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Eyeunle: La Sangre que Trajo el Poder y la Cabeza que Gobierna al Cuerpo. Una Reflexión Sobre el Odù de la Corona Ganada por la Gratitud

Eyeunle, es la ascensión. Alineamiento perfecto entre orí e iponri. (Conciencia y destino). La cabeza y el gobierno: El animal lucha por el liderazgo desplazando al más viejo y tomando la guía del rebaño, en esta fase ya se pone de manifiesto lo aprendido con lo ancestral, logrando posición, a través del respeto empezando por la manada completa. Ya en esta fase, el animal se puede considerar líder, no debe estar gordo ni comer grasas, y así estar preparado para un ataque sorpresivo de un retador, se deberá actuar con paciencia, estas batallas son temporales ya cuando es reconocido lo respetan más. Este Odù debe de respetar las manifestaciones de la naturaleza y tratar de aprender su lenguaje. El animal llega a su liderazgo y a ser reconocido como líder de una manada “liderazgo en pueblo religioso”

I. El Nombre y la Fundación: Cuando la Humanidad Recibió Cabeza

La etimología de Eyeunle revela, desde su composición misma, la naturaleza del principio que este Odù encarna en el universo. El vocablo proviene de Eye: sangre, Un: traer, Le: poder —La Sangre que Trajo el Poder. Su nombre no describe únicamente una realidad biológica sino la articulación entre la fuerza vital que circula por el cuerpo y la capacidad de gobernar, de decidir, de actuar con inteligencia sobre el mundo. La sangre que sostiene la vida es la misma que alimenta el cerebro que piensa, y el cerebro que piensa es el que hace posible que la vida sea vivida con dignidad y con sentido.

 Este Odù es el mayor entre los dieciséis principales signos del Diloggún, una posición que no le fue entregada por nacimiento ni por antigüedad —Eyeunle no fue el primero en bajar a la tierra— sino que adquirió mediante un acto de gratitud cuando todos los demás habían elegido el orgullo. Esta distinción es la clave estructural de todo el signo: en Eyeunle, la grandeza no se hereda ni se conquista por la fuerza. Se gana por el carácter.

Cuando la humanidad todavía andaba sin cabeza, fue en este signo donde Obàtala le puso cabeza, cerebro, mollera y capacidad de decisión. Por eso en la apertura de Eyeunle en la estera no se pide mano: es un sí automático, porque cuando este signo aparece, se deja al Orisha decidir por la persona. La razón es profunda: de tanta inteligencia que tiene el interesado, a veces se entorpece y no toma decisiones elocuentes por sí solo. El signo que fundó la inteligencia humana reconoce, en ese mismo acto, que la inteligencia sin orientación puede volverse obstáculo. El que más sabe necesita, precisamente por eso, que algo más grande que él lo guíe en los momentos decisivos.

 El aspecto tradicional de este Odù formula su verdad con una precisión que condensa toda su enseñanza en imágenes corporales de enorme potencia: una cabeza afortunada usa una corona de caracoles; un cuello afortunado usa cuentas de jaspe; caderas afortunadas usan un trono. El cuerpo entero, cuando ha sido bien orientado, porta la evidencia de su buena fortuna en cada una de sus partes. Y el primer hijo de la colina no es una desgracia a los ojos del iniciador. Eyeunle, el más joven que se convirtió en el primero, no es una anomalía del orden: es su expresión más perfecta.

Su mayor actividad se extiende de las 6:00 de la mañana a las 6:00 de la tarde, representando la aurora y el ocaso del día. Su día es el domingo. Su color es el blanco. Vino al mundo a salvar, construir y unir, no a destruir y desunir —así lo declaró con un mes de vida, cuando habló por primera vez y salvó a sus padres de envenenarse mutuamente.

II. El Origen del Destino: Ori ante Olofi y la Selección del Camino

En Eyeunle nace uno de los principios más fundamentales de la cosmología yoruba-lucumí: antes de que el ser humano llegue a la tierra, su Ori Inu —la cabeza espiritual, el destino interior— se arrodilla ante Olofi y escoge el camino que quiere vivir. En ese momento, a la derecha está Obàtala y a la izquierda está Orunmila, ambos como testigos de la elección. Orunmila es Eleripin: testigo de la selección, no de la creación. Su testimonio es específicamente el de ese momento en que Ori elige, no el del acto cosmológico primordial de la creación.

