
Obara: El Rey Propio y la Sabiduría del que Sabe. Una Reflexión Sobre el Odù de la Corona que se Gana
En Obara, la tierra provee todo lo necesario para la existencia de la vida y vivir en armonía con la naturaleza. El trabajo juntos en comunidad, el animal se adapta a vivir en manadas y aprende a establecer la reciprocidad para sobrevivir de los predadores. Debe evitar ser mal aconsejado por alguien, en la manada debe de acercarse a el más sabio y no al más viejo, estar preparado y descansar, se le aconseja evitar comer carnes rojas en exceso por la problemática que este Odù presenta en su columna vertebral.
I. El Nombre y su Declaración: Nadie Manda al Rey de Sí Mismo
La etimología de Obara revela, desde su estructura misma, el principio que organiza todo este Odù. El vocablo proviene de Obà, que significa Rey, y Ra, que significa propio: Obara es, por tanto, el Rey Propio, aquel sobre quien ninguna autoridad externa tiene primacía definitiva porque su soberanía nace de dentro. Algunos investigadores han propuesto también la traducción de Obà Ara como Rey del Rayo, vinculándolo con la energía de Shangó que en este signo tiene una presencia tan determinante. Otros han señalado que Ara puede significar cuerpo, tierra, esencia. La riqueza semántica de estas lecturas no se cancela entre sí: todas iluminan, desde ángulos distintos, la misma afirmación fundamental de un ser que nació para gobernar, para crear, para sostener a los demás desde la integridad de quien conoce su propio valor.
Obara, a pesar de ser un signo menor en la jerarquía del Diloggún, fue el mentor e instructor de todos los demás Odù. Esta paradoja inaugural —el que enseña a los mayores sin ser él mismo el mayor— establece la clave de lectura de todo este signo: la grandeza de Obara no radica en la posición que ocupa en la jerarquía formal sino en la calidad de lo que produce, en la amplitud de lo que funda, en la profundidad de lo que transmite. Nace de Eyila y su contrapartida es Okana. Se caracteriza en las horas del día de 1:00 de la tarde a 3:00 de la madrugada: el tiempo que comienza en el punto más alto de la luz y atraviesa toda la noche hasta el umbral del amanecer.
El aspecto tradicional de este Odù lo formula con la precisión de quien ha destilado la sabiduría en su forma más esencial: debemos construir por adelantado un depósito para el dinero; debemos hacer por adelantado una terraza para las riquezas; debemos comprar por adelantado ropa nueva para los niños que vendrán en los próximos años. Obara adivinó el día en que dijo que la abundancia estaba por venir, y el Orisha aconsejó que cuando se vean seis ancianos en dos ocasiones, es que viene la buena fortuna. La abundancia en Obara no es accidente ni regalo: es la consecuencia de la previsión, del trabajo anticipado, de la inteligencia que actúa antes de que la necesidad golpee.
II. La Bondad Como Camino a la Riqueza: El Patakí de los Viajeros
Cuando hablamos de Obara, la tradición establece que hay que hablar primero de su virtud en convencer a la humanidad de que las riquezas en la vida se obtienen según el esfuerzo y el sacrificio que se desempeña en la labor del diario. En este signo la humanidad era conformista, y Obara les dijo que todos pueden gozar de estabilidad y riqueza económica según el esfuerzo de cada uno. La humanidad comprendió esto y se puso a trabajar tanto que cada familia se hizo de sus casas y cosas personales.
Pero el patakí que mejor ilustra la naturaleza del enriquecimiento en este Odù no habla de esfuerzo en el sentido de trabajo duro: habla de bondad. Obara estaba cocinando carne fresca cuando pasaron tres viajeros foráneos, atraídos por el olor llamativamente fresco y exquisito. Le pidieron comida, y Obara dijo que sí, que comieran, que había de sobra. Los tres comieron tanto que su estómago no pudo más, y tuvieron que dejar parte de las bolsas que cargaban en casa de Obara. Al pasar el tiempo, Obara abrió los morrales y el contenido era joyas, oro, piedras preciosas, alhajas y tesoros. La bondad llevó a Obara a las riquezas.
