
Ofun: El Cabello que Porta el Misterio y la Noche que Precede a la Creación. Una Reflexión Sobre el Odù de lo Oculto, la Transformación y el Pacto con la Muerte
Ofun, es la unidad del cielo y la tierra. Enseña a enviar el mensaje con la palabra y la voz. El animal utiliza diferentes sonidos para alertar sobre los peligros que asechan, o para manifestar su mala conducta. El gallo por desobedecer a Olódùmarè es el que canta en las mañanas cuando sale Olórun, pero también advierte de cómo salvarse de los depredadores, este hasta que no avisa no desayuna, el ayuno en este Odù nos purifica el alma y nos brinda claridad espiritual. Cuidarse de un juramento que lo puede esclavizar de por vida, las Sociedades pueden traer conflictos o competencia. Òfún avala el concepto de la comunicación entre los animales y los religiosos. No es lo mismo hablar que comunicarse. Sin comunicación, llega la división.
I. El Nombre y el Origen: La Mujer que Nació Marcada por el Mundo
La etimología de Ofun conduce, ya desde su raíz, hacia uno de los territorios más oscuros y más fértiles de toda la tradición yoruba-lucumí. El vocablo proviene de dos palabras: Ó, él, y Fún, cabello —El Cabello. Su nombre surgió de la creencia de que Ofun era una mujer cubierta de cabello en todo el cuerpo, porque comía todo tipo de animales sin quitarles el pelo antes de consumirlos, y con el tiempo ese pelo se le fue quedando. La segunda teoría es igualmente reveladora: Ofun nació maldecida desde el vientre de su madre, producto de una violación cometida por su padre Olunkueyo Egún. Su madre nunca la quiso tener por el repudio que sentía hacia el padre, nunca hizo Ebó para recibirla, y por eso Ofun nació con mucho cabello y lunares en su cuerpo.
Estas dos narrativas de origen —la que habla de una mujer que absorbió lo que consumió sin procesar, y la que habla de una mujer que llegó al mundo sin ser bienvenida— establecen desde el principio la condición que este signo porta como su verdad más íntima: Ofun es el signo de lo que no pudo ser depurado antes de manifestarse, de lo que llega al mundo con las marcas del origen sin haber sido preparado para recibirlas. El cabello que la cubre no es adorno sino acumulación; los lunares no son belleza sino señales de una historia que el cuerpo porta sin haberla podido elegir.
Ofun nace del Odù Osa, su contraparte es Oshe, y su mayor manifestación durante el día ocurre de las 5:30 de la mañana a las 5:30 de la tarde: el arco que comienza en la oscuridad más próxima al amanecer y termina cuando la tarde aún guarda calor. Es un Odù femenino, de aire y de oscuridad, de sacerdocio. Su mayor actividad ocurre en los bordes del día, donde la luz y la sombra negocian sus territorios con la misma tensión que define todo lo que este signo es.
El carácter de Ofun es de una complejidad que la tradición no suaviza: temperamental, agónica, áspera, soberbia, prepotente, desobediente. Pero a pesar de todo esto fue muy inteligente, ya que llegó a dominar los fenómenos para bien y para mal. Esta capacidad de gobernar lo que asusta a los demás —precisamente porque ella misma proviene de un territorio que asusta— es la clave de lo que Ofun representa dentro del sistema del Diloggún. Quien nació en la oscuridad conoce la oscuridad mejor que cualquier otro, y ese conocimiento es poder cuando se usa con la sabiduría que solo la adversidad puede enseñar.
II. La Primera que Bajó y la Primera que Regresó: El Rechazo del Mundo Imperfecto
Ofun fue el primer Odulogún que bajó a la tierra. Pero no estuvo conforme con lo que vio y decidió regresar al cielo. Esta narración extraordinaria establece una paradoja que atraviesa todo el signo: el primero en llegar fue el que primero rechazó lo que encontró. Lo que para los demás Odù fue un destino que aceptaron con mayor o menor resistencia, para Ofun fue una realidad que juzgó insuficiente antes de decidir quedarse.
