarra un hueso de jamón, se saca la carne y cuando quede solo el hueso, este se hierve con los menesteres del Orisha donde tenga el signo el consultado. Si es al pie de Shangó lleva corojo, eku, eya, agwado, seis pimientas de guinea; si es al pie de Obàtala lleva orí, efún y todo lo que corresponde a ese Orisha. El cocimiento se hierve, se le dan dos animales de plumas al Orisha, se extraen los àṣẹs de las plumas y se ponen dentro del cocimiento al pie del santo a velar, preferiblemente con una ajitena. Esta obra se hace cuando a la persona le duelen los huesos y el médico no resuelve la situación, para que los huesos no se pudran.

Las enfermedades que este signo porta son un catálogo completo de todo lo que puede ocurrirle a la estructura ósea humana: hemorroides, flebitis, várices, gangrena, infarto cerebral, artritis, osteoporosis, osteogénesis imperfecta, la enfermedad de Paget que debilita los huesos y les hace perder fuerza, descalcificación, artritis reumatoide, enfermedad de la gota, fibromialgia, raquitismo y dolores causados por problemas en la cadera. En fin, toda enfermedad relacionada con los huesos nace en Ojuani. Aquí también nace el quebrantamiento del apéndice, la peritonitis, la mala digestión, las úlceras gástricas y epigástricas, la diarrea, las piedras en los riñones, las úlceras renales.

Esta concentración de enfermedades en el sistema óseo y digestivo no es arbitraria: los huesos son la estructura que sostiene al cuerpo en pie, y la digestión es el proceso que convierte lo exterior en sustancia propia. Cuando Ojuani se deteriora en el plano de la salud, lo hace precisamente en los sistemas que sostienen y que transforman —los mismos principios que definen su naturaleza en el plano del àṣẹ. El hijo de Ojuani que no cuida lo que come, que no trabaja sobre la estructura interior de su vida ritual, eventualmente experimenta esa negligencia en los huesos que lo sostienen y en el estómago que no puede procesar lo que recibe.

Obàtala creó en Ojuani el dedo gordo del pie del ser humano, lo consagró rey dándole el título de Ipin Afi Opa: la deidad que vive en el dedo gordo del pie de la persona, donde se pone el coco para hacerle el Itá. Luego Obàtala se dio cuenta de que alguna parte del cuerpo debía tener digestión e hizo la divinidad Ipin Moyeun, que vive en el estómago y digiere la comida. El intestino quiso ser rey, pero por no hacer el Ebó que Obàtala le indicó —con las tripas de una chiva— perdió posición y se hizo subalterno del estómago, quedándole el desecho de la comida. Por eso los intestinos y el estómago viven en una guerra eterna causando acidez. Esta narrativa sobre los órganos del cuerpo como actores de una jerarquía que perdió o ganó su posición según la obediencia o desobediencia al mandato ritual establece que la salud corporal es, en Ojuani, el reflejo más directo de la salud ritual.

IV. La Canasta, el Mal Agradecimiento y la Ley de la Ingratitud

Ojuani bajó a la tierra en una canasta: Koriko. Al llegar, se encontró con las gallinas que no tenían lugar donde vivir. Ojuani desarmó su canasta y la convirtió en una casa para dársela a las Adie. Pero cuando empezó a llover, el agua entró por el techo de paja de canasta y la casa se inundó. Las gallinas le reclamaron a Ojuani y se convirtieron en sus enemigas. Desde ese día Ojuani estableció el principio que define a este signo con más precisión que cualquier otro: "Agua en Canasta. Nunca hagas favores porque nadie te lo va a agradecer; siempre que te pidan la mano di que no."

Este patakí es de los más hondos de todo el sistema del Diloggún, no porque proclame el egoísmo como virtud sino porque describe con una honestidad despiadada el mecanismo de la ingratitud: alguien que da lo que tiene —incluso lo que lo sostenía a él mismo— recibe a cambio la enemistad de quien recibió el regalo. Las gallinas no maltratan a Ojuani porque sean malas en abstracto: lo hacen porque el techo falló, porque la realidad no correspondió a la promesa, porque la generosidad tuvo límites que el que dio no anunció y el que recibió no perdonó.