Esta narrativa contiene una enseñanza que trasciende su anécdota y establece un principio de funcionamiento: la prosperidad en Obara no llega como resultado directo del esfuerzo acumulado sino como consecuencia inesperada de la generosidad desinteresada. Quien da sin calcular lo que recibirá abre un cauce por el que la abundancia puede fluir de formas que el cálculo racional nunca hubiera anticipado. Dice Obara: guarde pan para mayo y maloja para su caballo, es decir, guarde hoy para tener el día de mañana. La previsión y la generosidad no son opuestos: son las dos caras del mismo principio de inteligencia ante el tiempo y los recursos.
En este Odulogún nacen las riquezas, el dinero y todo lo que tenga valor monetario en el mundo. Obara obtuvo corona mediante su sabiduría en el comercio. Aquí tuvieron relaciones el dinero y la mercadería, y estos tuvieron un hijo llamado Anfani: el interés. Aquí nace que el valor monetario fue primero maíz tostado, después el caracol y luego monedas de oro, plata y bronce; Obara creó el billete en papel y lo comercializó. El signo que funda el sistema de intercambio no es un signo de acumulación egoísta: es el signo que descubrió que la circulación de los bienes, cuando está gobernada por la bondad y la honestidad, produce abundancia para todos.
III. El Saber Como Protección: El Refrán que Enseña a Vivir
En Obara nace uno de los refranes más profundos del sistema del Diloggún: el que sabe no muere como el que no sabe. Este proverbio no debe leerse como una promesa de inmortalidad para el erudito: es la afirmación de que el conocimiento cambia de manera fundamental la relación que el ser humano tiene con el riesgo, con el error y con la adversidad. Quien conoce los mecanismos de la caída puede evitarla; quien entiende las consecuencias de una acción puede decidir con información suficiente; quien ha aprendido de lo que ya ocurrió no está condenado a repetirlo.
Aquí nace el Suuru: la Paciencia. Dice Obara que el hombre paciente se hace rey del mundo. Esta afirmación conecta directamente con el nombre del signo: el Rey Propio no es el que actúa por impulso ni el que reacciona ante cada provocación, sino el que tiene la capacidad de esperar el momento correcto, de dejar que los procesos maduren, de confiar en que lo que debe llegar llegará si se mantienen las condiciones adecuadas.
Obara fundó las escuelas, los maestros y las enseñanzas religiosas. Aquí nacen los dialectos, los idiomas y las escrituras sobre las propiedades terrenales. El gobierno de Obara fue un régimen de orden, leyes, preceptos y conceptos bajo la verdad. Este conjunto de nacimientos —la escuela, el idioma, la ley, la escritura— establece que Obara es el Odù que instituye los sistemas mediante los cuales el conocimiento se transmite de una generación a la siguiente, que el saber no permanezca encerrado en el individuo sino que se haga estructura, que las reglas del convivir se vuelvan código compartido y no solo voluntad del más fuerte.
En este signo se evita hablar mentiras, ya que Obara en el cielo fue muy mentiroso y por esto se buscó muchos problemas. Obara tiene que respetar mucho a su madre, ya que por no escucharla tuvo un accidente en su lengua: por decir mentiras, esta se le enfermó a tal punto que estuvo veintiún días sin hablar. El órgano que falló —la lengua, el instrumento de la mentira— fue exactamente el que resultó castigado. En Obara no se dicen mentiras porque se convierten en verdades, y viceversa. Esta ley de inversión que rige en este signo establece que las palabras en Obara tienen un peso específico diferente al que tienen en otros contextos: lo que se enuncia aquí tiende a materializarse, y por eso la precisión y la honestidad del lenguaje no son virtudes opcionales sino condiciones de sobrevivencia.
IV. El Origen, los Sueños y la Revelación Nocturna
El padre de Obara tenía una sola mano, y la madre era tuerta: le faltaba un ojo. Desde el vientre de su madre, Obara le revelaba los peligros que esta corría, porque tenía muchos enemigos. Por eso en Obara hablan los sueños que los seres humanos tienen. Los muertos de la persona le revelan el futuro o las cosas negativas que pueden suceder mediante sueños. Los ancianos de la noche le avisaron a la madre de Obara que iba a nacer un niño que traería prosperidad a este plano de la tierra.
Esta narrativa del origen establece algo fundamental: Obara nació de padres incompletos en su capacidad sensorial —uno con una sola mano, la otra con un solo ojo— y aun así, o precisamente por eso, desarrolló una capacidad de percepción que opera en el registro donde los sentidos ordinarios no alcanzan: el sueño. La privación externa se compensó con una apertura interior hacia el campo de los ancestros y de la advertencia divina.