Esta primera mirada de Ofun sobre el mundo —una mirada que vio lo que había y lo consideró inadecuado— no es arrogancia vacía: es la descripción de un ser cuya capacidad de percepción es tan aguda que lo imperfecto le resulta insoportable. En el cielo, Olofin le había dicho a Ofun que antes de partir a la tierra debía moderar su carácter. Ofun fue a casa de una bruja deforme llamada Esheyo Ugbine Wo —el caracol no tiene brazos ni piernas, pero la serpiente se mueve sobre su estómago— quien le dijo que se diera cuatro palomas a los cuatro puntos cardinales de su cabeza. Así lo hizo Ofun, y alcanzó su nobleza: pudo adquirir el Iwa Pele para estar en sintonía con Olofi y su Ángel de la Guarda.
Este proceso de transformación del carácter a través del ritual —la soberbia convertida en nobleza mediante el acto de ofrendar a los cuatro puntos cardinales— establece uno de los principios más importantes de Ofun: lo que este Odù porta como defecto constitutivo puede ser transformado, pero esa transformación no es automática ni gratuita. Requiere el reconocimiento honesto de lo que hay que cambiar, la búsqueda del consejo correcto —incluso cuando ese consejo viene de una bruja deforme que nadie consideraría una fuente de sabiduría— y el cumplimiento exacto de lo que se prescribe.
Ofun desde niña todo lo que decía se convertía en realidad. Cuando creció y llegó a ser adulta, adquirió un carácter de dictadora. Esta secuencia —el poder de la palabra que se instala en la infancia y el carácter que lo distorsiona en la adultez— es la descripción de uno de los mecanismos más peligrosos que este signo produce: una capacidad real de influir sobre la realidad a través del lenguaje, que sin la disciplina del buen carácter se convierte en un instrumento de dominación antes que de servicio.
III. Lo Oculto, la Noche y el Territorio de los Fenómenos
En Ofun nace lo desconocido, la noche, la oscuridad, lo oculto, lo escondido, los fantasmas, los muertos oscuros y las velas que se prenden de noche en el Igbodun de Osha para los Orishas que llevan ceremonias después de la caída del sol. Ofun es penumbra, es noche, neblina, tiniebla, humo. Es todo lo que no permite ver al más allá. Es el signo que encarna el vacío, el espacio, el juramento, la desesperación. Aquí nace lo malo que ocurre de pronto sin que nadie lo espere. Nace el miedo, pero a la vez la valentía.
Esta asociación de Ofun con la oscuridad no es la descripción de un signo maligno sino de uno que habita el territorio donde la mayoría no se atreve a mirar. En Ofun Olofi hizo la tierra, pero no le había puesto Sol: toda la tierra era oscura, no había luz. Posteriormente se creó el Sol —razón por la cual en una parte del hemisferio global cuando hay Sol, en la otra hay oscuridad y viceversa. Ofun es, en esta cosmología, anterior a la luz: es la condición que precede a la iluminación y que la hace posible precisamente porque contrasta con ella.
El hijo de Ofun se tiene que alejar de los humos, las fogatas, los cigarros, las fumigaciones; aquí se prohíbe manejar bajo la neblina. Aquí se duerme con la luz prendida para evitar ver fenómenos de madrugada, y se manda a dormir con mosquitero. Estas prescripciones no son supersticiones: son instrucciones de manejo de un ser cuya sensibilidad ante lo invisible es tan alta que el umbral entre el mundo de los vivos y el de los muertos en su campo de experiencia es extraordinariamente delgado. El humo que para otra persona es simplemente humo, para el hijo de Ofun es un conducto; la neblina que para otros es solo clima, para este portador puede ser el territorio donde los espíritus atrasados encuentran paso.
Ofun se llamaba en el cielo Ekun Leyi Agun: el leopardo feroz que arrasa, porque muchos estipulan que es un signo donde se manifiesta el Nahual, el humano que se convierte paulatinamente en animal. Esta identificación con el leopardo —el felino más silencioso y más letal de la selva, el que caza solo, el que ataca desde la oscuridad— es coherente con todo lo que este signo es: una fuerza que opera en los registros invisibles con una eficacia que nadie que la subestima puede anticipar.