Es por eso que en este signo el Orisha vive en canasta: para evitar que las personas sean ingratas con él. Y es también por eso que Ojuani representa a un ciego que yace muy quieto —nadie sabe si duerme o está despierto. Si crees que duerme y te acercas demasiado, puede agarrarte por sorpresa; podría darte un abrazo amoroso o estrangularte con ira. El hijo de Ojuani es impredecible, no por capricho sino como mecanismo de protección ante un mundo que ha demostrado reiteradamente que la generosidad sin cautela se paga con traición. 

El refrán que emerge de esta condición lo formula con la precisión que le corresponde: "Haga bien sin mirar a quién; el mal que usted haga hacia usted regresa." Pero también: "No hay peor astilla que la de su mismo palo. Una familia como enemigos es peor que el cuchillo con filo que corta fácil." Estas dos afirmaciones, aparentemente contradictorias, coexisten en Ojuani sin resolverse: hay que dar bien sin esperar reconocimiento, y hay que cuidarse de que los más cercanos sean los que más daño pueden hacer.

V. La Transformación, la Lagartija y la Revolución de lo Vivo

Ojuani es, en su dimensión más profunda, el signo de la transformación. Esta afirmación no es metafórica: es estructural y se sostiene en múltiples capas simultáneas. En primer lugar, aquí nace que todos los Orishas tengan caminos, porque aquí nace la transformación paulatina del ser humano desde que fue bebé, luego niño, después adolescente, luego adulto y después mayor en edad. Nace cómo el cuerpo se transforma y sufre sus cambios evolutivos. Todo esto se acontece en Ojuani.

La lagartija es el animal sagrado de este signo, y su narrativa condensa todo lo que Ojuani es. Olofin, cuando creó la tierra y antes de poblarla, dejó crecer los árboles, las matas y la vegetación, y mandó a la lagartija a examinar el terreno para ver si la maleza ya indicaba que la tierra estaba firme para ser habitada. La lagartija hizo el reconocimiento, le dijo a Olofi que la tierra ya era útil pero que hacía falta cortar la maleza, y Olofi mandó a Ogun para que hiciera esa labor. Por eso la lagartija es un animal tan sagrado en esta tradición. Ese camino de la lagartija que Olofi mandó a la tierra era Obàtala Alaguema: el camino masculino de Obàtala que examina lo que los demás aún no pueden ver. 

La segunda narrativa de la lagartija en Ojuani es igualmente reveladora: esta fue ante Olofi porque quería parecerse al perro, que tiene muchos colores. Olofi le concedió el don de cambiar de colores dependiendo del ambiente, el lugar y la naturaleza donde se encontrará. Pero le puso una condición: que no mirara a nadie. La lagartija aceptó y se fue para su casa, donde olvidó lo que Olofi había dicho y miró a su madre. Al hacerlo, su madre murió y la lagartija cambió de color en ese momento de tristeza.

Esta narrativa habla de las diferentes facetas del ser humano: cómo nos comportamos en público no es igual a cómo somos en casa. Habla de las máscaras que nos ponemos según el entorno, de la identidad que cambia de color según donde estemos estacionados. Pero también establece un costo: el que cambia de color para adaptarse a todo pierde, en algún momento, lo más inocente y más propio de sí mismo. El cambio de color que le costó a la lagartija la vida de su madre es la imagen de lo que cuesta la adaptación infinita cuando se hace sin los límites que la condición impuesta por Olofi intentaba preservar.

En Ojuani habla la formación de la vida en el mar, el mamífero, el anfibio: es un signo histórico. La tradición yoruba siempre dijo que la vida se inició en el mar, donde los organismos unicelulares se hicieron pluricelulares, luego anfibios, luego reptiles, y como esta vida del mar se fue para la tierra en adaptación. Ojuani habla de transformación y de revolución —no revolución de pueblos sino los procesos revolucionarios donde todo cambió. El petróleo que hoy existe proviene del proceso de descomposición de todo aquello que fue grande y que al transformarse dejó su esencia convertida en el combustible que mueve al mundo. Esta es Ojuani: lo que se descompone no desaparece; se transforma en lo que sostiene todo lo demás.

