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Ogunda: El que Golpea con el Machete y Crea el Camino. Una Reflexión Sobre el Odù de la Fuerza Creadora

Ogunda es, La fuerza vital que marcha delante de la evolución. la agresividad necesaria para mantener la cadena alimenticia. En este Odù, el animal comienza a luchar por la supervivencia que genera la cadena alimenticia, se le aconsejó no atacar con mucha rabia y evitar hacerlo por gusto, es decir atacar sin hambre, pero este desde su fase negativa lo hizo , trayéndole como consecuencia que todo animal que lo viera cerca le huyese creando el pánico, por eso este Odù para poder alcanzar los logros en la vida debe tener cautela y evitar la avaricia, hizo Ebó por eso lo nombraron el que abre el camino hacia la salvación. Es la toma de una vida por otra, se aplica tanto en plantas como en animales, además el Odù manda a sobrevivir y no convertirse en el sacrificio para la supervivencia de alguien más.

I. El Nombre y sus Múltiples Verdades: La Complejidad Como Primer Enseñanza

Pocos Odù del Dilogún ofrecen, ya desde su nombre, una lección tan elocuente sobre la naturaleza del conocimiento como Ogunda. El vocablo admite al menos cuatro lecturas legítimas dentro del dialecto yoruba, y cada una de ellas ilumina un ángulo distinto de lo que este signo contiene: Ogun Da, Ogunda como "Ogun Crea"; O Gun Da Ada, "Quien golpea con el machete"; Ogún con acento en la o, que se traduce como guerra; Ogún con acento en la u, que significa herencia; y Eta Ogunda, proveniente del sistema de Obi, que significa "tres que crean guerra". Todas estas traducciones son simultáneamente válidas porque todas señalan, desde ángulos distintos, la misma realidad: un principio que abre, que corta, que crea destruyendo lo que obstaculiza el paso.

Esta multiplicidad semántica no es un defecto del sistema lingüístico yoruba sino su mayor virtud epistemológica. Una palabra que porta diez significados según el acento, el tono y el contexto en que se pronuncia exige del oyente una atención activa, una disposición a escuchar en profundidad, a no conformarse con la primera capa de sentido. En Ogunda nace, por ello, una advertencia que la tradición formula con toda claridad: no se puede hacer crítica destructiva sin antes tener un amplio conocimiento del complejo dialecto yoruba, cuya fonética es complicada y en el que una palabra puede tener hasta diez significados diferentes. Este principio de modestia intelectual ante la complejidad del saber es la primera enseñanza que Ogunda entrega a quien lo recibe.

Este Odù se manifiesta mayormente en las horas de 9:00 de la mañana a 9:00 de la noche: el tiempo de la actividad plena, del trabajo bajo la luz del sol, del esfuerzo visible y sostenido. Y su refrán inaugural lo dice con la contundencia que caracteriza a todo este signo: en casa del pobre, hasta el que es feto trabaja.

II. El Origen y la Soledad del Trabajador

Ogunda nace de dos espiritualidades cuyos nombres revelan su carácter más profundo: una se llama Nikan, que significa solo, y la otra Sise, que significa trabajando. Por eso Ogunda suele ser un signo un poco solitario: se pasó su vida esforzándose y trabajando solo para dar de comer a su familia. Esta soledad no es la soledad del abandono ni la del aislamiento elegido por soberbia —como en Okana— sino la soledad del trabajador que no tiene tiempo para las redes sociales superficiales porque está ocupado construyendo lo que necesita quienes dependen de él.

En Ogunda nace que los animales se coman entre sí. Ogunda los reunió a todos y les dijo que hicieran Ebó, pero ninguno le hizo caso, todos lo ignoraron. Con el tiempo vino el hambre a la tierra y se empezaron a devorar unos a otros. Esta narrativa mítica encierra una de las enseñanzas más crudas del sistema: el rechazo al consejo no produce simplemente estancamiento, produce ferocidad. Cuando la comunidad se niega a actuar coordinadamente sobre sus vulnerabilidades comunes, la escasez generada por esa negativa transforma a los miembros de esa comunidad en predadores mutuos. El consejo ignorado no desaparece: regresa como violencia.