El verdadero Eleri Eda, testigo de la Creación, es Elegua, cuando transitó en sus primeras andanzas en su transformación como Eshu en la tierra, antes de que Obàtala llevara a cabo la creación. Por eso los mayores en la Osha, en Cuba e inclusive en África, siempre determinaron el Ángel de la Guarda con el caracol de Elegua: este es también el verdadero dueño de los caminos y destino del ser humano.

Esta distinción no es una cuestión de detalle teológico: tiene implicaciones directas sobre la comprensión de quién es el ser humano y cómo se relaciona con su propio destino. Si Ori eligió el camino antes de nacer, y esa elección fue presenciada por las dos fuerzas más vinculadas a la orientación y el conocimiento en el universo yoruba-lucumí, entonces la vida del ser humano no es el resultado de la casualidad ni de la imposición externa: es la expresión de una voluntad que precede al nacimiento. El trabajo del sacerdote que consulta no es revelar un destino ajeno sino ayudar al consultado a reconocer y honrar la elección que su propio Ori hizo antes de llegar aquí.

Ori fue a casa de Obàtala para una consulta, y este le preparó un jabón para que se lavara la cabeza y pensara y actuara mejor. Obàtala salvó a Ori y lo convirtió en Orisha como tal, diciéndole que sería la primera deidad que recibiría el ser humano para la estabilidad interna. Ori, agradecido, aceptó ser el Rey y guía del Cuerpo. Obàtala hizo una reunión a la que asistieron el estómago, las manos, las piernas, los dedos y todas las partes del cuerpo, y dictaminó que Ori fuera Obà Ara Dari: Rey y guía del Cuerpo. Todo esto ocurrió bajo el mando y gobierno de Eyeunle, quien le puso sello a esa reunión. La cabeza gobierna porque fue investida por la mayor autoridad que existe, y ese gobierno fue certificado por el Odù que encarna la autoridad misma.

 III. El Milagro del Bebé que Habló: La Vocación de Salvar y Unir

Eyeunle bajó a la tierra en su transformación de Omisogbo, hijo de Orishanla y Afi. Cuando Afi quiso envenenar a Orishanla con sal y corojo, y Orishanla a su vez quiso hacer lo mismo con Afi, fue Eyeunle —con apenas un mes de vida— quien avisó a cada uno de sus padres de la intención del otro. Llevados a un tribunal donde Obàtala era el juez, ambos padres declararon que había sido su hijo recién nacido quien les había comunicado el peligro. La estupefacción fue total: nadie podía explicar cómo un bebé de un mes había hablado.

En ese momento, Eyeunle pronunció las palabras que definen para siempre su misión: Eye mogbe eniyan mi eniko laye —"He venido a la tierra a salvar y no a destruir a la humanidad." Esta declaración inaugural no es una promesa abstracta: es la descripción funcional de lo que este signo produce cuando el portador vive su ire. En Eyeunle, la capacidad de percibir el peligro antes de que ocurra, de intervenir antes de que el daño sea irreversible, de salvar lo que estaba a punto de destruirse, es una capacidad que el portador porta desde antes de tener conciencia de ella.

Por eso en este signo no se le puede negar limosna a ninguna persona que esté vagando en la calle. Por eso se debe ayudar a los desamparados y a las personas de la tercera edad. Por eso el mejor Ebó de Eyeunle es dar comida y nutrir a las personas que vayan a su casa. La vocación de Eyeunle no es el poder por el poder: es el poder al servicio del sostén de los más vulnerables. Ayudó a las mujeres embarazadas a dar a luz, curó de ceguera a muchas personas, ayudó a caminar al inválido, curó de enfermedad al Rey Lerere en tierra Igbo, le dio movimiento a la planta de los pies cuando estas no tenían nervios. Esta acumulación de actos de servicio no es la narración de prodigios: es la descripción de un principio vital que opera con consistencia, que no hace distinciones entre a quién ayuda según su posición social o su capacidad de retribución.