Los sueños en Obara no son fenómenos aleatorios del descanso nocturno: son el canal por el que los muertos transmiten información que el portador del signo necesita para orientarse. Esta comprensión del sueño como sistema de comunicación activo requiere que el hijo de Obara desarrolle la capacidad de recordar lo que sueña, de registrarlo y de interpretarlo con la seriedad con que se interpreta cualquier otro mensaje que proviene de las fuerzas que sostienen el destino.
Obara bajó a la tierra por medio del rayo, y luego regresó al cielo y bajó de nuevo en forma de lluvia, al convertirse en piedra; regó las piedras en los ríos y de ahí se dispersaron en el mundo. En Obara nace el color azul: ófefe o áyinri, conocido en el afrocubano como arolodo, y nacen las piedras de santo, Okuta, los fundamentos de piedra que representan la permanencia de los Orishas en el mundo. La piedra —duradera, sólida, capaz de resistir el tiempo— es la imagen más concentrada de lo que Obara aspira a ser: un signo de larga vida, que se asimila con las piedras porque estas son duraderamente eternas.

V. El Orgullo, el Alcohol y la Traición de los Secretos
Obara se vanaglorizó por ser hijo único y predilecto, y se inclinó hacia las bebidas alcohólicas. Es muy importante que el hijo de Obara no tome alcohol, ya que este es la primera perdición de este signo. La historia de cómo Obara, embriagado, tomó tierra del castillo de Olofi y la sumergió en el preparado de Obàtala para producir la tela blanca ilustra que sus mayores logros —incluso los que ocurren en estado alterado— van acompañados de la semilla de su propia caída: se creyó superior a los demás Odù y empezó a fanfarronear y a revelar sus secretos. Cuando sus enemigos lo escucharon, usaron ese conocimiento en su contra y lo enfermaron.
Esta secuencia —logro, orgullo, revelación imprudente, caída— es el patrón más repetido en la vida de Obara, y la tradición lo señala con precisión diagnóstica porque es también el patrón al que el portador de este signo es más propenso. El conocimiento que Obara porta es genuino y poderoso, pero ese mismo poder lo convierte en blanco de quienes desearían tenerlo. La discreción sobre los propios atributos y capacidades no es modestia fingida en este Odù: es una medida de protección indispensable.
Obara fue un hombre que no tuvo amigos verdaderos: muchos, para no decir todos, lo traicionaron. Por eso este es un signo de traiciones. Aquí nacen la difamación y el descrédito en público: Obara fue acusado injustamente de lo que no era, y esa acusación falsa constituye uno de los riesgos más específicos que el portador de este signo enfrenta en su vida social. El hijo de Obara debe tener mucho cuidado con la difamación, respetar a todos y no caer en desprestigio. El ambiente fértil para la traición y el descrédito en Obara suele ser el espacio de las mujeres y los chismes: los hijos de Obara deben ser muy medidos y cautelosos al inmiscuirse en conversaciones de Obinis, ya que estas siempre los estarán involucrando en problemas de enredos y líos.
Dice Obara: Igi kan ko ni she aba oke, que se traduce como "un solo palo no hace un monte". Este refrán establece la necesidad de la comunidad religiosa como condición de la prosperidad y la orientación: es muy importante que en este signo la persona camine de la mano de una familia religiosa responsable, ya sea la auténtica o una adoptiva, porque los hijos de Obara la mayoría de las veces terminan separándose de su familia santoral. El Rey Propio que se cree que puede prescindir de todos los vínculos termina gobernando un reino vacío.
VI. El Cuerpo, la Lengua y las Enfermedades del Decir
El cuerpo de Obara es un cuerpo que porta la señal de sus decisiones con una fidelidad inquietante. La enfermedad de la lengua que Obara sufrió por sus mentiras —veintiún días sin poder hablar— establece que en este signo el órgano de la comunicación es simultáneamente el más poderoso y el más vulnerable. Lo que se dice en Obara tiene consecuencias directas sobre quien lo dice: la mentira enferma al mentiroso antes de dañar al engañado.
Hay que tener cuidado con la presión arterial. Aquí nacen las pasiones y el brío entre el hombre y la mujer, nace la fogosidad sexual. En este signo se debe tener cuidado con hijos Abiku, y de querer tener hijos hay que hacer Ebó. El cuerpo en Obara está marcado por la intensidad: es un cuerpo que siente con fuerza, que desea con intensidad, que cuando se desequilibra lo hace también con contundencia. La misma energía que produce la fogosidad sexual y la pasión amorosa puede producir la presión arterial elevada y las enfermedades que el exceso de intensidad interior genera sobre los sistemas del organismo.