Ogunda fue utilizado por Obàtala y Ogun para crear la tierra, ya que aportó a la creación juntando la inteligencia de Obàtala y la fuerza de Ogun. Este aporta la síntesis entre dos principios aparentemente opuestos: el pensamiento ordenador y la energía ejecutora. Ogunda, en su origen mítico, no es solo fuerza bruta ni solo inteligencia pura: es la articulación entre ambas que hace posible la obra concreta. Fue Ogunda quien le dijo a Obàtala que poblara la tierra porque no había humanos que procrearan. El creador necesitó ser recordado de su propia misión por aquel que nació para abrir caminos.

III. Elegua y Ogun: La Distinción Entre el Camino y la Apertura

Una de las afirmaciones más significativas que este Odù produce es la que define la relación entre Elegua y Ogun dentro de la arquitectura de la existencia: Elegua dictaminó el camino, pero Ogun lo abrió. Elegua dice cuál es el camino, pero es Ogun quien lo abre con su machete. Esta distinción no es meramente ritual: es una descripción precisa de dos funciones existenciales que, aunque complementarias, no deben confundirse.

Saber cuál es el camino correcto y poder transitarlo son dos capacidades distintas que el ser humano necesita cultivar por separado. La orientación sin la fuerza de ejecución produce parálisis; la fuerza sin orientación produce destrucción. Ogunda es el Odù que encarna esa fuerza ejecutora, el àṣẹ que convierte el conocimiento del camino en tránsito real sobre él. Por eso en Ogunda nace todo el hierro, y por eso Ogun es su Orisha central: el hierro es el material que corta lo que obstaculiza, que da forma a lo amorfo, que construye herramienta de lo que era solo mineral.

Aquí nace el hierro, que Eyioko le hizo Ebó en el cielo antes de bajar y se lo regaló a Ogun. El hierro no perteneció siempre a Ogun: fue un regalo mediado por otro Odù, un bien transferido a través de la generosidad ritual. Que el símbolo más característico de Ogunda haya llegado a este Odù como herencia y no como conquista revela algo importante sobre la naturaleza del poder en la tradición yoruba-lucumí: los atributos más poderosos no se toman, se reciben, y esa recepción implica siempre una deuda de origen.

IV. La Violencia Como Abismo y el Ire Como Nobleza

Es un signo de disentimiento, debates, discusiones fuertes, polémicas grandes y problemas que pueden llegar a los golpes. En este Odulogún se le prohíbe a la persona tomar venganza y levantarle la mano a nadie, porque esa acción puede ser su perdición. Esta prohibición no es una restricción externa impuesta sobre una naturaleza neutral: es el reconocimiento explícito de que el hijo de Ogunda porta una tendencia constitutiva hacia el conflicto que, si no es gobernada con consciencia, lo llevará inevitablemente a su propia destrucción.

Las tres furias de Ogunda —odio, venganza y envidia— son los estados interiores que este Odù señala como los más peligrosos para el portador del signo. No se trata de emociones que vengan de afuera: son producidas por el propio funcionamiento del signo cuando la persona no trabaja sobre sí misma. En su aspecto negativo, el hijo de Ogunda es complejista, se pelea en la calle para reclamar algo o porque se siente ofendido, cae preso, le gusta ser el centro de atención, es egocéntrico. En Osogbo este signo puede llevarlo a cegar ante la violencia y perder toda noción de los límites, incluso hasta matar a alguien inconscientemente en una pelea callejera. Es un Odù asesino donde nace la crueldad en el ser humano.