A los quince años, Eyeunle hizo su primer milagro notable cuando en el único mercado que existía, Oja Ajibo Eke, se iba a producir un terremoto. Eyeunle intercedió con Obàtala para que este intercediera con Oroiña, y la tragedia fue evitada. La magnitud de lo que se impidió —un terremoto sobre toda la humanidad congregada en el mercado— contrasta con la discreción del acto: una intercesión, una conversación entre el joven y el Orisha mayor, sin exhibición ni fanfarronería. Eyeunle salvó al mundo sin que el mundo supiera exactamente cómo.

 IV. La Corona Ganada por la Gratitud: El Patakí que Funda el Orden Sagrado

El patakí que establece la posición de Eyeunle como mayor entre los dieciséis Odulogún es uno de los más reveladores de todo el sistema del Diloggún. Cuando llegó el momento de decidir quién sería el rey de los signos, todos reclamaban el cargo: Eyioko argumentaba que había bajado a la tierra antes que Eyeunle y reinaba en la noche antes de que existiera el día; Okana decía que había llegado primero a la tierra que todos; Ofun argumentaba ser el más antiguo; Marunla decía que representaba la atmósfera. Todos exponían sus razones con la lógica del mérito acumulado.

Obàtala, como juez, les pidió que le ofrendaran un chivo a Elegua y que se repartieran entre ellos las partes del animal. Les dijo que observaría sus acciones. Al momento de repartir, cada signo escogió su porción. Nadie prestó atención a la cabeza; y como Eyeunle era el menor entre todos, le asignaron lo que los demás habían despreciado: la cabeza. Eyeunle se quedó con ella sin protestar.

Cuando Obàtala preguntó qué harían con las partes que habían recibido, todos empezaron a comerlas. Eyeunle, en cambio —porque desde pequeño su madre Afi le había enseñado a dar gracias a Dios antes de comer— agarró carbón y madera, hizo leña, prendió fuego y puso la cabeza del chivo en el fuego para que el humo llegara ante Olofi como ofrenda de gratitud antes de comenzar a comer. Esta ceremonia es lo que los mayores llaman Izun: quemar las cabezas de los animales que se inmolan a los Orishas antes de comenzar un Itá Imale Osha.

Obàtala se sorprendió y declaró: "Hijo Eyeunle, has sido el único agradecido entre todos los presentes. Por eso serás la cabeza y el primero entre todos." Lo mandó a casa de Òlokún para que esta organizara su procesión y se le entregara la corona. Todos los Odulogún lo cargaron y llevaron a cabo una marcha a la orilla del mar cantando: Ogegue nireo, leri agoge ogegue nireo leri agogue.

 Este patakí enseña que el orden sagrado no premia la antigüedad, la fuerza ni la elocuencia de los argumentos: premia la disposición interior que se expresa en el acto más pequeño y más significativo. La gratitud antes de comer —ese gesto que los demás no tuvieron, no porque no supieran hacerlo sino porque en ese momento cada uno estaba ocupado reclamando su lugar— fue el acto que determinó quién era realmente capaz de gobernar. El que da gracias antes de recibir el fruto ya ha demostrado que sabe lo que el fruto significa.

V. El Cuerpo, la Sangre y la Arquitectura de la Vida

Eyeunle construyó los vasos sanguíneos, la vena aorta, la linfa y los vasos linfáticos. Ayudó a Obàtala a construir las columnas vertebrales como soporte del cuerpo humano. Ayudó a Yemaya a construir las aguas de los mares. Le dio forma a la paloma y a la guinea. En el gobierno de Eyeunle, Obàtala consagró la ceiba y se la regaló a los Orishas y a los Egún como casa de secretos profundos. En este signo se consagró Aragba, la Ceiba, por primera vez.

 Esta acumulación de nacimientos vinculados a la arquitectura del cuerpo humano y del mundo natural establece que Eyeunle es el Odù de la infraestructura: no de la superficie visible sino de los sistemas que sostienen todo lo que es visible. La vena aorta no se ve, pero sin ella no hay sangre que llegue a ningún lado. La columna vertebral no se exhibe, pero sin ella no hay cuerpo que se mantenga erguido. La ceiba no es simplemente un árbol: es la casa donde las fuerzas que sostienen el mundo encuentran su morada en la tierra.