VI. El Telescopio, los Espejos y el Peligro de Ver lo que No Te Corresponde

Ojuani fue extremadamente curioso: siempre quería ver desde la tierra lo que sucedía en el cielo y qué decisiones tomaba Olofi. Un buen día le dijo a Oya que le daba once caracoles para comprarle sus cristales. Oya se los vendió y Ojuani creó el telescopio para vigilar todo lo que Olofi hacía en el cielo. Olofi se dio cuenta de esto, maldijo a Ojuani obstruyéndole la visión y causándole la destrucción. Aquí nacen los astronautas y todo lo que tiene que ver con esa ciencia.

Esta narrativa sobre la curiosidad que conduce al castigo no es un llamado a la ignorancia: es la descripción de un principio que Ojuani porta con especial urgencia. Hay conocimientos que pertenecen a un plano que no corresponde al ser humano, y el intento de acceder a ellos sin autorización —sin el Ebó correcto, sin el permiso de las fuerzas que custodian ese saber— produce exactamente lo contrario de lo que se buscaba: en vez de ver más, se pierde la visión. La maldición de Olofi sobre Ojuani no fue la prohibición del conocimiento sino la consecuencia de haberlo buscado por un camino que no era el suyo.

Los espejos tienen su historia en Ojuani, y esa historia es igualmente compleja. En la tradición africana, los espejos representaban a los reyes malos que se sublevaron, y Olofi reveló todas sus maldades mediante los espejos —esos reyes salieron de los espejos. Por esto los espejos tienen su secreto. Los espejos reflejan los fenómenos que se paran frente a ellos; nacen el aprisionamiento de los reyes en los cristales que refleja lo bueno y lo malo. Aquí nacen los espejuelos —los lentes para la vista— porque cuando Elegua dejó al mundo cegado para poder hacer lo que quisiera, la humanidad clamó a Olofi, y este le dijo a Oya que construyera los cristales de aumento.

Esta acumulación de inventos ópticos en Ojuani —el telescopio, los espejos, los lentes— establece que este signo es fundamentalmente el de la visión: de su extensión, de sus límites, de sus consecuencias cuando se usa sin la autorización que corresponde. El hijo de Ojuani que los únicos fieles y leales en su historia fueron sus propios hijos recibió de Olofi el àṣẹ de ver mucho más allá y tener vista larga hacia el futuro. La visión larga no es el telescopio que espía lo que no le corresponde: es la claridad que se gana cuando se ha sufrido suficiente para aprender a distinguir lo que puede verse de lo que debe respetarse.

VII. Los Muertos, la Escoba de Olofi y el Sacerdocio como Destino

Ojuani es conocido como Igbale ni Olofin: la escoba de Olofi. Cuando este bajó a la tierra, Ojuani le barrió todo el camino para que su andar fuera limpio y puro entre lo impuro. Ojuani barrió todo el camino junto con Eshu Bilari, quien limpia los caminos y el óbice de las personas. Bilari es una deidad sumamente importante en el Ebó de estera del Oriaté.

Aquí nace el oficio de Oriaté —que nace en Osa Ojuani pero se reafirma en Ojuani—, nacen los Abore Òrìṣà en África, que son los Oriatéces. En Cuba le llamaron Obà Oriaté; dicho cargo existe en África también y no es un cargo inventado en Cuba. Aquí Azojano tuvo un hijo con Oshun llamado Ati Wari; Ojuani era su padrino y le dijo a Eshu Bilari que le enseñara todos los secretos de las consagraciones, Olofi lo bendijo y aquí se estableció que el Oriaté tenga Eshu Bilari.

Ojuani fue el primero en lavar la cabeza del Iyawo en un Yoko Osha Leri, y el primero en hacer un Ebó de estera. Por eso el primer Odulogún que se reza en el Ebó Ate es Ojuani. Fue el primero junto con Osa en ponerle servicio a Egún. Fue el primero en soplar cascarilla en el servicio de Egún y cantó: Awe loddo nile fun, awe loddo nile fun, onile fun wa ile, awe loddo nile fun. Aquí nace el Fudashe o Fulashe del Oriaté: que el muerto le hable al Obà en estera y la consulta sea más exitosa. Los cantos de Ozain, el omiero y todo lo que pertenece a ese ritual nace en Ojuani.