Aquí nacen los testículos de los hombres. Esta afirmación anatómica no es decorativa: Obara es un signo masculino que representa la fortaleza y la potencia en el hombre, y esa potencia tiene una sede física específica cuya salud y cuya vulnerabilidad el portador del signo debe monitorear con atención. El signo que funda la potencia masculina lleva en sí la advertencia sobre su posible pérdida.
En este Odu nace la calabaza: Elegede, que representa el enriquecimiento y la opulencia. Por eso en Obara no se puede comer, picar ni regalar calabaza: este fruto es reservado como ofrenda, no como alimento del portador del signo. La prohibición establece una distinción ritual entre lo que está destinado a las fuerzas que sostienen el destino —Shangó, Oshun, Elegua— y lo que puede ser consumido por el ser humano. No todo lo que trae prosperidad puede ser poseído por quien depende de esa prosperidad: algunas cosas deben permanecer en el campo de lo sagrado para que su función protectora no se diluya.
VII. La Ley de la Carreta: Riquezas y Pobrezas que se Alternan
En este signo se tiene que ahorrar dinero porque aquí habla la carreta de la vida: la persona vive riquezas y pobrezas, hablan los seis meses de vacas gordas y los seis de las flacas. Esta imagen de la alternancia —la carreta que sube y baja, que no permanece nunca en el mismo punto— establece la condición fundamental del portador de Obara ante la prosperidad: esta llegará, pero también partirá, y la inteligencia del que sabe consiste en utilizar los períodos de abundancia para construir las reservas que sostendrán los períodos de escasez.
Luego de la muerte de su madre, Obara era todavía pobre. Llamó al jefe de la aldea Inobe, y el Obà del pueblo, que se llamaba Tishe, le dijo: Ishe Too Shemi Ko Ni She Ala Rini Ogume, que significa: "No hay pobreza que no tenga fin." Tishe le dijo a Obara que le hiciera un Adimú a Elegua de Ishu, el ñame, y luego lo llevara al monte; que así vería las riquezas. Así lo hizo Obara, y así fue. Este patakí sobre la salida de la pobreza no describe un milagro instantáneo sino un proceso: el acto ritual, la ofrenda al dueño de los caminos y la intervención de una voz de autoridad que pronuncia la verdad sobre la temporalidad de la carencia. La pobreza no es eterna porque en Obara nada es eterno excepto la piedra y el compromiso de quien cumple con lo que le fue prescrito.
En su aspecto negativo, los hijos de Obara son como la carreta: lo mismo suben que bajan, suelen ser inestables, mentirosos, y se creen sus propias mentiras. Viven de ilusiones y mueren de desengaños. Prometen mucho y cumplen poco. No les gusta escuchar asesoramientos de su entorno familiar; prefieren pedir consejo de personas ajenas que conocieron de manera superficial. Esta tendencia a buscar orientación lejos de los vínculos más cercanos —como si la distancia garantizara mayor sabiduría o mayor objetividad— es uno de los patrones más costosos en Obara: el conocimiento que viene de quien no conoce la historia de la persona puede parecer más libre de prejuicios, pero carece del contexto que hace que el consejo sea verdaderamente útil.
VIII. El Sacerdocio, la Familia de Santo y el Destino de Servir
En este signo la persona nació para ser sierva y comprometida con la Osha; de no ser así, vivirá en constante atraso. La persona tiene un gran potencial para liderar en la Regla de Osha. Esta afirmación establece que el destino de Obara no es únicamente el éxito personal o la acumulación de riquezas: es el servicio a la tradición que lo sostiene. El Rey Propio que usa su soberanía únicamente para sí mismo la pierde; el que la pone al servicio de lo sagrado la consolida y la multiplica.
Obara fundó las escuelas, los maestros y las enseñanzas religiosas y tuvo un lugar muy importante en el culto a Egún y los ancestros. Aquí habla el cordón espiritual y las jerarquías entre los Egún. Es un signo que establece la importancia de la familia de piedra, la familia de santo, donde hay que respetarse entre sí; de no ser así viene la separación. Esta advertencia sobre el respeto dentro de la familia religiosa no es solo una norma de convivencia: es una condición de la prosperidad colectiva. Una familia de santo que no se respeta internamente no puede sostener el àṣẹ que sus miembros necesitan para desarrollarse.