 En la materia del ser humano, Eyeunle representa la cabeza, la mano izquierda, el corazón, el destino, la inteligencia y el conocimiento. Esta asociación entre la cabeza —que gobierna— y el corazón —que siente— establece que en Eyeunle el gobierno de la existencia no es puramente intelectual: es una articulación entre la razón y la emoción que, cuando funciona en armonía, produce la vida que este signo promete a quien lo vive bien.

 Eyeunle tuvo una vista al cien por cien de día, y de noche era ciego. Esta particularidad sensorial no es un defecto: es la descripción de un ser cuya claridad perceptiva es absoluta en el tiempo de la luz y que, cuando entra la oscuridad, necesita de otros sentidos y de otras fuentes de orientación. El hijo de Eyeunle que quiere funcionar de noche —que intenta actuar desde la oscuridad, desde el ocultamiento, desde los registros que no son los suyos— se quedará sin la visión que lo define. Este Odù es un signo de día, y su claridad es su mayor fortaleza.

 VI. El Matrimonio, los Consejos de la Esposa y el Conocimiento del Caracol

 Eyeunle se casó primero con Eyila, hija del rey más grande de su tiempo, Imobà. Obàtala les había dicho a ambos que le dieran de comer una chiva blanca para la estabilidad del matrimonio; Eyeunle estuvo de acuerdo al principio, pero con el tiempo, al ver que todo iba bien, olvidaron cumplir con lo prescrito. Obàtala dejó de cobijarlo, llegaron las discusiones —uno quería mandar más que el otro, ninguno se ponía de acuerdo— y finalmente vino la separación.

 Esta narrativa sobre el primer matrimonio de Eyeunle es la que establece el mecanismo más recurrente de pérdida en este signo: la prosperidad que hace olvidar el compromiso que la hizo posible. Cuando todo va bien, se abandona la práctica que mantuvo las condiciones para que todo fuera bien. Y ese abandono, que parece pequeño en el momento, vacía lentamente el campo de fuerzas que sostenía la estabilidad.

 El segundo matrimonio de Eyeunle fue transformador. Su esposa se llamaba Iwora Igbin, una caracolera e italera que salvaba a todo el pueblo consultando y haciendo Ebó al pie del sistema adivinatorio del Diloggún. Su padre, Mérìndínlógún, le había enseñado todos los secretos profundos del caracol. Cuando Unle se casó con ella, aprendió todos esos secretos. Olofi hizo que Eyeunle emanara de Mérìndínlógún, pero al conocer a Iwora Igbin, le pidió permiso a Erindilogún para casarse con ella, y este le dijo que sí, pero que la cuidara mucho.

 Por esto, las personas que tienen Eyeunle en Elegua o en su Ángel de la Guarda nacieron para ser Oriaté: son caracoleros natos de nacimiento y deben dedicarse al complejo trabajo laborioso de la Obàsia. De no ser así, no brillarán en ninguna otra tierra que no sea la Osha. El hijo de Eyeunle siempre debe escuchar a su mujer, porque Unle adquirió mucha suerte a través de los consejos de su esposa italera.

 Esta instrucción —escuchar a la esposa— no es una norma de cortesía conyugal: es la descripción de un canal específico de orientación que Eyeunle tiene disponible en su vida. La mujer que porta conocimiento sagrado, que consulta y que hace Ebó, es para el hijo de este signo lo que Iwora Igbin fue para Unle: la fuente de los secretos que necesita para cumplir su destino. Despreciar ese canal por orgullo o por la convicción de que ya sabe suficiente es repetir el error del primer matrimonio.

VII. El Rey Joven Frente al Dictador: La Política de la Virtud

Bajo el reino de Eyeunle se levantó en su contra un dictador llamado Olo Afe, quien no podía comprender cómo un ser tan joven podía tener un pueblo tan grande mientras él no lo tenía. Los celos ante el florecimiento ajeno son, en este signo, el motor de las guerras más largas y costosas: no guerras de ideología sino guerras de envidia estructurada, de la incapacidad de soportar la grandeza del otro sin querer destruirla.

