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Metanla: El Fango Revuelto y la Llave que Disipa las Sombras. Una Reflexión Sobre el Odù de la Enfermedad, la Transformación y el Poder de los Ancestros de Buen Corazón

Este odu simboliza la desobediencia de los animales, y a causa de esto se desatan los desastres naturales que se van fuera del control de las habilidades de los animales. Los animales por prepotencia y desobediencia se enfermaron, se enfermaron de la sangre y murieron. En Mètánlá los animales comenzaron a ingerir y comer alimentos los cuales eran ewó tabú, alimentos que comían sus ancestros y antecesores. Se le dijeron que con esos alimentos se iban a salvar y no obedecieron, por tal razón se empezaron a enfermar, se les contaminó su sangre y fallecieron. Este odu representa los animales prehistóricos como los dinosaurios etc. Los cuales con el tiempo se extinguieron.

I. El Nombre y su Origen: Lo que Se Pudre para Que Algo Nuevo Pueda Nacer

La palabra Metanla proviene de dos vocablos yorubas: étán, que significa fango o lodo, y lá, que significa revuelto —El Fango Revuelto. Esta denominación no es una descripción de suciedad casual sino la imagen de un proceso específico: el fango que ha sido agitado, que ya no está quieto en el fondo sino en suspensión, mezclado con todo lo que contenía en sus profundidades y ahora visible en la superficie. El fango revuelto es lo que ocurre cuando lo que estaba oculto debajo del agua tranquila es perturbado y sube a la superficie; es la metáfora exacta de lo que este Odù produce en la vida de quien lo porta: lo que estaba enterrado aparece, y quien recibe este signo tiene que decidir qué hace con lo que emerge.

La denominación también proviene de la narrativa mítica de Babalú Ayé promulgando las enfermedades a través del mundo mediante el fango, porque Metanla es un Odù que refleja la salida de Babalú Ayé de tierra Lukumí a tierra Dahomey por su desobediencia. Metanla era una mujer que representaba la espiritualidad del fango porque cuando bajó a la tierra, descendió en un pantano y era esclava de Azojano. En yoruba, Metanla también se traduce al número trece —un número que en múltiples tradiciones del pensamiento humano ha cargado con la marca de lo que no encaja en el orden establecido, de lo que viene después de la completitud del doce y lo desafía.

Este signo femenino, de tierra y de fuego, tiene su mayor participación durante las horas de las 3:00 de la tarde hasta las 3:30 de la madrugada. Nace de Oshe Ofun y su contraparte es Eyila Shebora. Maferefun Babalú Ayé, Azojano, Oshun, Shangó y Elegua. Es un signo de comercio donde se dio lugar la lucha entre la blasfemia y el elogio, lo impuro y lo puro, la mentira y la verdad, lo malo y lo bueno.

En un plano que trasciende lo individual, hay momentos en la historia cuando las fuerzas de la injusticia y la opresión parecen tener el control de individuos, comunidades y naciones enteras. Dentro de la teología de los Orishas no hay fuerzas que sean referidas como inherentemente malignas en sentido absoluto; existen fuerzas y espíritus llamados Elenini que pueden colocar barreras a la expresión total de la libertad, la iluminación y el equilibrio ambiental. Metanla encarna estas negatividades y al mismo tiempo provee la llave para disipar sus influencias. El fango revuelto no es solo la enfermedad del cuerpo individual: es también la perturbación del tejido social, del orden moral, del equilibrio entre el ser humano y su entorno.

II. El Debate Sobre los Últimos Signos: La Plenitud del Sistema Requiere los Dieciséis

Antes de adentrarse en las profundidades de Metanla, la tradición exige confrontar uno de los errores más extendidos y más dañinos de la práctica contemporánea: la creencia de que los signos del trece al dieciséis pertenecen al sistema de Ifá y que el Obà Oriaté no tiene la potestad de hablarlos. Esta teoría, que se ha desarrollado a través del tiempo por falta de estudio, está completamente desacertada.

El caracol nace con veintiún caracoles en Elegua o dieciocho en los demás Orishas, de los cuales solo se tiran en estera dieciséis. Si se tiran dieciséis caracoles, entonces el sacerdote tiene la responsabilidad plena de hablar cualquiera de los dieciséis que caigan —incluyendo el trece, el catorce, el quince y el dieciséis. Decirle a un consultado que vaya al pie de Orunmila cuando sale Metanla en una estera es equivalente a darle una pistola a un policía y decirle que solo puede usar cinco balas, que para las demás tiene que llamar al ejército. La boca de los Orishas es única y exclusivamente el caracol, y el sacerdote que recibe esa boca tiene la responsabilidad de interpretarla en su totalidad.