IV. La Palabra como Nacimiento: Igbodun y el Vientre del Bosque
Ofun hizo adivinación para Igbodu, por lo que se dice que esta palabra nace aquí. La traducción que la tradición proporciona es de una densidad conceptual extraordinaria: Igbo, bosque, Du, vientre —Vientre del Bosque. Esta denominación proviene de la creencia yoruba de que del vientre de la naturaleza del bosque emana todo: humanos, animales, piedras, agua, oxígeno, vida, criaturas. Por eso en un Osha, un Ifá o un Malongo siempre tiene que haber un Ozain: porque Ozain es el que hace posible el paritorio, el vientre que pare, el Igbodu.
Esta afirmación —que el cuarto de santo es literalmente un vientre del bosque— reencuadra toda la experiencia de la iniciación dentro de una metáfora de nacimiento. Quien entra al Igbodu no simplemente recibe un ritual: nace de nuevo desde el vientre de la naturaleza sagrada, sale de allí como sale un ser del vientre materno —transformado, vulnerable, con los ojos que apenas comienzan a abrirse a un mundo nuevo. Los siete días que el Iyawo tiene que estar en el trono representan los siete días que Olofi tardó en formar la creación de la tierra.
Obàtala le preguntó a Olofi por qué se demoraba tantos días en crear la tierra, las plantas, los órganos de los humanos, el corazón, la naturaleza, los animales, la atmósfera. Olofi respondió: para que el mundo fuera duradero había que tener paciencia, y lo bueno se demora en construir. Por eso tardó seis noches y siete días —los mismos que el Iyawo tiene que estar en el trono para canalizar su Orí y su Eleda con Olofi, el cielo y su Orisha Alagbatori. Al séptimo día Olofi se retiró de la tierra, y se dijo: Ashe to, Ashe bo, iban Eshu. Por esto, en los siete días de consagración en el cuarto de Osha, no debe haber discusiones ni peleas.
Esta correspondencia entre el tiempo de la creación del mundo y el tiempo de la creación de un nuevo Olosha establece que cada iniciación es una recreación del cosmos: un acto de esa misma escala, que requiere la misma paciencia, la misma concentración y el mismo silencio interior que el acto primordial exigió. Ofun, que fue la primera en bajar a la tierra y la primera en rechazarla, es también el signo que guarda el misterio del nacimiento más profundo.

V. El Dinero, la Codicia y la Maldición de Olofi
En Ofun nace la maldición al dinero, porque este fue la perdición de Ofun: fue viciosa al juego y lo perdió todo, le gustaba hacer negocios con caracoles y jugarlos para luego perderlos. Aquí nacen los casinos, los bingos, los juegos por dinero, las asociaciones monetarias, la codicia y la avaricia por el dinero, el interés por el mismo y que el dinero predomine en el mundo a tal grado que sin él no se puede vivir. El dinero se enorgulleció y empezó a desobedecer las órdenes de Ofun, y esta última no tuvo más remedio que expulsarlo de su reino porque el Owo estaba causando demasiado daño en las familias.
Olofi pronunció en este signo una de las maldiciones más reveladoras de toda la tradición: los hombres querrán más al dinero que a mí, y maldijo al dinero. Esta maldición no elimina al dinero del mundo —porque el mundo lo necesita para funcionar— pero lo marca desde su origen con la señal de lo que puede destruir cuando se convierte en el valor supremo de la existencia. Lo peor para el hijo de Ofun es la bebida alcohólica, especialmente la bebida blanca: esta es la perdición total. El juego y el alcohol son las dos formas en que la persona de este signo puede perder todo lo que ha construido, no por mala fortuna sino por la incapacidad de gobernar el deseo ante lo que produce placer inmediato.
El refrán que nace en Ofun sobre el conocimiento y la sabiduría condensa esta enseñanza con una precisión que pocos refranes logran: "No hay que confundir nunca el conocimiento con la sabiduría: el primero nos sirve para ganarnos la vida; la sabiduría nos sirve para vivir." Ofun fue extremadamente inteligente —dominó los fenómenos para bien y para mal— pero su inteligencia sin sabiduría la llevó al juego, a la soberbia, a la pérdida. Fue solo cuando Obàtala le dijo que comería tierra hasta no convertirse en una persona humilde, y cuando finalmente incorporó la paciencia, la humildad, la serenidad, la benevolencia y la afabilidad, que llegó a ser reina. El conocimiento sin sabiduría es el leopardo feroz que arrasa sin distinguir; la sabiduría es la que lo hace cazar con precisión.