Este conjunto de primacías rituales establece que Ojuani no solo es el signo de la ingratitud y la transformación: es el fundamento mismo del sistema ceremonial de la Osha. El que fue llamado malagradecido fue también el primero en crear las ceremonias que hacen posible que los demás nazcan al mundo sagrado. La escoba que barre el camino para que otro pase limpio es el trabajo que nadie celebra pero sin el cual nada funciona: esa es Ojuani.

Se considera un signo muertero donde la persona no debe hacer Ifá porque su destino está en tirar caracol, trabajar el muerto y el Malongo. La persona nació para ser Obà Oriaté, Maestro de Ceremonia. En Ojuani Orunmila hizo registro y vino Ojuani Iroso; Orunla le dijo al consultado que era homosexual y que no podía hacer Ifá, pero que vería qué pueblo tan grande tendría en la Osha y el espiritismo. Ojuani protegió tanto a los homosexuales que les dio el àṣẹ de ser Oriatés; aquí nacen los homosexuales Obà Oriaté y en muchas partes de África, Babalawos. Poco a poco, Ojuani construyó tanto pueblo que todas las personas quisieron ser ahijados suyos, y los babalawos que se habían burlado de él pasaron hambre porque se quedaron sin trabajo.

VIII. La Escalera, el Telescopio y el Padre del Inframundo

Ojuani simboliza la escalera donde se sube al cielo y se baja mediante de la misma. Esta imagen establece que el portador de este signo es, por naturaleza, un ser de tránsito entre planos: no pertenece definitivamente ni al cielo ni a la tierra sino al movimiento que los conecta. La escalera no es un lugar donde se vive; es el medio que hace posible que la distancia entre un nivel y otro sea transitable.

En la metodología yoruba se dice que Ojuani es el padre del inframundo. Esta afirmación conecta directamente con el conjunto de nacimientos que este signo porta en su territorio: los espíritus atrasados que se presentan en sueños y en la vida, los muertos oscuros, la Anima Sola —Olosi— que nació de los experimentos de brujería que Ojuani llevó a cabo cuando quedó solo. Ojuani fue el primero en fundamentar los Orishas con poca espiritualidad, y Olofi mandó a llamar a un Egún llamado Kara Oto, el muerto que llama la espiritualidad de los Orishas a vivir en piedras y no salirse de ahí.

Ojuani fue el que impuso los palos en las prendas y aquí nace la prenda de Zarabanda. Fue a la tierra Congo y pactó con las prendas dándole Aya Dundu, perro negro. Le dio corona a los dos perros de San Lázaro —llamados Ayan Bekun y Koima Bele— dándole una guinea a la cabeza a cada uno, y le puso por nombre a Babaluaye: Shakefun Aya Leretun Aye. En Ojuani nace el nacimiento de San Lázaro y la continuidad de Azojano; es el cambio de una tierra a otra.

Esta relación de Ojuani con los mundos subterráneos, con los muertos oscuros, con las prendas y con las puertas del inframundo no contradice su posición como fundador del ceremonial de Osha: la ambila, la doble dimensión de este signo es precisamente su característica más definitoria. El que barre el camino de Olofi conoce también la suciedad que levanta la escoba. El que sube y baja la escalera sabe lo que hay en cada piso.

IX. La Paciencia como Único Camino y la Soledad como Compañera

El refrán que nace en Ojuani sobre el dinero establece el principio rector de toda la ética del trabajo que este signo porta: Suru la fiwa, owo enite ke kua, bi lodo, kuelu agwon ni lafifi suru kuelue —"La búsqueda de dinero honrado requiere siempre paciencia; la captura de peces con la red también requiere mucha paciencia para tener éxito." La prosperidad que Ojuani puede alcanzar no es la prosperidad de quien acierta por azar ni la de quien hereda sin mérito: es la que se construye esperando el momento correcto, colocando la red en el lugar correcto y teniendo la paciencia de no retirarla antes de tiempo.