Hubo un tiempo en tierra yoruba cuando nadie quería que se hablaran los signos del trece al dieciséis, por culpa de Babalú Ayé y todas las desobediencias que cometió. Cuando salía Metanla en estera, el pueblo —resentido con San Lázaro— cerraba la consulta. Pero cuando Azojano llegó a tierra Dahomeyana y se hizo rey ahí, los sacerdotes quitaron esa ley, reconociendo que el Orisha había recapacitado y que la prohibición ya no tenía fundamento. Con esto queda claro que en África, en Cuba y en todas las partes del mundo el Oriaté siempre habló los dieciséis Odù del sistema adivinatorio del caracol. El que no conoce los signos del trece al dieciséis no está apto para sentarse en una estera ni para llevar a cabo una consulta, porque puede troncharle el camino a la persona que está consultando.

 

III. El Fango, las Fuerzas de Elenini y lo que Se Oculta en el Agua Tranquila

Las fuerzas de Elenini están muy asociadas con la brujería, entendida esta no como una práctica mágica popular sino como el intento de alterar la Naturaleza sin respetar los principios éticos de la armonía y el equilibrio. En esta categoría amplia de la brujería —que el pensamiento yoruba-lucumí aplica con una coherencia que sorprende en su alcance— cabrían el desarrollo de armas nucleares, los sistemas de defensa que militarizan el espacio exterior y la destrucción de los bosques selváticos. Todas son formas del mismo impulso: la manipulación de las fuerzas naturales para obtener ventaja sin considerar las consecuencias sistémicas de esa manipulación sobre el tejido del que todas las criaturas forman parte.

Metanla encarna estas negatividades porque es el signo del fango revuelto: el territorio donde lo que estaba oculto en el fondo de las aguas —los gérmenes, los vicios, las maldiciones heredadas, las consecuencias de las desobediencias acumuladas— se vuelve visible y activo. Pero al mismo tiempo, Metanla provee la llave para disipar esas influencias, precisamente porque quien conoce la naturaleza del fango conoce también la forma de sedimentarlo, de permitir que se asiente, de que el agua vuelva a ser transparente. 

Este Odù establece que el río es más peligroso que el mar: el mar es grande y hondo, intimida y es impresionante, pero el río es traicionero. Con esto dice que un enemigo pequeño puede ser peor que uno grande, que la amenaza que subestimamos porque parece menor es frecuentemente la que más daño produce. Las fuerzas de Elenini en Metanla no son los grandes males visibles y declarados —son los microbios, los vicios que se instalan gradualmente, la corrupción que empieza pequeña y se extiende silenciosamente como el pantano que ocupa todo el terreno que nadie vigila.

IV. La Apetebi, Oshun y el Nombre que Nació de la Enfermedad Curada

En este signo se abre una de las discusiones más importantes de toda la tradición yoruba-lucumí: el verdadero origen y significado de la palabra Apetebi. Esta proviene de tres palabras: Ape, tránsito; Ete, lepra; Bi, renació. Su significado completo es la que tuvo lepra y volvió a nacer. Este nombre surgió de un patakí que se refleja en Metanla, cuando Oshun fue esposa de San Lázaro en la tierra Takua y este le pegó la lepra.

Oshun vagó por muchas tierras buscando quien la pudiera curar, y nadie pudo. Un día se tropezó con Elegua, y este la llevó con Orunmila, quien la consultó y vio este Odù. Orunla le dijo: yo te voy a curar y haré el milagro que nadie pudo hacer, pero a cambio no te voy a pedir dinero; ¿qué me vas a dar?. Oshun respondió: Baba, yo te serviré y te cuidaré el resto de mi vida y en forma de agradecimiento me llamaré Apetebi: la que tuvo lepra y volvió a nacer. Y Orunla dijo: así será. Así nació la palabra Apetebi —no como sinónimo de sirvienta, sino como el nombre de quien fue curada de lo incurable y en ese acto de gratitud total entregó su vida al servicio de quien la devolvió al mundo.

Oya nunca fue Apetebi de Orunla. Yemaya fue esposa de Orunla, que son dos cosas muy diferentes. Las hijas de Oshun son las Apetebi de Orunmila. Y la verdadera secretaria de Olofi fue, es y siempre será Oya, porque es el viento —lo primero que presencia todo y lo lleva al cielo. Esta clarificación no es un detalle de protocolo religioso: es la descripción precisa de quién es quién en la arquitectura de los vínculos sagrados, y confundirlo produce los mismos efectos que el fango revuelto produce en el agua: turbiedad donde debería haber transparencia.