VI. La Cascarilla, la Muerte y los Límites que Protegen
La relación entre Ofun y la cascarilla es uno de los puntos más debatidos en la práctica contemporánea de la Regla de Osha. Muchos Obàses de hoy día han adoptado la costumbre de prohibir la cascarilla en Ofun, cuando la tradición establece todo lo contrario: la cascarilla es la mejor amiga del hijo de Ofun.
La argumentación que sustenta esta posición es de una coherencia que no admite refutación: la cascarilla —Efún— sirve para aliviar las presiones. Sus propiedades son sedantes y apaciguadoras. Provee serenidad, ecuanimidad y raciocinio. Le permite al ser humano reflexionar sobre sus actos y reconocer sus errores. Como materia de naturaleza Tutú, fresca, apacigua la ira y la cólera que frecuentemente ciega al ser humano y lo induce a cometer actos reprochables e irrazonables. Efún representa la esencia divina de Obàtala y su habilidad de traer calma y sosiego a cualquier situación.
Efún divide las esferas que separan al mundo de los vivos del de los muertos, creando una línea divisoria que estos están vedados de cruzar. Efún también ahuyenta a Iku e Iwín. Se le recomienda a la persona perseguida por estos entes que se raye la cara con Efún antes de acostarse a dormir. También se hacen rayas con Efún sobre la puerta de entrada de la casa y en los quicios de esta para que Iku e Iwín se alejen. Cuando los lukumíes le dan Obi a Egún antes de comenzar cualquier ritual, se raya con anterioridad la frente de todos los presentes con Efún, para que Iku no se apodere de ninguna de las cabezas de los presentes antes de tiempo.
El rezo de la cascarilla establece con una precisión irrefutable su función sagrada: Efún ní lodó umbo iré mafèrèfùn ègba mí laajé, ofún kurò ninú ibì nipà ikuje odara, olomó mí yéyé bógbó osògbò unló —"Yeso del río, me libro del mal venciendo la muerte y me cubre del bien. Lo profetizado: la prosperidad de las ministras alimentaron a los hijos y las madres para que lo negativo se fuera." Y el suyere que se emplea en su ritual: Awe lodó ni l'efún Iyé lodó ni l'efún —"Pulverizando efún en el mortero, encontramos la bendición de seguir viviendo." Que Ofun sea el signo donde nace el Asho Fun Fun, la tela blanca que es imprescindible para las consagraciones —y que en el Itutu se ponga tela negra y tela blanca en representación de la vida y la muerte— establece la relación de Ofun con la cascarilla desde su propia naturaleza: un signo que conoce la muerte como ninguno puede necesitar más que ninguno del instrumento que la aleja.
VII. Las Enfermedades, el Cuerpo y lo que la Oscuridad Produce
Ofun rige en el cuello, la garganta, la nuca y la vena aorta. En este signo nacen el cáncer de garganta y de esófago, el cáncer de tiroides y de laringe, el lipoma, la hinchazón en el cuello y la quimioterapia. Nace el infarto fulminante, el suicidio al lanzarse a un precipicio, los trastornos internos y el incesto. Nacen los depredadores sexuales y el tener intimidades con menores de edad. Nace el insomnio y los trastornos utópicos, las pesadillas y los sueños.
Que Ofun rija en la garganta —el órgano de la voz, el canal a través del cual la palabra interior se convierte en realidad exterior— es coherente con la afirmación de que Ofun vive en la garganta, representa el discurso y la persuasión. El signo que desde niño convirtió en realidad todo lo que dijo, que creció con el carácter de un dictador, que gobierna mediante la palabra —ese signo porta sus enfermedades más características en el órgano que es su instrumento más poderoso y más peligroso. Cuando la garganta de Ofun se enferma, es el signo más directo de que la palabra ha sido usada de maneras que el àṣẹ de este Odù no puede sostener sin costo.