Ojuani no fue buen comerciante cuando lo intentó por su cuenta y perdió casi todo. Fue solo cuando escuchó el consejo que lo llevó a Yoko Osha y a tirar caracol —su verdadera vocación— que encontró su camino. Su segunda esposa, que se llamaba Aisiki: Prosperidad, fue su àṣẹ real porque era buena en el comercio. Por eso los hijos de este signo tienen que escuchar los consejos de su esposa, porque estas suelen ser su àṣẹ verdadero. El orgullo que le impide a Ojuani escuchar las voces de quienes lo rodean es el mismo mecanismo que lo mantiene alejado de la prosperidad que su propio nombre promete.

Ojuani es un Odù muy solitario. A pesar de las cosas positivas que puede contener, aquí se sufre de mucha vaciedad, ingratitud, vacío y soledad. El hijo de Ojuani a veces se siente solo y para sentirse acompañado acude a ciertas cosas o personas para sentir su vida llena. Esta soledad no es la soledad de quien no tiene capacidad de relacionarse: es la de quien se ha vinculado con tanta generosidad que ha agotado las relaciones que recibieron esa generosidad sin devolverla. El agua en canasta —dada sin reserva— se escapa, y la canasta queda vacía.

Aquí no hay estabilidad, no hay firmeza, y siempre se recomienda sembrar un Elegua en la casa para sembrar firmeza en la vida del hijo de Ojuani. Hay que estar muy a tono con Eshu y con Babaluaye, San Lázaro. La firmeza en Ojuani no viene de dentro hacia afuera como en otros signos: viene de la relación bien mantenida con las fuerzas que pueden anclar al que tiende a la dispersión. El signo de la transformación perpetua necesita, más que ningún otro, un punto fijo desde el cual todas las transformaciones tengan sentido.

X. La Revolución, el Movimiento y la Enseñanza Final

Ojuani es todo lo que tiene que ver con el movimiento de la vida, las contradicciones, el desarrollo, las luchas y el crecimiento. Es un Odù revolucionario: se revoluciona la vida, la sociedad, el mundo de los seres vivientes. Aquí nacen los territorios, las cercas y las fronteras. Aquí el hijo de Ojuani lo lleva a ser duro, dominante y olvidadizo de quien le hace un favor —no porque así haya nacido, sino porque los golpes de la vida lo han hecho así. Quiere hacer muchas veces más de las cosas que realmente puede hacer; se disloca y se atormenta por querer hacer mucho.

Las madrinas de Ojuani fueron Oshun y Yemaya, que lo ayudaron a sobrepasar todos los obstáculos que tuvo en la vida. El padrino fue Obàtala, quien le dio la Guinea Blanca como instrumento primordial. Maferefun Ogun: aquí Ogun guerreó, luchó, viajó, y se le dice al hijo de Ojuani que tiene que ser un poco fuerte en cuanto a su vida y a su forma de ser, pero siempre manteniendo la humildad.

Lo que el comején hace con la madera —comerla por dentro mientras la superficie sigue pareciendo sólida— es la imagen que Ojuani ofrece como diagnóstico de las situaciones más peligrosas: las que se deterioran por dentro antes de que nadie pueda verlo por fuera. El hijo de Ojuani debe cuidar su salud porque puede aparentar estar bien por fuera y estar mal por dentro. Y esta advertencia no es solo sobre el cuerpo: es sobre los vínculos, los proyectos, las estructuras que parecen firmes y que el desagradecimiento, la ingratitud o la negligencia ritual están vaciando silenciosamente.

Cuando en Ariku e Iku entraron en disputa por la corona, fue Ariku quien había hecho Ebó con Obàtala el que alcanzó la corona de la larga vida y la longevidad. En este signo la humanidad era inmortal, y por causa de Iku esto se terminó. Esta pérdida de la inmortalidad en Ojuani —el signo que transformó lo que era en lo que sería— no es una tragedia sin redención: es la condición que hace que cada día tenga el peso que corresponde a lo que podría ser el último. El hijo de Ojuani que comprende esto deja de procrastinar —porque aquí nace la procrastinación como su mayor trampa— y comienza a hacer, desde ahora, lo que llevan tiempo postergando. La escoba de Olofi no espera al día siguiente: barre hoy, porque el camino necesita estar limpio antes de que el siguiente paso se dé.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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