V. Las Enfermedades del Cuerpo y las Consecuencias de la Vida Desordenada

Metanla habla de enfermedades hepáticas, en la sangre y en la piel; enfermedades dermatológicas que pueden ser adquiridas por falta de higiene, por ser inescrupuloso. Habla de que antes y después del sexo las personas deben asearse. Aquí nacen los condones y su uso para evitar las enfermedades de transmisión sexual. Este signo habla de todas las enfermedades que puede adquirir la persona por tener un modo de vida desordenado y una vida de adulterio, ya que aquí la persona se entrega a los placeres, las adicciones y el vicio. 

Aquí nace que las enfermedades venéreas dejen huellas dañinas en el ser humano: una persona que contrae gonorrea o sífilis en varias ocasiones puede volverse estéril, porque los espermatozoides del hombre se convierten en macroespermatozoides que no son capaces de fecundar. Este Odù establece que la vida sexual desordenada no solo produce consecuencias morales o relacionales: produce consecuencias biológicas concretas que el cuerpo porta permanentemente, que no desaparecen cuando el comportamiento cambia, que quedan como marca de lo que se hizo con el cuerpo cuando debería haber sido tratado con respeto.

Metanla dice que todo lo que marca el movimiento del cuerpo está regido por este signo: la mandíbula inferior, las piernas, los brazos, todo lo que sea movimiento —la fuerza de las manos, la masticación de la boca y los dientes. Hay que tener cuidado con maldiciones, ya que en este Odù el ser humano atenta contra sí mismo. La higiene es muy importante; hay que ser muy escrupuloso a la hora de mantenerla. Y la bebida alcohólica es la perdición: bajo sus efectos la persona puede hacer y decir cosas de las que después se arrepiente. La lengua en Metanla puede matar y a la vez salvar.

Aquí habla de los problemas cancerígenos y en la sangre. Habla de procesos del embarazo donde el bebé puede venir al mundo con síndrome de Down, con ausencia de extremidades, con labio leporino, con hidrocefalia. Estas deformaciones que se forman en el embrión tienen su origen en Metanla, y cuando este signo aparece en una consulta referida a una mujer embarazada, se le manda al ginecólogo de inmediato. La tradición que incorpora estas realidades biológicas dentro de su sistema de comprensión sagrada no está haciendo superstición: está reconociendo que el cuerpo y el àṣẹ son expresiones de la misma realidad y que las condiciones de uno afectan las del otro.

VI. La Corrupción, la Conformidad y el Peligro del Inconformismo sin Ética

En Metanla la persona debe conformarse con su suerte, ya que aquí la persona es muy inconformista, y esa inconformidad la lleva a cometer muchos errores. Según se conforme la persona será mejor como ser humano ante la sociedad. Este llamado a la conformidad no es una invitación a la resignación pasiva ni a la aceptación de la injusticia: es la descripción de un estado interior de serenidad ante lo que es, que permite actuar desde la claridad en vez de desde la desesperación.

Todo lo que se tiene debe ser producto del trabajo y del sacrificio propio. Metanla prohíbe robar, vivir de otras personas, hacer negocios ilícitos que conduzcan a problemas judiciales. Habla de la corrupción en el ser humano —en el sentido espiritual, moral y de todos los puntos de vista. Aquí se tiende a ser deshonesto y a traicionar los propios principios. La persona de Metanla es orgullosa, ambiciosa, prepotente, arrogante, enredadera —todos estos defectos se producen cuando el portador de este signo vive su Osogbo en vez de su ire.

El hombre aquí siempre quiere más, y por eso tiende a corromperse como se corrompen los cadáveres. Esta imagen —la corrupción moral equiparada a la descomposición biológica— es de las más precisas que Metanla ofrece: así como la carne muerta se pudre gradualmente, comenzando por las partes menos visibles y avanzando hasta que el proceso es imposible de ignorar, así la corrupción del carácter en este signo comienza con pequeñas cedidas ante el deseo, pequeñas traiciones a los propios principios, pequeños aprovechamientos que parecen inocuos y que con el tiempo producen un deterioro que ninguna apariencia puede ocultar. 

Dice Metanla: "Querer curar un mal sin cura no es curar, es locura." En este signo uno no debe intentar cambiar a las personas porque las hace enemigas. Esta sabiduría sobre los límites de la intervención en la vida del otro establece que hay estados de deterioro —en las personas, en las relaciones, en los sistemas— que ya no pueden ser revertidos desde afuera. El reconocimiento de ese límite no es derrota: es la claridad que permite orientar la energía hacia lo que sí puede transformarse.