Eyeunle tuvo una revelación por parte de sus muertos: soñó cómo venía la guerra a su pueblo, que en ese entonces se llamaba Ogubo. De inmediato fue a casa del Obà brujo bueno Ogiyan, quien vivía en la esquina de su casa, y este lo consultó. Le dijo que consiguiera un erizo para preparar una comida e invitara a sus enemigos a comer, y que de esa comida Olo Afe se ahogaría. Así ocurrió: cuando Olo Afe comió y su estómago comenzó a digerirlo, todas las espinas del erizo se clavaron en sus intestinos y cayó en el hospital.

Pero Olo Afe se recuperó y lo intentó de nuevo, esta vez con la ayuda de los ancianos de la noche, quienes le dieron un Afoshe para ponerlo en la comida de Eyeunle. Sin embargo, Eyeunle había hecho Ebó durante el tiempo que trabajó con Elegua en la Osha, y Elegua le dijo que no fuera a esa reunión. Olo Afe fracasó otra vez, y finalmente se retiró, declarando: mejor me retiro hacia mi pueblo y cada cual será Rey en su Pueblo.

Nace así el refrán que este signo le entrega al mundo: cada rey en su pueblo. El Babalawo no puede mandar en tierra de Osha, y el Oriaté no puede mandar en tierra de Ifá. Este patakí establece los límites del poder sagrado como una cuestión de jurisdicción, no de incapacidad: cada sistema tiene su territorio, y el respeto de esos límites es la condición de la paz entre los que gobiernan.

 La victoria de Eyeunle sobre Olo Afe no se produjo por la fuerza sino por la combinación de la revelación onírica —los muertos que avisan—, el consejo del mayor sabio cercano, el Ebó cumplido y la obediencia a Elegua cuando este le dijo que no fuera. Cada uno de estos elementos es indispensable: ninguno por sí solo hubiera sido suficiente. La seguridad de Eyeunle no vino de su poder sino de la red de orientación que mantuvo activa.

 VIII. La Muerte Como Esposa y la Lucha Perpetua por la Vida

 Eyeunle nunca pensó en tener hijos, pero Olofin le dijo que debía reproducirse y dejar un linaje y legado. Lo llevó a casa de Olodumare, y este le dijo que escogiera una de sus hijas. Eyeunle escogió a Iku: la Muerte. La trasladó a la tierra junto con él.

 De Iku tuvo jimaguas: uno llamado Omo Kamu Yeo, sirviente de Obàtala Ayaguna, quien enseñó a Ogun a afilar y manejar los cuchillos y los hierros; y otro llamado Lekun Ekun Modu, quien se enamoró de su propia madre Iku, retó a Shangó a una guerra, le robó la ropa y el machete a Iku y salió a cortar cabezas a todos los humanos. Solo Elegua y Shangó pudieron detenerlo. Esta descendencia tan peligrosa —nacida del vínculo entre el mayor representante de la vida y la muerte misma— establece que en Eyeunle la línea entre la vida y la muerte no es una frontera fija sino un campo de tensión permanente que el portador del signo debe gestionar con vigilancia constante.

 Eyeunle es un signo de mucha vida, pero también de muerte. Iku siguió persiguiendo a Unle por el resto de su vida después de que este la abandonó como esposa. Por eso los hijos de Unle siempre tienen a Iku cerca y tienen que vivir arriba del Ebó. Esta condición —la cercanía estructural con la muerte— no es una maldición sino una realidad que el signo reconoce honestamente. El Ebó no elimina esa cercanía: la mantiene a una distancia que permite al portador del signo continuar viviendo.

 El hijo de Eyeunle que tuvo con una de las hijas de Oshe —Logbe Iwe— fue querido matar por Iku, pero Oshun lo salvó. Por eso se dice Maferefun Oshun en Eyeunle y que esta santa salvó a Obàtala. Aquí Obàtala le dio de comer a Oshun una chiva y dos gallinas blancas para que la felicidad de esta volviera. La cadena de salvaciones en este signo —Eyeunle salva a sus padres, salva al pueblo del terremoto, salva a Shangó de la muerte, y Oshun salva a sus descendientes— establece que el àṣẹ de este Odù es fundamentalmente protector, y que esa protección circula en múltiples direcciones: no es solo de Eyeunle hacia el mundo, sino también del mundo hacia los que Eyeunle ama.