Sin embargo, en su aspecto positivo, los hijos de Ogunda son personas nobles que entregan su corazón y suelen ser humildes cuando viven el ire del signo. Son callados, no entran en faltas de respeto, no les gusta el juego, les gusta compartir lo mucho o lo poco, no les gusta el egoísmo ni las injusticias. Son cariñosos, amables y afables. Esta polaridad extrema —de asesino a noble, de destructor a constructor— no es una contradicción sino la expresión más pura de lo que Ogunda es: una energía de enorme potencial que se orienta hacia el bien o hacia el mal según el estado interior desde el que el portador vive su vida cotidiana.

La clave de esa orientación está formulada con claridad en la tradición: en su aspecto negativo hay que tratar de no resolver las cosas a lo bruto y mucho menos con golpes porque no se logrará nada. La fuerza que no se canaliza produce daño; la misma fuerza, disciplinada y orientada, construye reinos.

V. El Cuerpo Como Campo de Batalla y de Cuidado

En Ogunda el cuerpo es, de manera más directa que en otros Odù, el terreno donde se dirimen las consecuencias de las decisiones. Las advertencias que este signo produce sobre la salud física son específicas y múltiples: hay que cuidarse de fracturas, golpes fuertes, riñones, anemia, fibrosis quística, hemofilia, el corazón y el pecho, hipertensión arterial. Siempre se está propenso a caer en una sala de operación quirúrgica, y siempre antes de esto hay que hacer Ebó al pie de Ogun, porque en Ogunda las cosas se pueden complicar y uno puede quedar postrado en una cama a raíz de una operación llevada a cabo con negligencia médica. Por eso, aquí siempre se le pide permiso a Ogun antes de operarse.

La prohibición de comer carne pinchada, perforada o marcada —porque simboliza el cuerpo del consultado— establece una relación de correspondencia directa entre lo que entra al ser humano a través de la alimentación y lo que puede ocurrirle en su integridad corporal. El cuerpo no es una realidad separada del campo de fuerzas que lo rodea: es poroso a los símbolos, a los rituales y a las prohibiciones que la tradición le prescribe.

La prohibición de las bebidas alcohólicas en Ogunda es categórica: esto será su perdición. Sin embargo, la tradición establece que a Ogun se le ponen siete frasquitos diferentes de Oti para contentarlo y ponerlo a trabajar, se le rocía humo de tabaco y maíz tostado. La misma sustancia que destruye al portador del signo cuando la consume es la ofrenda que activa al Orisha que lo protege. Esta aparente paradoja enseña que la relación entre el ser humano y las fuerzas que lo rodean no es simétrica: lo que fortalece a la divinidad puede destruir al consultado, y el trabajo ritual consiste precisamente en mantener esa distinción con plena consciencia.

Hay que tener cuidado con no salir a la calle solo de noche, con expulsar sangre por la nariz, la boca, los oídos o el ano porque puede llevar a hospitalización. El cuerpo de Ogunda es un cuerpo que huele a sangre —así lo establece la tradición al prohibirle portar armas, porque esa misma arma le puede ser quitada y usada en su contra. El riesgo de la violencia no viene solo desde afuera: el propio cuerpo del hijo de Ogunda porta una resonancia que atrae el hierro y el filo.

VI. El Orden Social, la Justicia y la Trampa de los Tres

Este es un Odù que habla de violencia doméstica y falta de respeto entre familia. Aquí es muy importante no levantar la mano al cónyuge para que no haya consecuencias de las cuales uno se tenga que arrepentir. Mucho cuidado con la justicia porque el hijo de Ogunda cae preso; si no es por una cosa, es por otra. No se puede hacer negocios ni nada entre tres, porque los tres se creerán en derecho a la misma cosa y saldrán discutiendo. Esta prohibición específica de las alianzas tripartitas no es arbitraria: Eta Ogunda significa "tres que crean guerra", y la estructura misma del nombre de este Odù advierte que donde confluyen tres partes en Ogunda, el conflicto es consecuencia natural.