VII. El Pantano, la Paloma y la Palma: El Ebó que Determina el Destino

En Metanla, la paloma, el pantano y la palma de coco fueron a casa de Elegua en el cielo antes de bajar a la tierra para hacer Ebó y que su venida fuera fructífera. Elegua les dijo que según el sacrificio de cada uno sería la recompensa. Les mandó a hacer Ebó con ropa sucia, tres huevos y tierra. La paloma y la palma hicieron el Ebó completo; el pantano solo hizo Ebó con tierra, porque no quiso sacrificarse a buscar los huevos y siempre se ponía la misma ropa sucia, de la que no quería desprenderse.

Elegua dictaminó: "Paloma, tú serás bendecida y tu àṣẹ siempre llegará a Olofi. Palma, tú serás bendecida y le darás àṣẹ con Epo a las cazuelas de los Orishas en Ozain. Y tú, Pantano, toda la vida estarás rodeado de tierra y de mal olor, porque eso fue lo que escogiste para hacer tu Ebó."

Este patakí contiene la enseñanza más concentrada y más accesible de todo Metanla: el destino no es algo que se recibe independientemente de lo que se está dispuesto a sacrificar para prepararlo. El pantano no fue castigado por ser pantano —por su naturaleza de aguas detenidas, de fango, de oscuridad. Fue castigado por negarse a desprenderse de lo que tenía, por no querer sacrificar ni la ropa sucia que ya no le servía ni el tiempo de buscar los huevos que el ritual requería. La pobreza del Ebó del pantano produjo la pobreza de su condición permanente en el mundo. Lo que uno está dispuesto a dar determina lo que el mundo le devuelve.

Después de consultar a varias deidades en el cielo, Metanla fue a casa de dos Obàses llamados Iyewewe y Ojuloye para recibir los consejos pertinentes antes de bajar a la tierra. Se le dijo que le diera un chivo y tres pollones a Elegua para que este lo acompañara en el camino y lo limpiara. Metanla cumplió, bajó a tierra Oke Yemi y allí comenzó a consultar con caracol y cartas, ganándose la vida poco a poco con lo que sabía hacer.

VIII. Los Ancestros de Buen Corazón: La Llave que Disipa las Sombras

El folklore de este Odù sugiere que la mejor manera de sobreponerse a las fuerzas de la negatividad —las Elenini, las barreras que bloquean la expresión total de la libertad y el equilibrio— es recordando a aquellos ancestros que tuvieron buen corazón y fueron valientes. Esta indicación no es una exhortación vaga a la gratitud familiar: es una instrucción tecnológica en el sentido ritual, una descripción de cómo opera el àṣẹ ancestral como fuerza activa de limpieza y de apertura.

Los tres amigos de Metanla que vivían en el cielo mientras ella estaba en la tierra —Oketeree, Okataara y Agba Miguidi— eventualmente bajaron al mundo y reinaron en Oyó. Esta imagen de los amigos celestiales que llegan cuando el tiempo es correcto para sostener a quien ha estado trabajando solo establece que el portador de Metanla no está abandonado aunque se sienta así: hay fuerzas vinculadas a él desde antes de nacer que llegarán en el momento adecuado, siempre que el portador haya mantenido el vínculo con el campo ancestral que las hace posibles.

Este principio conecta directamente con la enseñanza de que Metanla es el Odù donde Babalú Ayé difunde sus tentáculos por primera vez. Los tentáculos de Azojano no son solo la enfermedad física: son las redes de conexión que vinculan a los seres humanos con sus consecuencias colectivas, con el resultado de las acciones que no se pueden contener en los límites del individuo que las cometió. La enfermedad venérea que se esparce porque alguien no hizo Ebó es la imagen concreta de un principio más amplio: las desobediencias individuales producen consecuencias colectivas, y las consecuencias colectivas solo pueden ser revertidas mediante acciones colectivas —entre ellas, la memoria activa de los ancestros que caminaron de manera diferente.

Dice el proverbio que los viejos contaban en Metanla: Cuentan que un sabio algún día, tan pobre y misero estaba, que solo se sustentaba de unas hierbas que comía; otro pasó, entre así decía, más pobre y mísero que yo; y cuando el rostro volvió, halló otro sabio comiendo las hojas que él arrojaba. Este proverbio establece que siempre habrá alguien en una situación peor que la propia, y que esa constatación no es motivo de orgullo sino de gratitud. Por eso uno siempre tiene que darle las gracias a Olofi por lo que tiene. La queja que Metanla produce en sus portadores —esa inconformidad crónica que los lleva a cometer errores— se disuelve cuando la perspectiva se amplía lo suficiente para ver que lo que parece miseria es riqueza comparada con lo que otros experimentan.