Nacen en Ofun las deformaciones en el ser humano: niños con dos cabezas, síndrome de Down, personas jorobadas, hermafroditas. Todo lo que no sea considerado dentro de la norma establecida por el cuerpo humano estándar tiene su origen en este signo. Esta afirmación no es una condena a lo diferente: es el reconocimiento de que Ofun es el territorio donde los límites de lo posible se expanden más allá de lo que la definición ordinaria puede contener. Ofun es el signo de lo extraordinario en sentido literal: lo que está más allá de lo ordinario, sea eso bello o perturbador.
Ofun es defensa, sabiduría y pacto con la muerte. Nace la reencarnación y la resurrección. Nace el desprendimiento. Nace también la falta de circulación en el cuerpo. El hijo de Ofun no puede ir a velorios, cementerios ni entierros; no puede visitar enfermos en hospitales ni quedarse a dormir en uno. No puede tener yagruma en su casa ni dormir bajo ninguna ceiba. No puede tener botellas destapadas porque se cuelan los espíritus. No puede tener fotografías de personas difuntas en las paredes ni en los cuartos. Estas prohibiciones establecen un perímetro de protección alrededor del portador de este signo que es proporcional a su vulnerabilidad específica: quien habita el territorio de los muertos con tanta naturalidad como Ofun necesita límites igualmente poderosos que definan cuándo ese territorio puede entrar y cuándo debe quedarse afuera.
VIII. Las Sociedades Secretas, el Conocimiento Oculto y la Tradición como Destino
En Ofun nacen las sociedades secretas: la secta Abakuá, la Masonería, el Malongo, los templarios, la Orden Martinista y todas las sectas secretas y sus cultos, así como el culto secreto de Osha. Este nacimiento colectivo de los sistemas de conocimiento guardado establece que Ofun es el signo que comprende que hay saberes que, si se divulgan sin preparación y sin contexto, pueden destruir tanto al que los recibe como al que los entrega.
Ofun es tradición, es vejez. La tradición manda al hijo de Ofun a visitar una iglesia muy antigua, porque los santos que están en figuras de yeso y de maderas antiguas tienen espiritualidad y esencia. Aquí nacen todos los anticuarios, los museos, lo arcaico y sus creaciones. Lo antiguo en Ofun no es obsoleto: es la acumulación de àṣẹ que el tiempo deposita sobre las cosas y los sistemas cuando estos han demostrado su poder a través de generaciones. La vejez de Ofun —representada en las canas, que en este signo la persona no debe teñir cuando lleguen— no es deterioro sino acumulación de sabiduría que el tiempo ha sedimentado.
Las canas nacen en Ofun, y en este signo la persona no se debe pintar ni teñir el cabello cuando lleguen a tenerlas. Ofun representa la blancura de las canas. Esta declaración sobre el cabello blanco como señal de autoridad acumulada —y no como defecto que hay que ocultar— reencuadra la vejez dentro de la cosmología de Ofun como el territorio de lo que ha sobrevivido y que, por haber sobrevivido, ha demostrado su valor. El refrán que nace aquí lo formula con la síntesis que caracteriza a la tradición oral en su mejor momento: "Lo mejor que Dios hizo fue un día tras de otro." La continuidad del tiempo, la acumulación de los días, es en sí misma el mayor de los bienes.
IX. El Cabello del Caballo y la Babosa: Los Aliados que Nadie Esperaría
Ofun hizo Ebó en el cielo y salvó a Esin, el Caballo. Este, en agradecimiento, le regaló su pelo. Le dijo: desde hoy te doy mi pelo para que puedas disfrazarte y ambular por los lugares misteriosos, oscuros en el cielo y en la tierra, en los pantanos y en las aguas, en los cementerios y en las calles, en los bosques y en los montes. El pelo del caballo —que Ofun ya porta en su propio cuerpo como marca de origen— se convierte aquí en un instrumento de movilidad entre los mundos, en el disfraz que le permite cruzar los umbrales que para los demás seres permanecen cerrados.
La babosa, que en Ofun no tiene casa y era muy vulnerable a las contaminaciones, se encontró con Ofun y por su humildad y por ayudarla a guiarla por el camino cuando bajó a la tierra, Ofun le regaló su casa: el carapacho. En este signo no se pueden matar babosas, ni maltratarlas ni pisarlas. Este episodio establece una de las enseñanzas más silenciosas de Ofun: los más vulnerables son a veces los que mejor conocen el camino que los poderosos no saben recorrer. La babosa, sin casa y sin protección, sabía los caminos de la tierra mejor que el leopardo feroz que acababa de llegar del cielo. Su humildad fue su capital; la generosidad de Ofun al reconocerlo fue lo que selló el vínculo.