El mejor amigo incondicional de Obara fue Obàtala: cuando Obara se estaba muriendo, Obàtala lo salvó con una chiva blanca a su cabeza. Por eso el mejor Ebó para la salud en Obara Meyi es una chiva blanca a la cabeza de la persona, a Obàtala. Los padrinos de Obara fueron Elegua y Oshun, y de ahí viene que estos Orishas sean un baluarte muy fuerte en este signo. Oshun dice en Obara: "Quien atrás no me tuvo, adelante no me alcanzará." Esta declaración de Oshun establece que la prosperidad —su dominio— no puede ser reclamada por quien no cultivó el vínculo cuando más lo necesitaba.
IX. La Fundación del Mundo Material y la Herencia del Conocimiento
Obara vino a este mundo a sembrar maíz, plátano, y regó el fuego; cosechó ñame y por eso fue próspero. Esta imagen del Odù como sembrador y cosechador conecta con la afirmación de que aquí nacen los dialectos, los idiomas y las escrituras sobre las propiedades terrenales. La escritura como tecnología —el medio por el cual el conocimiento queda registrado y puede ser transmitido más allá del límite de la memoria oral— tiene su origen en este signo. Obara es el Odù que reconoció que el saber necesita ser preservado, que la sabiduría que no se escribe depende de la vida de quien la porta, y que las propiedades —tanto materiales como intelectuales— necesitan un registro que las ancle al mundo más allá de la voluntad del poseedor.
Obara caminó en tierra de Takua, Dahomey y el Congo, tuvo prenda y les dio fuerza a los fundamentos de palo. Obara le dio el título a Shangó de Siete Rayo en la tierra del Congo. Este signo recorrió muchas tierras con Shangó y le dio fuerza a las hormigas para que lucharan y trabajaran juntas en equipo. Aquí nace el paso del Santísimo, las pirámides egipcias y sus culturas, nace la tierra musulmana, nacen los niños, los maestros y las enseñanzas. La escala de estos nacimientos —que van desde las hormigas hasta las pirámides, desde el Congo hasta Egipto— establece que el ámbito de Obara es la civilización en su sentido más amplio: la organización de los seres humanos en sistemas que trascienden al individuo y que persisten a través de las generaciones.
Obara murió Rey. No murió rico en todos los momentos de su vida —vivió la alternancia de la carreta, conoció la pobreza después de la muerte de su madre— pero murió con la corona que nadie pudo arrebatarle porque estaba fundada no en la posición jerárquica sino en la naturaleza de lo que fundó y enseñó. Dice Obara: a Rey muerto, príncipe coronado. Pero como el Rey sigue vivo, espere ahí mismo sentado. Esta declaración de longevidad y de paciencia ante quien espera heredar el lugar del que todavía vive condensa la enseñanza final de este signo: quien porta a Obara no debe apresurarse a ocupar el lugar de los que lo preceden, porque este es un Odù de larga vida, y los que esperan su caída suelen cansarse antes de que esta ocurra.
X. El Refrán Final: La Previsión Como Corona del Rey
Dice Obara: "Si su mal no tiene cura, ¿para qué se apura? Y si tiene cura, ¿para qué se apura?" Este refrán, en su simetría perfecta, describe el estado interior que este Odù propone como ideal de funcionamiento: una serenidad que no nace de la indiferencia sino del conocimiento. El que sabe no muere como el que no sabe, y el que sabe tampoco se desespera como el que no sabe, porque ha comprendido que la desesperación no acelera los procesos ni resuelve los problemas: solo consume el àṣẹ que haría falta para enfrentarlos.
El Rey Propio de Obara es, en última instancia, aquel que ha comprendido que la soberanía verdadera no consiste en no depender de nadie —porque un solo palo no hace un monte— sino en depender de las fuerzas y los vínculos correctos: Obàtala que salva, Elegua que abre, Oshun que da lo que no llega de otra manera, y la familia de santo que sostiene cuando el individuo ya no puede sostenerse solo. La corona de Obara se gana en la bondad, se preserva en la honestidad, se consolida en la paciencia y se hereda, cuando llega el momento, a quien ha demostrado merecer lo que el Rey dejó sembrado.
Dr. Obà Oriaté David Alá Aggayú









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