 IX. El Alacrán, los Babalawos y las Traiciones del Poder

En este signo nace que el alacrán tenga aguijón: Eyeunle se apiadó de él porque no tenía armas con qué defenderse y le puso el aguijón. Después el alacrán lo traicionó y lo picó. Eyeunle maldijo al alacrán y este se mató con su propio aguijón. Esta narrativa establece uno de los patrones más dolorosos y más recurrentes en la vida del portador de este signo: el que fue equipado por la generosidad de Eyeunle terminó usando ese equipamiento en contra de quien se lo dio.

 Los Babalawos traicionaron a Eyeunle matando a su hijo Laya Ibero en el intento de destituirlo de su reino. Shangó y Yemaya salvaron a Unle. Aquí nace el refrán que define la relación entre los dos sistemas de adivinación: cada rey en su pueblo. Ninguno de los dos tiene autoridad sobre el territorio del otro, y el intento de ejercerla produce el tipo de violencia que este patakí describe.

 Ofun le quiso quitar la posición de mayor a Eyeunle argumentando que este era demasiado joven para liderar el mundo y los cuerpos. Fue Elegua quien ayudó a Eyeunle, y Olofi rectificó su corona. La recurrencia de los intentos de destitución no es una anomalía en la vida de este signo: es la evidencia de que quien ocupa el lugar más alto atrae inevitablemente la envidia y la ambición de los que están debajo. El portador de Eyeunle que no comprende esto se sorprende cada vez que lo atacan; el que lo comprende construye, como Unle lo hizo, una red de alianzas con Elegua, Shangó, Oshun y Yemaya que lo sostiene cuando los que quieren su lugar se mueven en su contra.

 X. El Liderazgo, la Serenidad y la Enseñanza Final

 En el aspecto positivo de Eyeunle, las personas que tengan este Odù nacieron para ser líderes y responsables. Tienen una capacidad mental eficaz para llegar a ser lo que quieren ser en la vida. Suelen ser personas serias, correctas, de buenos preceptos, íntegras, gratas y la mayoría de las veces son un ejemplo moral para la sociedad. Suelen llegar a la tercera edad con bastante sabiduría y conocimiento. Viven lo bueno y lo malo, pero si no saben vivir con este signo, lo bueno lo viven al final de sus vidas.

En el aspecto negativo, sus hijos pueden ser un desastre total: no son humildes, son déspotas, se creen seres supremos y esto hace que pierdan muchas oportunidades que se les presentan. Pierden la razón y el control fácilmente, porque piensan que pueden resolverlo todo con violencia y a su manera. No disfrutan de paz, tranquilidad y serenidad absolutas porque les encanta dirigir y mandar y que nadie los oriente. En su aspecto negativo caen fácilmente en vicios y embriaguez, en cosas ilícitas y en el dinero fácil.

Eyeunle representa la paciencia, la serenidad y la tolerancia de Olofin y Obàtala hacia la humanidad. Este signo es sinónimo de paciencia y simboliza el fin de unas cosas y el principio de muchas otras. Para el pueblo yoruba representa respeto, lealtad, firmeza, obediencia, admiración, cumplimiento y honradez —todas las virtudes de Obàtala. Pero también simboliza la guerra, las envidias, los polos opuestos, el combate, las hostilidades y las contiendas, porque ningún signo que porta tanta luz puede existir sin que esa misma luz genere sombras proporcionales.

Eyeunle recogió dieciséis caracoles en la orilla del mar, con el fudashe que Òlokún le regaló, comenzó a adivinar y se especializó siendo un maestro en el Diloggún. Es el progenitor de todos los Odù después de Mérìndínlógún. Es el representante de Olofi y su palabra en la tierra. Aquí nace el ser bilingüe, el hablar dos idiomas, los dialectos en las aldeas y los pueblos del mundo. Vino al mundo siendo el más joven y se fue siendo el más grande, no porque los demás cedieran su lugar sino porque supo hacer lo que ninguno de los otros supo hacer en el momento decisivo: dar gracias antes de recibir el fruto, y reconocer en ese acto que lo que se recibe viene de una fuente que lo trasciende y a la que se debe, siempre, el primer gesto de reconocimiento.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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