IX. El Chivo, el Perro y la Traición del Sirviente

El patakí de Metanla, el chivo y el perro es uno de los más reveladores de las dinámicas relacionales que este signo produce. Metanla tenía un almacén para producir corojo en el monte y como esclavos tenía al perro y al chivo. Un día recibió la visita de tres Obàses —Oketeree, Okataara y Agba Miguidi— y quiso tener todo preparado para atenderlos bien. Se fue al bosque corriendo por corojo, diciéndole al chivo que no le dijera a nadie a dónde había ido.

Cuando llegaron las visitas y preguntaron por Metanla, al chivo no le importó lo que su dueña le había pedido y reveló dónde estaba y adónde había ido. El perro, en cambio, llegó en ese momento, desmintió al chivo y fue rápidamente al monte a avisar a Metanla de la traición. Metanla se cambió de ropa —vistiéndose con la ropa blanca que el perro le llevó— y regresó a su casa. Los huéspedes estaban molestos porque no la habían encontrado, pero Metanla los contentó dándoles a comer al propio chivo que la había traicionado. Quedaron encantados del sabor. Resultó ser que esos huéspedes eran Eshu, Elegua y Abita, un camino de Elegua —y en ese momento el chivo se convirtió en la comida favorita de estos.

Esta narrativa establece varias enseñanzas simultáneas: que el hijo de Metanla no debe tener sirviente porque este siempre lo traiciona; que no se debe maltratar a los perros porque estos pueden ser sus fieles amigos; y que la traición del más cercano, cuando se maneja con la inteligencia que Metanla demostró —cambiando de ropa, adaptándose rápidamente a la nueva situación, convirtiendo al traidor en el banquete que contentó a las visitas divinas— puede transformarse en el acto mismo que consolida la prosperidad. El chivo traidor se convirtió en la ofrenda que agradó a las fuerzas más poderosas del cosmos. Lo que iba a ser el obstáculo se transformó en el recurso.

X. Los Tres Ibis y la Llave de la Transformación

Metanla representa los tres ibis que deben ser superados para obtener un avance: Iku —la muerte—, Arun —la enfermedad— y Ofo —la pérdida. Esta trilogía de adversidades no es una lista de males que se deben evitar mediante la elusión: son las tres formas en que la existencia pone a prueba la calidad del àṣẹ que el portador ha cultivado, los tres filtros que determinan si lo que una persona ha construido en su vida tiene la solidez suficiente para sobrevivir a la prueba.

Metanla es el Odù donde Babalú Ayé difunde sus tentáculos por primera vez. Esta es la imagen más poderosa que el sistema del Diloggún tiene para describir la naturaleza de la enfermedad como fuerza expansiva: los tentáculos no atacan un solo punto sino que se extienden en múltiples direcciones simultáneamente, cubriendo el territorio que la guardia del portador no puede custodiar en todos los frentes al mismo tiempo. La enfermedad de Metanla —física, moral, espiritual, relacional— opera como los tentáculos: cuando se atiende un aspecto, el daño avanza por otro.

Pero el mismo signo que describe la expansión de lo nocivo establece también la forma de contenerlo. Lo primero que se le dice a la persona en este signo es que reciba a San Lázaro, que le haga Agwan, y si es posible que reciba Babalú Ayé Lukumí y Arara. Los tres ibi’s se superan no evitando la muerte, la enfermedad y la pérdida —que son inevitables— sino enfrentándolos desde una posición de àṣẹ bien fundamentado, de vínculos ancestrales activos, de Ebó cumplido y de memoria de quienes tuvieron buen corazón y fueron valientes. 

El refrán que resume toda la enseñanza de Metanla lo formula con la sencillez que solo la sabiduría que ha pasado por el fango puede alcanzar: "El que ha sido carbón en el pasado, con poca candela prende en el presente." Lo que ha atravesado el fuego —lo que fue quemado, lo que fue reducido a lo esencial— no necesita grandes llamas para volver a arder. El portador de Metanla que ha sobrevivido las enfermedades, las traiciones, las pérdidas, las consecuencias de sus propios errores y las herencias de los errores de quienes lo precedieron, lleva en su interior una capacidad de reignición que los que nunca han sido carbón no poseen. El fango revuelto que se asienta deja en el fondo una riqueza que el agua clara nunca tuvo.

Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú

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