En este Odulogún la persona protesta por todo, todo le molesta; hay que tener cuidado de que no la encierren, no se puede visitar presos ni mucho menos confiarle los propios secretos a nadie, porque siempre habrá traición. La desconfianza que Ogunda prescribe no es paranoia: es el reconocimiento de que este signo porta una vulnerabilidad específica ante la traición de quienes están cerca. El patakí del perro ilustra esto con una precisión devastadora: los enemigos de Erurú lo perseguían, y cuando este se escondió en el monte sin llevarse a su perro, el animal regresó con hambre a la ciudad. Los enemigos le dieron de comer y lo siguieron hasta donde estaba su amo, a quien mataron. El perro no traicionó con malicia: traicionó por hambre, por ignorancia, por incapacidad de comprender las consecuencias de sus actos. La traición más peligrosa en Ogunda no siempre viene de los enemigos declarados sino de los vínculos afectivos que no tienen la profundidad ni la consciencia que el portador del signo supone.

Por esta razón, en Ogunda no se deben tener perros. Y en este Odulogún uno siempre tiene que estar ocupado en algo, porque cuando se aburre, empieza a pensar lo que no debe.

VII. Ogunda y los Patakíes del Tigre y la Boa: La Sabiduría que Transforma

Antes de bajar a la tierra, Ogunda salvó la vida al tigre. Todo el mundo maltrataba al tigre y este fue a su casa a quejarse. Ogunda le dijo que sacrificara un antílope y se lo diera a Elegua para que le resolviera el problema. Cuando el tigre lo hizo, Elegua le dijo que pusiera la sangre del antílope en su cuerpo como rayas y que los cuernos del animal serían sus dientes. Cuando el tigre bajó a la tierra transformado así, todos los animales le tuvieron miedo y desde ese día lo respetaron. Este patakí no es solo una etiología mítica de las rayas del tigre: es una enseñanza sobre la transformación de la vulnerabilidad en autoridad a través del ritual correcto. El tigre no conquistó el respeto por la fuerza sino por la disposición a seguir el consejo y actuar ritualment en consecuencia.

En contraste directo, Ogunda consultó a la Boa y, sabiendo su carácter, decidió no darle veneno. Esta decisión —retener el poder ante quien no está preparado para usarlo sin destruir— es una de las afirmaciones más profundas sobre la naturaleza del consejo en este Odù. No todo aquel que pide recibe. La tradición reconoce que hay solicitantes cuyo carácter hace que ciertas capacidades, entregadas sin preparación previa, se conviertan en instrumentos de su propia destrucción y la de los demás. El sacerdote que conoce el signo sabe que dar siempre es menos sabio que dar lo correcto, en el momento correcto, a quien está preparado para recibirlo.

VIII. Ogunda y el Cocodrilo: La Consulta que Hace al Cuerpo Invulnerable

Oni made omo onibu tani odo lowo baba tani bale.

Esta es la canción que el cocodrilo entonó luego de recibir la consulta de Ogunda en el cielo, antes de bajar a la tierra. En el marco de este Odù, y siguiendo la lógica de la transformación ritual que Ogunda opera sobre los seres que acuden a él en busca de orientación, esta frase puede traducirse como:

"Yo soy el hijo del profundo, ¿quién en el río puede quitarle la palabra al padre? ¿Quién es el dueño de esta tierra?"

El cocodrilo llegó ante Ogunda con una pregunta existencial: quería saber cómo ser temido y respetado en las aguas. Ogunda le prescribió hacer Ebó con espanta muerto —el que tiene espinas— y le dijo que cuando su estómago lo procesara, le crecerían espinas en su cuerpo y se volvería duro como la piedra. Cuando el cocodrilo cumplió el mandato, su cuerpo se transformó: obtuvo la armadura que lo hizo prácticamente invulnerable y el peso que lo convirtió en señor de las profundidades acuáticas.