Aquí también la Ewe Maravilla —que nadie quería— fue hecha imprescindible por Ofun en el Ozain de Oshun. Desde ese día la Maravilla es àṣẹ para los hijos de Iyalode. Y la maraca, el Shekere, que no tenía la virtud de sonar, fue orientada por Ofun en el ritual que le dio su voz: dos gallos rojos a la mata de coco, diez semillas de coco, palo bambú formado para que los cocos se insertaran. Así el Shekere obtuvo la virtud de sonar y ser utilizado en los menesteres de Osha. Estos tres episodios —el pelo del caballo, el carapacho de la babosa, la voz del Shekere— construyen juntos el retrato de un signo que toma lo que nadie quería y lo convierte en lo indispensable, que da a los más despreciados lo que los hace necesarios, que escucha al débil cuando el fuerte no tiene oídos.
X. El Principio y el Fin: Ofun y Eyeunle como los Dos Extremos
Entre Ofun y Eyeunle son el principio y el fin de todos los Odulogún del Diloggún. Esta posición de polaridad absoluta —el primero que llegó a la tierra y el que se convirtió en el mayor por su gratitud— no es una contradicción sino una complementariedad estructural. Eyeunle es la Cabeza que gobierna al cuerpo, la luz del día, la gratitud que se gana la corona. Ofun es la oscuridad anterior a la luz, el misterio que precede al orden, el vientre del bosque que hace posible todo nacimiento.
Ofun representa el vacío. Este signo establece que la persona es como el coco: lindo por fuera y podrido por dentro —una descripción que no es condena sino advertencia sobre la distancia entre la apariencia y la realidad interior que este signo tiende a producir en quien lo porta sin trabajarlo. Es un signo de constantes arayes y problemas. Dice Ofun que el gavilán vuela encima del monte observando qué presa puede devorar, que la babosa cuando parte olvida su casco, que la gallina cuando fallece deja muchas plumas y cuando el perro muere deja en su casa muchos huesos. Cada una de estas imágenes habla de lo que permanece cuando algo se va: la huella, el rastro, la marca que lo que existió deja detrás de sí.
El hijo de Ofun tiene que coronar Osha y no debe pasar a Ifá, porque nunca brillará. Tiene que atender a sus muertos, porque de no ser así estos pueden ser su perdición. Debe tener bóveda espiritual consagrada correctamente, sin sangre ni signos de Ifá, porque la bóveda es espiritual —y el nombre lo dice todo. La obra para la evolución en este signo —un collar blanco con siempre viva, hoja de sarcia, cascarilla, un billete, eku, ella, agwado y un hilo del tamaño del pecho y la cabeza, alimentado al pie de Obàtala con dos palomas blancas— construye un dispositivo de protección que une lo más antiguo de la tradición con lo más íntimo del cuerpo del portador.
La otra obra prescrita —ir a la punta de una loma con Obàtala, dos palomas blancas, Orí, Efún, una firma de Obàtala, cacao y cascarilla untados bajo las alas de las palomas, la persona limpiándose con ellas y soltándolas a volar mientras dice que así como las palomas vuelan se vaya volando todo su osogbo— es la descripción del acto más característico de Ofun transformado en ritual: tomar lo oscuro que se ha acumulado, nombrarlo todo, y liberarlo al aire para que el mismo viento que es hermano de este signo lo lleve a donde ya no pueda hacer daño.
Dice Ofun con la serenidad de quien ha visto el principio y el final de todas las cosas: "Lo mejor que Dios hizo fue un día tras de otro." El tiempo que avanza, la noche que no dura para siempre, el amanecer que sigue inexorablemente a la oscuridad más profunda —esa es la promesa que Ofun porta desde el vientre del bosque donde nació todo: que después de la noche más larga, el día vuelve, y que quien sobrevivió a la noche sabe su valor mejor que cualquier otro.









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