Su canto al recibir esa transformación es una proclamación de la nueva identidad conquistada a través del Ebó: es el hijo de lo profundo —de las aguas oscuras e insondables— y en ese territorio nadie tiene autoridad por encima de él, nadie puede silenciarlo, nadie puede despojar al padre de su palabra ni reclamar la propiedad de su tierra. La frase no es arrogancia vana: es el reconocimiento de que la transformación ritual produce una nueva dignidad, una nueva posición en el orden del mundo, que debe ser habitada con consciencia plena.

En el marco de Ogunda, este canto adquiere un significado adicional: el que endurece su cuerpo a través del trabajo ritual correcto —el que hace Ebó, el que sigue el consejo del sacerdote, el que transforma su vulnerabilidad en fortaleza— ese ser puede proclamar su lugar en el mundo sin que nadie se lo dispute. La armadura del cocodrilo no es física únicamente: es la armadura del ser que ha cumplido con lo que le fue prescrito y habita su existencia desde la completitud de haber hecho lo que correspondía hacer.

IX. La Herencia, la Riqueza y el Trabajo Como Dignidad

Ogunda habla de trabajo, dinero, herencias, riquezas y prosperidad. Pero si se usa la cabeza y se vive el ire del Odù, estos frutos llegan; si se vive el Osogbo, es un caos total. Esta afirmación condensa la estructura fundamental del signo: no hay en Ogunda una prosperidad garantizada por el mero hecho de portar el signo, sino una prosperidad posible para quien ha aprendido a canalizar la energía de este Odù hacia la construcción y no hacia la destrucción.

Aquí hay que sudar lo de uno porque si no, no se le da valor a las cosas el día del mañana. Esta enseñanza sobre la relación entre el esfuerzo y el valor de lo obtenido es una de las más consistentes de Ogunda: lo que llega sin trabajo no produce arraigo, no produce gratitud, no produce la consciencia que permite conservarlo y multiplicarlo. El hijo de este signo que entiende esto construye; el que no lo entiende derriba lo que otros construyeron y termina solo entre los escombros de lo que pudo haber sido.

Hay que tener mucho cuidado con pensamientos negativos en este signo para que todo fluya bien. Esta instrucción, que podría parecer genérica, adquiere en Ogunda un peso específico: un Odù que nació de la soledad y el trabajo, que porta la tendencia al conflicto, a la ceguera ante la violencia y a la obsesión con los agravios, necesita de manera particular el cultivo activo de un campo interior ordenado. Ogunda no puede permitirse el lujo del pensamiento negativo porque en este signo esos pensamientos no permanecen como pensamientos: se convierten en palabras, en discusiones, en golpes, en consecuencias que no tienen retorno.

X. Ogunda Ja: El Defensor del Cielo Bueno

Ogunda adquirió el apodo de Ogunda Ja, que significa "Ogunda lucha", cuando defendió a Orun Rere, el Cielo Bueno, contra Abita, quien quiso destronar a Olofi. En esa defensa, Ogunda se comportó como un monstruo. Esta imagen —la misma energía que en la tierra produce violencia destructiva, convertida en instrumento de preservación del orden sagrado— es quizás la síntesis más poderosa de lo que este Odù puede llegar a ser cuando su fuerza se pone al servicio del bien.

Ogun es el dueño del Obe, el cuchillo, pero perdió posición cuando empezó a sacrificar a la humanidad. Obàtala le quitó el cuchillo para que llegara la paz al mundo. Esta pérdida —la del instrumento más característico del Orisha que domina este signo— es una de las enseñanzas más sobrias de Ogunda: el poder que no conoce sus propios límites termina siendo despojado de sus atributos por una fuerza mayor que lo reencauza. No es una derrota definitiva; es una corrección estructural que preserva el equilibrio del mundo. Ogunda fue, es y seguirá siendo el que golpea con el machete y crea el camino, pero solo mientras ese golpe se da dónde debe darse y no contra quienes debe proteger.

El que vive el ire de este signo comprende esa distinción en todo momento. El que vive su Osogbo la confunde permanentemente, y esa confusión es la raíz de toda su tragedia.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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